La Estrella de Belén

Por: Rosalba Castillo Rondón…

La conjunción de Júpiter y Saturno conocida como la Estrella de Belén, nos trajo el Espíritu de la Navidad. En medio de esta nueva ola de coronavirus, ese que desde tiempo atrás encerró al planeta entero. Y es solo con la posibilidad de saber que aparecerá dentro de ochocientos años cuando volverá  a iluminarnos, renació la  esperanza para instalarse en nosotros.

La  situación que nos abraza está más latente que nunca. El mundo  nuevamente estableció límites para las reuniones familiares en estas fiestas. Estaremos cada vez menos juntos estos días. La Navidad será más silenciosa. Menos luces y más reflexión. Las celebraciones serán laboratorios del virus. Seguiremos siendo los grandes sobrevivientes durante esta tormenta y esto tenemos que agradecerlo cada día.

Somos polvo de estrellas así que agarrémonos de ellas. Especialmente de esta de Belén que ha movido a la humanidad. Todo pasará y esta pandemia también. Así como han pasado otras. Renovemos la alegría, la esperanza y la prevención por igual. Este virus nos mostró cual vulnerables y finitos somos. Terminamos comprendiendo que todos atravesamos esta misma marea, aunque de diferente manera. A muchos les ha costado la vida.

Pareciera que necesitamos  envolvernos en la ilusión  para poder recuperar momentos de  felicidad. Mientras el planeta vuelve a recogerse, los venezolanos, tomamos por asalto las calles, en la búsqueda de recuperar el tiempo perdido. Los centros de comercios se han visto abarrotados de personas tratando de adquirir diferentes productos, dando así un impulso a la alegría de compartir obsequios navideños. La ciudad se llenó de compradores compulsivos. Largas filas para comprar y comprar objetos  para demostrar el afecto. La lección no la hemos aprendido.

El amor se demuestra de otras maneras también. Estamos ante un renacimiento de la vida. Lo que necesitamos regalar y adquirir no se puede obtener en ofertas de temporada. Solo lo podemos construir desde adentro. Escribamos otra Navidad. Envolvámonos en la solidaridad y el afecto. Regalemos tiempo a los otros. Ese tiempo y ese espacio que nos ha impedido contactarnos desde el amor. Agarrémonos de las manos. Lleguemos al corazón.

 No esperemos una navidad para demostrar el sentir a los otros. Perdonemos cada día. Vivamos en paciencia y tolerancia con quienes convivimos. Ayudemos, siempre  ayudemos. Amemos de manera limpia, profunda y muy sincera. Aprendamos a demostrar ese amor que sentimos de otra manera más allá que con presentes. Seamos todos niños en esta Navidad.

Hagamos una reforma íntima para dar criterios nuevos a nuestra vida. Nunca será una verdadera Navidad si celebramos unas fechas particulares y olvidamos a los demás el resto del año. Esta pandemia nos enseña que es una época de cambios. No puntuales sino permanentes. Soltemos esas enseñanzas erradas que nos dicen que el amor se convierte en objetos materiales. Pidamos más para los demás que para nosotros. Más para aquellos que la pandemia les arrebató la vida de seres queridos. Para aquellos que tienen las familias regadas por el mundo. Para aquellos que la crisis los dejó sin nada. Para aquellos que perdieron sus trabajos. Para aquellos que están en los hospitales. Para aquellos que caminan en solitario. El duelo está en todos.

Somos todos y uno a la vez. Hagamos más sólido el amor. Ahora que tenemos que cubrir nuestro rostro con mascarillas para protegernos del virus, sonriamos con el corazón. Así brillará en nuestros ojos. Nuestra mirada será el reflejo del alma. La verdadera Navidad está en nosotros mismos. Celebremos la fiesta de la generosidad y la solidaridad. Escribamos una nueva Navidad más cercana a los demás. Hagamos que la comunicación sea continua. Regalemos nuestra voz a quienes nos esperan y nuestros brazos a quienes nos necesitan.

No nos atrevamos a pedir más allá de estar todos. Somos un mundo en un grano de arena.

rosaltillo@yahoo.com