Mérida la incomprendida

Por: Luis A. Viloria Ch…

Briceño Iragorry sin duda fue uno de los intelectuales más prominentes y multifacéticos de nuestro siglo XX. Gran parte de su vida la dedicó al estudio de nuestra idiosincrasia y a caracterizar los rasgos más resaltantes de los venezolanos como pueblo, su “Mensaje sin destino”, tal vez sea uno de los mejores ejemplos de ello. Otro de sus grandes textos que recopila un conjunto sistemático de ensayos es “Mérida la hermética”, en ellos diserta sobre la ciudad, sus integrantes, su devenir histórico, pesé a ser trujillano de nacimiento, Don Mario vivió como muchos otros, enamorado y cautivado profundamente por la ciudad andina de la meseta del Tatuy.

No resulta difícil enamorarse de Mérida, ella es alegre en sus entrañas, al decir de Fortunato González, y hay que amarla apasionadamente, conocerla profundamente y meditarla con serenidad. Mérida ha sido un estado de generosa historia y trayectoria.

Pesé a lo contradictorio que puede resultar afirmar eso, por un lado, y contrastar la realidad presente, por otro, habría que decir que Mérida más que hermética, es cosmopolita, compleja, sensual y por, sobre todo, profundamente incomprendida. La estética natural que le brinda ese encanto mítico, fruto de la cadena montañosa que la escolta, hoy sólo es posible contrastarla con el ornato de desecho solidos que las autoridades parecen empeñadas en establecer como condena insalvable a los merideños. Los ríos que confluyen en la ciudad, sólo nos recuerdan la incapacidad probada de las autoridades para surtir con eficiencia y pulcritud el vital líquido.

Francisco de Quevedo fue un maestro del oxímoron: “Es hielo abrasador, es fuego helado / es herida que duele y no se siente / un cobarde con nombre de valiente / un andar solitario entre la gente / Es una libertad encarcelada / enfermedad que crece si es curada.” y Juan de la Cruz decía “música callada”.

Como vemos no todas las contradicciones son negativas, al menos no cuando se expresan en el campo literario, donde por el contrario son capaces de recrear hermosas prosas. Cuando el oxímoron es llevado al campo institucional, al Derecho Constitucional o la política, la cosa cambia por completo. No es permitido su uso. Gracias a ello no existe la dictadura democrática, la República monárquica ni mucho menos instituciones ilegitimas, legitimas, aún más, lo inexistente no existe.

Los últimos meses el proceso político venezolano se ha complejizado a tales niveles que hoy parece verse entrampado, debatirse entre salidas institucionales o insurreccionales. Lo paradójico es que la Constitución hecha a la medida del régimen terminó por ser el único instrumento de contención frente a las apetencias omnímodas del poder. Ya no sirve.
Y traigo esto a colación, porque la gravedad del deterioro existente hoy en Mérida es francamente inaceptable, inaguantable e inconcebible. Vivimos un constante oxímoron político, por un lado, nuestra clase dirigencial nos pide el favor fecundo del apoyo ciudadano a sus empresas, sin que se nos retribuya con coherencia al menos. Hoy lo único coherente en los diversos niveles de gobierno en Mérida es la incoherencia.

Si algún merito tiene Mérida en esta oscura hora de la patria, es que los últimos lustros siempre ha dado el paso decidido al frente para oponerse con dignidad titánica a las pretensiones totalitarias del régimen imperante en el país, gracias a ello fue posible la conquista del poder regional y municipal, fue la acción decidida de nuestros ciudadanos lo que dio el musculo necesario para acceder a esos espacios y la retribución ha sido una marcada anomia, una incomprensible incapacidad para gerenciar y una ausencia casi total de respuestas convincentes, sinceras y ajustadas al rigor que demanda gobernar. No se puede gobernar por ocurrencia.

Se dirá como descarga que la crisis profunda del país afecta todos los ámbitos y sí, es cierto. Esa verdad hay que concederla. ¿Pero es qué acaso no era evidente que así sería? ¿Cuál es la opción entonces? ¿Resignarnos a que cada día los inexistentes servicios públicos sean aún más precarios? ¿O entablar acciones desde lo institucional orientadas a la planificación, ejecución y seguimiento de políticas públicas que al menos demuestren interés por la tragedia ciudadana que hoy vive Mérida?

Mérida no puede resignarse a la condena impávida de ser una ciudad con grandes pensadores, escritores, intelectuales, científicos, cultores y un interminable etcétera, que conviven con gobernantes incapaces e ineptos. Lo vivido los últimos dieciocho años debe ser revertido, pero hasta ahora no hay hechos que demuestren ese interés. Mientras tanto, en este laberinto de incomprensiones seguimos escuchando a lo largo de las interminables colas para subsistir, lo que parece ya un canto de compasión: ¡Pobre Mérida!

Es perentorio abandonar el oxímoron político, dejémoselo a los poetas…