Todos regresaban felices a casa; además de las sonrisas, había un sentimiento de satisfacción por haber cooperado en las celebraciones navideñas de Amubri (Talamanca, Costa Rica).
El estrecho camino hacia el puerto en el río Telire estaba colmado de algarabía. La gente se dirigía a los botes entre comentarios y anécdotas; algunos manifestaron que no podían esperar las vísperas de Navidad del siguiente año, pero que lo harían con paciencia e ilusión.
Sobre el río se reflejaban los focos de los botes, mientras diestros “capitanes” conducían bajo un cielo estrellado y una enorme luna llena que también iluminaba, como celebrando a Amubri y su gente.
En el otro extremo del pueblo, padre e hijo esperaban una “camionetica” para ir al hogar de la familia del líder espiritual de los Bribri, el “Awá”. Fueron invitados a un espacio enigmático, donde la sabiduría surgía en cada planta, en cada animal y en cada persona orgullosa de sus raíces indígenas.
Llegaron en penumbras, sin luz artificial, con un cielo resplandeciente y la melodía de grillos y ranas que iba en aumento a medida que se integraban nuevos “concertistas”.
En el portal de la casa aguardaba una figura materna, una persona que representaba el liderazgo del hogar, y en cuyo rostro marcado por el tiempo se reflejaban la sabiduría, la disciplina, la fraternidad, la compasión y mucho amor detrás de su sonrisa genuina y casi infantil.
Doña Natalia dio la bienvenida a los viajeros. Tras una corta conversación, les invitó a descansar y a disfrutar de un delicioso desayuno al día siguiente.
Luego de un refrescante baño con el agua de un barril, ambos viajeros prepararon sus camas y, al mismo tiempo, imaginaron para el desayuno una taza de chocolate con el cacao cosechado por el Awá y su familia.
No hubo necesidad de despertador, pues a las cinco de la mañana los gallos dieron la bienvenida al alba con sus cantos. Las gallinas cacareando empezaron a deambular por el patio de la casa, y siete pollitos se treparon en la cama de los visitantes y, con sus picos, empezaron a picotearles, como animándoles a disfrutar de los primeros destellos del sol.
Ya con las energías recuperadas e imaginando el aromático chocolate, se acercaron a la cocina. Doña Natalia colocaba más leña al fogón, mientras soplaba las brasas y el aceite chispeante en el caldero recibía una docena de huevos criollos.
La destreza de la cocinera no dejaba lugar a dudas; prueba de ello fue la forma sincronizada en que batía el chocolate, preparaba los bollos de maíz, freía unas chuletas de cerdo, además de relatar amorosamente cómo fue su niñez en la selva de Talamanca y cómo ayudaba a sus padres en las faenas del campo.
Parte de ese conocimiento lo transmitió a sus hijos, nietos y bisnietos, siempre con la ilusión de fortalecer el sentido de pertenencia por la cultura Bribri y promover en todos el uso respetuoso y racional de los recursos proveídos por Sibö, el ser supremo responsable de crear, cuidar y bendecir todo ser viviente sobre la tierra Bribri.
La curiosidad de los viajeros aumentaba con cada detalle expuesto por Doña Natalia; estaban ávidos por interpretar los valores humanos que los Bribri practican a diario, no solo para respetar su naturaleza, sino para tender puentes de fraternidad, bondad y cooperación con propios y extraños.
Fueron muchas y hermosas las emociones que surgieron alrededor del fogón esa mañana, pero lo que más marcó a los visitantes fue el conversar parsimonioso de la anfitriona cuando les invitó a recorrer unas parcelas con plantas de cacao criollo. De manera didáctica y divertida, explicó el proceso, la cosecha, el procesamiento y finalmente, la forma adecuada de elaborar la bebida.
El cacao ocupa un lugar privilegiado en la identidad Bribri, no solo por proveer nutrición, sino también por ser parte integral de su cosmogonía y de los lazos de hermandad que se pueden estrechar con otras comunidades cuando se relacionan durante las faenas en el campo y en torno a una hoguera para compartir alimentos y experiencias.
El retorno a casa fue inevitable, pero también lo fue la promesa que hicieron padre e hijo para organizar una próxima visita, más larga y esta vez con un buen despertador que retumbe antes de la llegada del escuadrón de pollitos.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
17 de febrero del 2026
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