Mons Helizandro Terán Bermúdez en la Academia de Mérida -Foto Leo León- leoperiodista

Discurso de Mons Helizandro Emiro Terán Bermúdez, Arzobispo Coadjutor en la Sesión Solemne de su bienvenida celebrada por la Academia de Mérida celebrada este miércoles 20 de julio

Emmo. Sr. Cardenal Baltazar Enrique Porras Cardozo Arzobispo Metropolitano de Mérida y Administrador Apostólico de Carcas. Exmo.

Mons. Luis Enrique Rojas Ruiz Obispo Auxiliar de Mérida. Ilustrísimo

Dr. Luis Sandia Presidente de la Academia de Mérida, y señores miembros de esta Academia.

Venerables Sacerdotes.

Invitados especiales.

Señores y Señoras.

Acojo con profunda gratitud la invitación que se me ha extendido para asistir hoy a esta Academia de Mérida, destinada a promover la actividad creativa y la investigación en el campo de las distintas ciencias. San Ireneo de Lyon afirmaba: “Gloria Dei homo vivens”, es decir, “la gloria de Dios consiste en que el hombre viva”. Tal afirmación recoge la grandeza del hombre, creado a imagen y semejanza de su creador (Gn 1,27), y orientado, en una inquietud permanente, a la conquista de su felicidad plena, que en última instancia tal felicidad no es sino Dios mismo, como bien lo recuerda San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Conf., I, 1). En esta búsqueda e inquietud del hombre por alcanzar su plenitud se encuentra él mismo con sus grandes capacidades y posibilidades para crear, reflexionar, descubrir e investigar, de modo que en el devenir de los días y las horas el hombre se va haciendo artífice de su propia historia. Humanizarse implica ir perfilando el horizonte que nos permita vivir en armonía y trascendencia. Inmortales las palabras del salmista que 2 cuando contempla al hombre, exclama a Yahveh Dios: “gloria et honore coronasti eum”, lo coronaste, Señor, de gloria y majestad (Sal 8,5). Paradójicamente esta grandeza del hombre, traducida en un marcado desarrollo y progreso, ha ido surcando un panorama desolador de pobreza, guerras, hambre, desigualdades profundas, pareciera que el mismo hombre le roba la dignidad a su propio hermano. San Juan Pablo II decía en su en cíclica Redemtoris Missio: “Nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinador. Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir detrás de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el materialismo consumístico, por otro, manifiestan la angustiosa búsqueda de sentido, la necesidad de interioridad, el deseo de aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración. No sólo en las culturas impregnadas de religiosidad, sino también en las sociedades secularizadas, se busca la dimensión espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización” (N. 38). Llamado a la grandeza de hacerse semejante a Cristo, y eso es la verdadera humanización como lo recuerda San Pablo (Cf. Ef 4,13), el hombre se afana por deshumanizarse, por desfigurar el rostro de su semejante. Pese a esto el hombre ha hecho su cultura; la misma se arraiga en lo más profundo de su ser y ésta se convierte en matriz de su pensamiento, determinando su forma de ser y actuar.

La cultura encierra todo lo que pertenece al ser humano; ella le confiere sentido de pertenencia al hombre y preña de valor su presente, generando esperanza para su futuro. Y en esta constitución de la cultura la fe juega un papel decisivo, pues existe una búsqueda constante, ya sea a nivel personal que comunitario, de la realidad trascendente. Razón tenía Paul Tillich cuando afirmaba: “la substancia de la cultura es la religión y la forma de la religión es la cultura”1 . Nuestra fe cristiana no puede existir separada de la cultura; esta síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe, pues una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, enteramente pensada o fielmente vivida. En tal sentido la Constitución Pastoral Gaudium et Spes nos recuerda: “En realidad, el misterio de la fe cristiana ofrece a los cristianos valiosos estímulos y ayudas para cumplir con más intensidad su misión y, sobre todo, para descubrir el sentido pleno de esa actividad que sitúa a la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la entera vocación del hombre” (N. 57).

Necesitamos de la cultura como cristianos, ya que nuestra fe profesa que el Hijo de Dios se encarnó en la historia concreta y real de los hombres; y cuando el Verbo 1 Cf. Jeremiah, O’SULLIVAN – RYAN, La búsqueda del misterio trascendente en los medios de masas, 100. 3 entra en la historia esta historia se convierte para nosotros en historia de salvación. El Papa Francisco en su encíclica Evangelli Gaudium nos recuerda: “Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio” (N. 69).

Excelentísimos miembros de esta Academia, me presento ante ustedes como un hombre de fe, que cree y ama la cultura, y con estas mis palabras quiero resaltar que nuestro mayor reto hoy como Iglesia es evangelizar la cultura; y esta evangelización tiende a instaurar los valores del Reino de Dios en nuestra cotidianidad. Soy un defensor de la fe inculturada; en Cristo, Dios y la humanidad se encuentra plenamente. Evangelizar la cultura supone una tarea de arduo discernimiento, pues podemos cometer el error de pensar que la evangelización tiene su punto de inicio desde los principios doctrinales de fe, y no es así; el punto de partida es la realidad concreta de las personas, de los hombres y mujeres que deambulan por nuestras calles.

Esta fue la pedagogía de Jesús, enseñar quien era el Padre bueno y su reino desde la vida, desde las necesidades de los más pobres y oprimidos, desde los sueños y esperanzas de sus coetáneos; hacía Jesús de lo cotidiano un encuentro con lo divino. Hoy en Venezuela la pastoral de la cultural significa colocar en diálogo la buena nueva del evangelio con la realidad que vive nuestra gente, de modo que podamos sembrar la semilla que nos lleve a transformar esta sociedad conforme a los valores evangélicos del amor, la justicia, la libertad, la paz, la verdad, la capacidad de encontrarnos y reconciliarnos, la atención preferencial por los más olvidados y marginados; esto sería la auténtica inculturación de la fe en nuestra cultura venezolana.

No puede ser una mera utopía el que podamos “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida”2 de nuestra sociedad venezolana. Este tiene que ser nuestro empeño como hombres y mujeres que seguimos a Cristo Jesús. Atender hoy a la cultura es centrarnos en el proyecto de amor que Dios tiene para el hombre; para que el hombre experimente este amor en su vida cotidiana, en donde aprende, cae y se levanta caminando hacia la 2 Cf. PABLO VI, Evangelii Nuntiandi, n. 19. 4 vida plena a la que es llamado.

Es esta la labor que el Papa Francisco pide a una Iglesia misionera y en salida. Maravillosa la intuición de San Agustín de Hipona, que cuando delineaba su filosofía de la historia, argumentaba: “Dicen que los tiempos son malos, difíciles. Vivamos bien y los tiempos se volverán buenos. ¡Nosotros somos los tiempos! ¡Los tiempos son lo que somos nosotros!” (Serm. 80,8).

No vamos a negar que nuestros tiempos hoy no sean difíciles, pero ayudemos a vivir mejor a nuestros ciudadanos desde el evangelio de vida, cambiemos a los hombres con la semilla de la verdad, sean de la ideología que sean, y tendremos tiempos mejores. Preñemos la cultura de hoy con la gracia del evangelio y todos nosotros seremos los buenos tiempos que soñamos.

Muchas gracias.

Mérida 20-7-2022

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