Con fundamento: Aniversario de un eminente pastor: No puede esconderse la ciudad situada en lo alto del monte

Por: Bernardo Moncada Cárdenas…

El pasado domingo 17, cumplióse el XXXIV aniversario de la ordenación episcopal de aquel joven presbítero, elegido por Su Santidad Juan Pablo II como Auxiliar del Siervo de Dios Monseñor Miguel Antonio Salas. El Padre Baltazar Enrique Porras Cardozo había llamado la atención de su egregio maestro, ahora Arzobispo de Mérida, desde los años de seminarista allá en Caracas; el prelado necesitaba un auxiliar de fe inconmovible, leal, académicamente solvente e inteligentemente audaz, alguien adecuado a la tarea de apoyar la reconstrucción de toda una Arquidiócesis, unida, desde su origen histórico, por un lado a la pujante vitalidad de la Universidad de Los Andes y, por otro, a la arraigada tradición campesina de los estados andinos. El Santo padre Juan Pablo II ciertamente fue muy bien inspirado en la elección del auxiliar frente a tan compleja exigencia.

Quien escribe estaba en campaña para el decanato de la Facultad de Arquitectura y, al siguiente año, se integró al Consejo Universitario y la vida política de la universidad oyendo a los estudiantes hablar con gran entusiasmo de “El chamo Porras”: un obispo con quien sentían se podía interactuar con sencillez, en ese tú-a-tú que guarda las distancias. Por su juventud y su vocación de académico, el flamante obispo auxiliar fue percibido desde el comienzo como interfaz idónea entre la rectitud y el aplomo con que se guiaba la Iglesia regional y la revuelta dinámica universitaria. 

Recién llegado a nuestro ámbito, Monseñor Porras Cardozo se identificó de inmediato con la extensa geografía andina, tornándose a su vez en figura querida en los acontecimientos más importantes de la sede arquidiocesana, especialmente en la ULA.

Para orgullo y exaltación emeritense, no solamente ha resultado estudioso y escritor de infatigable profundidad y altura, capaz de representar honrosamente a Venezuela en cualquier palestra, sino atentísimo pastor, enamorado de ese Cristo que se le presenta en los más remotos y desamparados rincones de la Arquidiócesis, o en el rostro del niño paramero y la viejecita de Arapuey.

El 30 de octubre de 1991 fue elegido, de nuevo por la inspiración de quien sería San Juan Pablo II, sucesor de Monseñor Salas en la cátedra arquidiocesana, donde tomó posesión en diciembre. Lo vimos abrazar con entusiasmo esta nueva y bella cruz, ministerio para el cual siempre pareció predestinado.

Ya en su servicio como pastor auxiliar había demostrado Monseñor Porras sobresaliente capacidad política. Con esa difícil combinación de astucia y prudente mansedumbre a que exhorta el Evangelio, nuestro celebrado arzobispo ha resultado también un ejemplar actor político, con la P mayúscula. Aunque su profetismo haya tendido a incomodar a más de un poderoso, su visión es siempre acertada y bien sustentada. Por su sensatez, también se ha destacado como honesto mediador y garante en situaciones de extrema dificultad, como la que enfrentó el difunto Hugo Chávez Frías en 2002.

Hoy, su embelesada grey no solamente se deleita al acompañarlo en este nuevo aniversario, sino permanece encantada con su reciente nombramiento de Cardenal, miembro del Sacro Colegio de Roma. Como ofrenda especial en tantos y tan felices eventos, el Santo Padre Francisco le ha asignado el obispo auxiliar que hacía falta desde la partida de Monseñor Alfredo Torres, designado para presidir la Diócesis Apureña. Sin duda otra óptima elección, el nuevo Auxiliar, a quien esperamos dedicar la próxima columna.

Tendremos entonces el 29 del presente mes sobradas y abundantes razones para alegrarnos. Por un lado, el nuevo aniversario episcopal de este merideño de adopción y de postín y, por el otro, la toma de posesión de Monseñor Luis Enrique Rojas como mano derecha de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Baltazar Enrique Porras Cardozo. Confieso, para terminar, que opté por escribir la impresionante, si bien no exhaustiva, lista de títulos con que se puede llamar a este hombre de Dios, porque contrasta con los sencillos rasgos de su amable persona. Frente a este singular y sencillo hombre de Dios, quien escribe se despoja de cualquier título que pueda acreditarle para hacer gala del más honorífico de todos: su amigo y servidor.

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