La definición de inteligencia humana

Con este artículo inicia toda una serie sobre la inteligencia artificial, cuya resonancia en estos momentos es amplia. Por supuesto, la diferencia que siempre hemos de mantener es entre la de la inteligencia humana, específica del hombre, y la atribuida al dispositivo. Cierto, dicha diferencia no busca condenar, pero sí insistir en la inteligencia que ha sido primero y de la cual emergen tantas invenciones, o sea, la del hombre de carne, hueso y cerebro.

De hecho, ella es la armonía original forjada en las profundas estructuras cerebrales del hombre. En tales estructuras la inteligencia tiene permanencia, y ésta en la constitución cerebral del hombre, lugar y duración temporal. En el cerebro suena la de suyo no sonante, o sea, la inteligencia; en él ella está siendo y siguiendo sus leyes, pues, en el cerebro la inteligencia posee una identidad elocuente. Entonces, ¿qué está siendo la inteligencia en el espacio cerebral? Está siendo impregnada por la temporalidad del tiempo mostrando finalidad y eficiencia.

Finalidad, porque el hombre trata con inteligencia lo revelado por el tiempo (numera, juzga, define): fragua creatividad; ya que el cerebro unido al tiempo, abre temporalmente su contextura. O sea, el cerebro diferencia al tiempo respecto a sí mismo, captándole su función concreta; pues, percibe la continuidad por la que lo divide en números, períodos, sin romperlo. En otras palabras, el tiempo mueve las cualidades intelectuales del cerebro. Por cierto, las cualidades intelectuales del cerebro son la eficiencia del mismo, cuando muestra peculiar poderío pasando del estado posible al estado actual; de este modo, es una unidad en actividad creativa. De hecho, el tiempo, distinto del cerebro, lo empuja a lo real, a notarle y anotarle cual realidad indeterminada determinable, media hora, un cuarto para las doce, etc.

Por supuesto, el tiempo en el hombre es condición suficiente-eficiente, puesto que, realmente está influyendo en su cerebro; y, aunque la inteligencia determine a voluntad alguna definición, la constancia del tiempo, llámese aquí persistencia, está sometida a cálculos de variaciones; es decir, el tiempo es tiempo, pero las posibilidades de definición, revisadas por la inteligencia, contienen la que mejor coincida con las funciones de los puntos límites, plazos, períodos, etc.,  en los cuales el tiempo es tiempo. De este modo, la inteligencia se sorprende a sí misma siendo tempórea, esto es, atemperada al tiempo, ya que, de él recibe valor. Por recibir valor del tiempo, ¿aumenta, disminuye? Ella determina la posición de un punto del tiempo en el cerebro, lo localiza, lo ilustra en una recta, en la cual la inteligencia extiende los puntos privilegiados del tiempo. En la extensión aumenta, disminuye, pero no cesa, pues, el tiempo la hace ser siempre la misma: identidad potenciada[1]. Por eso, entre inteligencia y tiempo no hay indiferencia mutua: el tiempo, y el carácter temporal de la inteligencia, son condición indispensable de una realidad, la del tiempo, que, aunque parezca solo conceptual, en ella exhibe la duración de un tiempo físico[2]; en consecuencia, la inteligencia no es una entidad o diosecilla independiente del tiempo[3].

Positivamente, el tiempo es operante en realidad. En sentido real ajusta en la inteligencia lo simultáneo y lo sucesivo, porque, el tiempo y la inteligencia son coexistentes. De veras, el tiempo en sí y en la inteligencia está siendo a la una-y-a la vez[4]. Por ejemplo, en un tiempo inteligencia y tiempo están simultáneos: localizados[5]. El tiempo tiene una constancia de ritmo sucesivo; es firme, no ostentoso ni ruidoso, de ahí que, la inteligencia inmersa en él labra su propio porvenir. Efectivamente, la inteligencia coexiste con el tiempo no en cuanto un cualquier objeto[6], puesto que, en y con el tiempo tiene originalidad, tiene ser. Lo tiene porque lo hace, y haciéndolo defiende la intimidad de ser inteligente. Esto es, la intimidad de la inteligencia es su armonía original con la cual actúa en el tiempo conservándola. De hecho, la inteligencia tiene una dosis imperdible de temporalidad, y el tiempo tiene una dosis imperdible de inteligibilidad, pues, la inteligencia se funde con el tiempo, pero no se confunde con él. En efecto, ella elabora la diferencia.

Entonces, la definición de la diferencia entre tiempo e inteligencia es primeramente, inmediatamente y normalmente.

Primeramente: el tiempo es real y necesario para que en la inteligencia sea objetivamente definido; o sea, el tiempo rige según leyes temporales, fijadas en funciones periódicas. El tiempo, aunque aparentemente quieto, mueve a través suyo su transitoriedad[7]; es decir, primeramente hay tiempo aun antes de parecerlo imperceptible; por tanto, primeramente el tiempo es imperdible.

Inmediatamente: el tiempo sin poder perder lo esencial para ser real el más propio; o sea, la extensión del tiempo es amplia y su efecto en la inteligencia es extremadamente intenso, pues, produce en ella una fluencia ininterrumpida; sin embargo, la inteligencia lo retarda y así refuerza la definición, porque lo fino, lo fiel de la precisión del tiempo, sin duda parte continuamente mantenido y tenido por él.

Y último, normalmente: a la inteligencia el tiempo le exige no únicamente tanteos, ya que, su ser está con ella a la una, y, aun así, normalmente el tiempo es fuerte. No obstante, el hombre inteligentemente le ha ofrecido una topología, por la que inteligencia y tiempo en este mundo son recíprocos, afines. De hecho, la medida del tiempo es dable por la inteligencia, no es una imposición inconsciente. Cierto, la inteligencia no inventa la normalidad del tiempo, porque, normalmente le es suficiente, pues, antes de la medición físico-matemática posible, el tiempo le está siendo posible realmente.

Por eso, la inteligencia en el tiempo ha demostrado, antes de la invención de los auxilios artificiales, una frecuente destreza natural y vital —intrínseca, eficiente— que la garantiza y la comprueba en una forma organizada; ella a la vez simplifica en formas comprensibles la multitud y variedad de lo real; por supuesto, no aniquila la multitud de distinciones, por ejemplo, entre inteligencia cerebral y artificial, entre cuerpo humano y robot, etc. Entonces, la inteligencia en el tiempo y con él, confirma que esa multitud de distinciones son lo que son mientras cada uno de los diferenciados hacen lo que son[8].

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

19-12-23