La democracia humaniza y civiliza

Todo país ha experimentado un paso ineludible: el de una manera de vivir rústica y atrasada a la humana y civil (cf. Moro, 1971, 16). Este paso, la historia es testigo, ha afinado «tan gran número de manos» (iden) en la faena de construirlo y reconstruirlo, en lo cual ha contribuido el ciudadano, cada ciudad, la tenencia en común del idioma, las instituciones y las leyes (iden).

La ardua tarea de reconstrucción, obrada en común, exige un responsable en cada ciudad y municipio, etc., el cual coopera con dos objetivos primordiales: la educación y el trabajo, sea agrícola, industrial o de cualquier y decorosa denominación. Ahora, velar por el normal progreso de estos dos factores es labor complicada para un solo grupo, pues así cualquier quehacer corre el riesgo de ceder a la monotonía de la unilateralidad y, por consiguiente, a la clausura de la creatividad.

Por eso, convienen tres acciones: instruir, trabajar y sustituir.

El empeño de la instrucción radica en dejar una factible enseñanza en el otro, niño, adolescente, joven y personas que siempre reconocen la urgencia de algo nuevo por aprender, útil a su profesión o al trabajo por ellas desenvuelto; la competencia, por supuesto, sana y de buena fe, debería ser en este aspecto, porque con ella, en vez de denigrar al otro para arrebatarle el oficio prestado al estado, mejor buscar el modo de evidenciar quién tiene la institución bajo su responsabilidad más bonita y mejor atendida, pues incumben espacios bien cuidados, «tanto para el provecho como para el deleite de los hombres» (ibid, 20). Por esta razón, al trabajo tanto de gobernantes como de gobernados se considera de importancia, ya que es desempeñado por mujeres y varones; así, la primera formación al trabajo, desde niño, es la de incentivar a realizarlo no solamente mirando (cf. ibid, 22), puesto que de las intervenciones en él resulta la variabilidad de invenciones generadoras de más empleos.

Ahora, cada quien es libre para desarrollar su opción por una labor, la cual aún le es agradable porque le ha dedicado educación y experiencia; en efecto, indica T. Moro, en las artes y oficios, «tanto varones como hembras, cada uno aprende y se aplica en el que es de su elección» (ibid, 22-23). Ciertamente, el desempeño, el hecho de no sólo mirarlo a lo lejos (al trabajo) genera la fortaleza humana, moral y social para reivindicar una remuneración honrada y seria, sustentada en una tarea también humana, moral, honrada y seria; de hecho, «no comienzan su labor muy de mañana, ni trabajan continuamente, ni durante la noche, ni se fatigan con perpetua molestia como las bestias, porque es una infelicidad mayor que la de los esclavos la vida de los trabajadores que han de estar a su tarea sin descanso» (ibid, 23).

Desde la faena del trabajo muchos aciertan el significado de la democracia, en efecto, «si alguno se ha instruido bien en una profesión y desea aprender otra, se le permite, y cuando las conoce bien se aplica a aquella que es más de su gusto» (iden, 23).

Al respecto, dentro del parágrafo dedicado al trabajo, T. Moro le concede un lugar privilegiado a los “estudios literarios”, cuyo ejercicio recae sobre quienes “están encargados y escogidos para cuidar del estudio”; a éste recurren “gentes de todo estado”, hombres y mujeres, «a oír a los disertantes, cada uno según sus aficiones y según su profesión» (ibid, 24).

De manera que, con lo dicho sobre el trabajo, y los renglones dedicados por Moro al “tiempo libre” (cf. ibid, 23-24), descubrimos un modelo democrático de ningún modo incompatible con la presencia vital del individuo humano, y no exclusivamente tomando en cuenta su dimensión individual, sino también la moral y la social, pues acordando tales aspectos del viviente humano T. Moro ideó dos juegos (cf. ibid, 24), proponiendo con el segundo la “discreta” disputa de quienes defienden la concordia de las virtudes en oposición a los vicios. Es una lucha constante a nivel social, la cual involucra a todas las instituciones; además es utópica, con el buen sentido de esta expresión según el planteamiento político de T. Moro, pues, aunque difícil la consecución por parte del ciudadano, —a este conjunto universal pertenecen el mandatario y los pobladores—, de la victoria sobre los vicios, y conseguida aún no perfecta (por eso utópica = no totalmente imposible), es una posibilidad de laurel siempre abierta en y por la cual ellos continúan lidiando; en efecto, «en este juego se pone de manifiesto discretamente la oposición a los vicios y la victoria con las virtudes» (iden).

