Tengo la laptop en 12 % y la batería del teléfono marcando rojo, son las siete de la noche, la casa está a oscuras y debo hacer unas tareas pendientes para entregar mañana. Esta no es una escena de una película de suspenso, es el pan de cada día para mí y para miles de adolescentes en Venezuela. Estudiar aquí no solo requiere entendimiento, requiere de tener todas las condiciones necesarias para poder cumplir con nuestras obligaciones como estudiantes.

Hacer la tarea ya no depende únicamente de si entendiste la clase o de qué tan rápido escribes., depende de otras cosas que no puedes controlar, como por ejemplo, ¿A qué hora se va a ir la luz hoy? ¿Será un corte programado o un bajón inesperado? Si regresa a medianoche, ¿me despierto a terminar la tarea o me arriesgo a salir mal?

Para nosotros los jóvenes, la rutina escolar está dividida entre la vida con electricidad y la vida en penumbras. Cuando hay luz, tenemos que estar pendientes de corres a cargar todos los dispositivos, las linternas, que se van a necesitar más tarde. No podemos estudiar a nuestro propio ritmo; estudiamos al ritmo que te dicta Corpoelec.

Cuando finalmente se va la luz, empieza el verdadero reto.

Si es de día, te sientas al lado de la ventana para aprovechar los últimos rayos de sol, batallando con el calor sofocante porque los ventiladores tampoco funcionan. Si es de noche, el escenario cambia, la linterna del teléfono o una lámpara recargable iluminando el cuaderno. Lo más frustrante no es solo el cansancio físico, sino la carga mental.

Estudiar en Venezuela siendo adolescente es difícil, agotador y muchas veces injusto. Pero cada tarea entregada a tiempo, contra todo pronóstico y a media luz, es una pequeña victoria que demuestra de qué estamos hechos.

Marco Antonio Sosa Villamizar

Estudiante de 4to año de bachillerato

Colegio Micaeliano-Mérida

04-10-2026 (157)