jueves, junio 13, 2024

La crónica menor: Teresa La Grande

Por: Mons. Baltazar E. Porras C…

El 28 de marzo es la fecha natalicia de Teresa de Ahumada, la gran santa abulense. Alrededor de este quinto centenario se han programado infinidad de actos, donde lo divino y lo humano se dan la mano. Cabe preguntarse, dónde está la clave para entender la popularidad de esta singular mujer a quinientos años de distancia. Nace, vive y muere en ese siglo XVI, agitado, convulso, pero preñado de posibilidades y se cruzaron con hombres y mujeres capaces de avizorar que el futuro se construye con la pasión del presente y con la fuerza interior de la fe.

Teresa de Jesús nació en Ávila en 1515, hija de Beatriz de Ahumada y Alonso Sánchez de Cepeda. Su abuelo se las tuvo que ver con la inquisición toledana. Lectora voraz desde niña y pasó su adolescencia con las agustinas de Santa María de Gracia, en Ávila. En 1535, a los 20 años, entra en el monasterio de la Encarnación. Y, desde allí, en 1562 iniciará su aventura fundacional y de escritora no exenta de prohibiciones y persecuciones. Muere en Alba de Tormes en 1582. Beatificada en 1614, canonizada en 1622 y proclamada doctora de la Iglesia en 1970.

Su condición de mujer y escritora, considerada una de las plumas más sublimes del siglo de oro español, le dan vigencia, pues a través de la narración de su vida, especie de diario en el que recoge sus cuitas, y en sus poemas, en los que alcanza el hálito místico que embelesa a los poetas de todos los tiempos. Se puede considerar precursora del feminismo, pues esta condición de minusvalía social en su tiempo, no le impidió plantarse seriamente ante la opción de su vida, y ante las autoridades tanto civiles como eclesiásticas.

Teresa fue experta en alimentar su experiencia de Dios en la vida cotidiana. Una de las maneras de entrar en contacto con nuestro anhelo de infinito es el soñar que las cosas pueden funcionar de otra manera, soñar una vida diferente de la que llevamos, una vida que supere las tonalidades grises de cada día. Ella soñó desde la insatisfacción que sentía en su vida y deseó fuertemente que sus sueños se hicieran realidad. Y así fue. El Dios en el que ella creyó, es un Dios que no se queda sentado en su trono esperando adoradores, sino que anda con la comunidad, que va allá a donde vamos, y estemos donde estemos. Este camino espiritual implica aventurar la vida, atreverse a ser uno mismo y no querer vivir otra vida distinta de la propia.

Teresa fue, ante todo una maestra de la sospecha: en sus escritos nos alerta sobre la comprensión del mundo y de la realidad, de lo divino y de lo humano. No fiarse de uno mismo, desconfiar de la ignorancia, sospechar frente a linajes y honras; y frente a las “autoridades postizas” cimentadas en el poder y el dinero. Desconfiar de los fundamentalismos espirituales y ante el lenguaje afectado. La pasión teresiana por la libertad, la grandeza de sus deseos, su determinación para afirmarlos y realizarlos y el afán de comunicarlos siguen conservando su vieja fuerza y su renovado encanto. Bella lección para quienes vivimos en estos tiempos de crisis, afectados por el abuso del poder, el miedo a actuar y la decisión a ser dueños de nosotros mismos. He aquí su actualidad interpelante.