Desde luego, todo regente de cualquier país dado a la tarea de eludir tal lucha suelta a sus ciudadanos, aunque confusa o solapadamente, no la decidida batalla de combatir los males, sino la pésima y desilusionante opción de luchar o no en el combate discreto de las virtudes en contraposición a los vicios.

Esto último abre el debate sobre la acción-voz “sustituir”.

Aquel pugilato cauto entre las virtudes y los vicios es totalmente necesario en una sociedad democrática, por ende, no superfluo. Es necesario para la vida social porque surgen antojos y excesos; entonces, en cualquier gobernante y gobernado, desmotivadores de la creatividad en el otro de la praxis del juego trazado por Moro, y al presentarlo únicamente bajo el entusiasmo surgido en cualquier juego, dicha forma de convocar a tal disputa es poco respetuosa y, de este modo, aficionada a las opciones o por la virtud o por los vicios, pero no motivadora del ineludible combate de aquellas contra éstos. Sin duda, el peligro resulta en el de una forma de gobierno movida más por obligar a tal trasteada opción; porque, en el fondo le favorece algunas linces complacencias, además, complacida en sustituir la auténtica virtud por la que acomoda lo más parecida posible; de hecho, un error asiduo en tal forma de gobierno es la corrupción, pues, «donde todo se consigue con dinero –plantea Moro– es forzoso que haya muchas artes totalmente vanas, que sólo sirven al antojo y al exceso» (ibid, 25).

El uso de los bienes en tal combate es indispensable, porque de lo material siempre sobra algo para obtener; al contrario, de lo espiritual, de lo acertado en moral y en sociedad, hombres y mujeres reposan justamente cuando trabajan por el bien común, definiéndole a los responsables e inmediatos en ciudadanía su indignación por la inclinación a no producir nada al respecto. Por tal motivo, ¿es esto una labor provechosa para todos? Indudablemente. Es más, ella bien desempeñada hace la vida en sociedad mucho más fácil, mas, una vez rehuida por el dirigente y los gobernados, sus principales artífices, refleja la ocupación dentro de sus responsabilidades en cosas poco beneficiosas para los habitantes de todo un país.

Desde luego, esa experiencia da verdadero testimonio, porque el mal ejemplo no debe ser el estímulo para continuar consintiendo garantes estatales y políticos excusando sus deslices o los de los otros con síntomas ad extra, y poquísimos ad intra; en efecto, debido a la sustitución antes mencionada, en un sistema humano, civil y democrático favorece permitir el reemplazo de sus responsables a través del voto libre, universal, directo y “secreto” (cf. ibid, 21), con el cual apoyan la diversidad y despiertan el afán por combatir la unilateralidad producto de patrocinadores de la gerencia del poder como si de un feudo se tratase; «en [los] países –escribe Moro– es necesario que haya muchos dedicados a la reparación, porque lo que los padres construyen con gran trabajo, los herederos pródigos lo descuidan de manera que poco a poco se arruinan, así que lo que pudo repararse a poca costa, los sucesores tienen que edificarlo casi de nuevo» (ibid, 26).

Bibliografía

Moro, Tomás, Utopía, Colección «Lee y discute». Serie Verde. Núm. 1, Zero, Madrid, 1971, 96, en:

https://www.um.es/tonosdigital/znum32/secciones/relecturas-1 utopia_tomas_moro_(escaneada).pdf [Visto: 27/11/2023]

Esta obra, Utopía, fue escrita por T. Moro en 1516, tres años después de la composición del Príncipe de Maquiavelo y un año antes de la Reforma protestante.

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

11-02-24