En silencio, esperando la ascensión de Cristo victorioso del abismo

Este día, entendido desde la compañía a María en silencio aguardando lo dicho por su Hijo, “al tercer día resucitaré” (Mt 17, 22), y, “después de mi resurrección” (28, 10), nos pide ser celosos de la soledad; para evitar en ésta el grito desentonado: estoy solo, ¡qué tedio!

Este día pide una amplia espiritualidad serena, y con ella colabora esta expresión del Pregón Pascual, «ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo».

El silencio es un servicio sabiendo estar solo, y para él puede ayudarnos esta pregunta, ¿quién podría estar aguardando a tal servidor? En respuesta, la primera lectura de la Vigilia concreta, “hombre y mujer los creó”, “y los bendijo Dios” (Gn 1, 27.28).

En el silencio, aunque nos sea arduo y en ocasiones constituye momentos breves, podemos decir: «mi carne descansa serena» (Salmo 15, 9), porque sentimos el cumplimiento de esta frase, “los dos caminaban juntos” (Gn 22, 6. Segunda lectura), la cual asegura reconocer, “aquí estoy”, “aquí me tienes” (vv.7.11), porque el “Señor ve” (v.14).

En el silencio aprendemos cómo afrontar las pasividades inconsecuentes; cuando pareciera darse la sumisión del espíritu a ellas emerge esta vibrante pregunta e imperativo, «“¿por qué sigues clamando a mí? Di a los israelitas que se pongan en marcha”» (Ex 14, 15. Tercera lectura). En el silencio no encontramos al Dios que niega el dolor, al contrario, a Quien de este modo nos fortalece, «el Señor es un guerrero, su nombre es Yavé» (15, 3).

Los instantes divinos rebaten nuestros inmaduros fanatismos; la palabra divina rehúye a ser excusa para aprobarlos, de hecho, «en un arrebato de ira te escondí un instante mi rostro, pero con misericordia te quiero» (Is 54, 8. Cuarta lectura), por eso, de ÉL no hemos de apartar la mirada y alejarnos, ya que, «su cólera dura un instante, su bondad de por vida» (Salmo 29, 5).

El instante subraya una misericordia siempre reciente; entonces, «busquen al Señor mientras se le encuentra, invóquenlo mientras está cerca» (Is 55, 6. Quinta lectura); y siendo una “misericordia siempre reciente” casi de tocarla con la mano, mas con seguridad sí con el corazón, exclamamos: «den gracias al Señor, invoquen su nombre» (12, 4).

En el silencio expresiones como ésta, «apareció en el mundo y vivió entre los hombres» (Br 3, 38. Sexta lectura), hemos de entreverlas, leerlas e interpretarlas en el Texto, no primordialmente para tener talento religioso, porque para éste hemos de estar bien dotados del Verbo que se ha hecho carne (Cf. Jn 1, 14), con el fin de apreciar en el silencio no exclusivamente una odiosa inaccesibilidad, sino una accesibilidad de camino, verdad y vida (Cf. Jn 14, 6), y de esta manera reconocerle, «la voluntad del Señor es pura y eternamente estable» (Salmo 18).

Partiendo de esta oración del Salmo 18, interpelamos: ¿cómo no creer que nosotros vemos entonces con más claridad? Y no obstante al faltarnos ésta tal carencia es hasta exquisita y hermosa, pues la contradicen con tino y tacto divino-humano estos renglones, «derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará» (Ez 36, 25. Séptima lectura), y también estos otros, «envía tu luz y tu verdad; que ellas me guíen» (Salmo 42).

En el silencio hemos de respirar exuberantes de gratitud, porque somos como esclavos favorecidos y exaltados sin méritos; en efecto, «porque, si nuestra existencia está unidad a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya» (Rm 6, 5. Epístola); así, en el silencio respetuosamente nos inclinamos no ante el enigma, sino ante el Santo para el cual loamos, «es eterna su misericordia» (Salmo 127).

Nos fortalece su victoria, de hecho cantamos en el Pregón Pascual, «Cristo asciende victorioso del abismo»; y, no adivinemos cómo sería esta ascensión, más bien meditemos cómo tal victoria nos robustece la fe, la esperanza y la caridad; reconozcámosla y honrémosla en espíritu y en verdad (Cf. Jn 4, 23), para que no suceda que al alabarla nos alabemos a nosotros mismos; por ende, venzamos este obstáculo en la reflexión pausada de estas locuciones, «“no se asusten. ¿Buscan a Jesús el Nazareno, el Crucificado? No está aquí. Ha resucitado”» (Mc 16, 6. Evangelio de la Vigilia).

Venzamos nuestros propios deseos de dominar, porque muchas acciones humanas, pero más en quienes el poder los ha empalagado, las transforman, reiteradas veces, en la anulación del otro; más bien, veámonos y véanse los empalagados obligados a detenerse ante el Cristo: tenemos que evidenciarle de suyo hechos concretos de humanidad, y no fabulas dejadas en la literatura.

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente, ha resucitado!

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

30-03-24