José, ha dado a Jesús un quehacer, una normalidad

La gente de Nazaret, coterránea de José y María, describe apáticamente a Jesús como “el hijo del carpintero”; su actitud: difidencia en relación a su señorío. Un Mesías, según su punto de vista, jamás puede proceder de un maderero, de familia tan insignificante; al máximo debe descender de un linaje opulento, hijo de un soberano, o, de otro modo, abrigar una génesis misteriosa. Cuando se presume estar al corriente de la vida y obra de una persona, indiscutiblemente no hay mucho de presumir.

Pero, la sensatez de la asunción de la condición humana por el Verbo de Dios, instituye estrictamente lo inverso de aquella presunción, a la que muchos de los coterráneos de Jesús, incluso las grandes figuras de Israel, consideraban de regia importancia. Dios innova allí donde la mayoría intuye imposible algún propósito imponente. Él gusta ocultarse en los sucesos corrientes, en los trajines de cada jornada, en esos hechos donde muchos los dan por archiconocidos, arrinconándolos en la insignificancia.

El cristianismo no se compone de semidioses, sino de personas normales que viven excepcionalmente su segmento de vida. José, por consiguiente, no es en realidad el destacado favorecedor. No obstante, dio a Jesús un nombre, un hogar, un cariño, un papá, pero sobre todo ha dado a Jesús un quehacer, una normalidad. Estuvo con él compartiendo familiarmente su oficio hasta el día que comenzó su vida pública.

Por esto, para distinguir el proceder de Dios necesitamos despojarnos de la rareza con que frecuentemente observamos las cosas habituales de nuestra existencia. «“¿De dónde le vienen –interpelan– esta sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto? Ellos se escandalizaban y no lo reconocían”» (Mt 13, 54-56).

Cuando la cotidianidad la convertimos sólo en una viciada monotonía, obstaculizando la auténtica visión de Dios, el Evangelio justamente calla.

Pidamos la intercesión de José, para recobrar la vista, asimismo para transformar la equivocada certidumbre de que Dios emplea técnicas extrañas a la humanidad para elaborar la historia de la salvación.

Iniciamos el mes de mayo, mes de la Virgen María. Invoquemos su auxilio, porque su frase después del anuncio del ángel, «“hágase en mí según tu palabra”» (Lc 1, 38), tiene un prolongado y profundo eco en la Palabra de su Hijo, «“no se haga mi voluntad, sino la tuya”» (Lc 22, 42).

Felicidades a todos los trabajadores en este día.

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

01-05-2024