Es jueves. La ciudad huele a plástico recién desembalado, a fritura y a tubo de escape. Faltaban seis días para la Nochebuena y Caracas se volcaba en una coreografía atávica: la búsqueda del estreno.

En Venezuela, vestirse con ropa nueva el 24 y el 31 de diciembre no es simple coquetería. Es un ritual, una superstición. Si te vistes bien en Navidad y en Noche Vieja, el año que viene te irá mejor. Eso dicta la tradición. Y, a lo largo de todo el país, se intenta cumplir.

Pero este diciembre no ha sido igual. La venta está lenta, como si al entusiasmo del venezolano le hubiesen puesto un freno de mano financiero.

El recorrido comenzó temprano, bajo un sol que ya picaba a las 9:00 de la mañana, y sin asomo de pachequito, en el oeste de la ciudad. El Mercadeo del El Cementerio era un hervidero.

Peregrinación del ahorro en Navidad

Las calles están atestadas de personas. Sin embargo, el volumen de gente no se traduce en facturación para los comerciantes.

En los alrededores de la estructura principal del mercado, decenas de autobuses descansan como bestias de carga agotadas. Llegaron de madrugada, entre 3:30 y 4:00 am, trayendo a compradores del interior del país —de los llanos, del centro, de occidente— en una suerte de turismo de supervivencia comercial. Buscan la oferta mayorista, la prenda de dos dólares, el par de zapatos que aguante la caminata.

La competencia es feroz. Hay demasiada oferta para tan poca demanda.

Una vendedora de ropa femenina, que entiende el juego de la viralidad digital, ofreció la clave de su éxito relativo: la tasa de cambio.

«A mí me va bien porque yo recibo al Banco Central, pero al euro, no al dólar. Tengo compañeros que reciben a 400 o 500 bolívares y eso es un robo». En la selva de concreto, la tasa de cambio es la ley, y el que se desvía, pierde al cliente. Tampoco quiere decir su nombre.

«No me grabes», decían, tajantes. Pero off the record, el lamento fue unánime: la matemática no da. O se compran los zapatos o se compra la ropa. O se viste el niño, o se viste el padre. O se compran los estrenos o se come.

El «estreno completo» es, para la mayoría, una utopía de otros tiempos. Y ni hablar del regalo del Niño Jesús; esa es otra partida presupuestaria que exige sacrificios.

El mar de toldos y la «Triple A»

La Hoyada es el reino de la imitación. No importa la marca, solo la apariencia. Zapatos deportivos que copiaban siluetas famosas sin ser «Triple A» —las copias de alta fidelidad— dominaban las estanterías improvisadas. Para los niños, la tendencia era más que clara: Demon Hunters y los vestidos de tul de princesas. La fantasía empaquetada en poliéster.

Al cruzar hacia el este, el paisaje muta pero la tendencia se mantiene. En Plaza Venezuela y el Bulevar de Sabana Grande hay un río de gente. Un mar de toldos azules, verdes y rojos se tragaba el pavimento. La Alcaldía puso orden en el caos: los vendedores informales, esos «buhoneros» que habían sido desplazados meses atrás, volvieron por la temporada.

Para Navidad, pagaron una «vacuna» legal: entre 50 y 100 dólares por un cuadrado de asfalto de 2×2 metros.

«Nos están cobrando el alquiler, pero preferimos estar aquí que en el Centro Comercial Manuelita Sáenz», confesó un padre de familia que organizaba ropa de niños junto con hijos.

La calle, dice, da visibilidad. El encierro del centro comercial popular, aunque más seguro, tiene menos flujo de personas.

La gente camina por el bulevar sorteando ofertas de aros de luz, forros de celulares, perros calientes y arepas, pero la pregunta se repite: ¿cuántos compran?

Templos de aire acondicionado y frustración

El este de la ciudad ofrece otro paisaje. El de los centros comerciales. Refugios climatizados que sirven como oasis contra la realidad.

El contraste era brutal. En Petare, con el Sambilito al lado del metro, la gente camina y pregunta, pero nadie lleva una bolsa.

En el Sambil La Candelaria, el tráfico colapsa las avenidas aledañas. Dentro hay mucho movimiento, personas con paquetes. Y grandes. Sin embargo, en el Sambil Chacao, una de las catedrales del consumo caraqueño, el fenómeno es interesante: el centro comercial como parque temático.

A la 1:00 de la tarde está lleno, pero gran parte de los visitantes está allí por la decoración, por las luces, por los villancicos. La gente busca ambiente navideño, no compra. Pasea, mira, se toman la foto. Luego, se van.

Los emprendedores, que pagaron 880 dólares por un stand de tres semanas, se sienten decepcionados. «Las ventas han sido terribles», confiesan con la amargura de la inversión perdida.

Los fiscales del gobierno patrullan los pasillos del centro comercial, verificando tasas de cambio y descuentos, añadiendo una capa de presión a los comerciantes formales que deben, además, lidiar con la apatía del consumo.

En el camino, tiendas por departamento como Traki o Mundo Total, con sus precios de liquidación permanente, están llenas. La opción de la clase media golpeada que se niega a dejar morir la tradición.

Caracas, Navidad, la burbuja y la estadística

El Tolón Fashion Mall está vacío. Un silencio de mármol y perfume caro. Algunas personas entran a joyerías y tiendas de cosméticos internacionales; una burbuja dentro de la burbuja, donde la crisis se mira de lejos.

Hay sorpresas, como la del Unicentro El Marqués, activo y vibrante, que contrasta con la soledad en los pasillos del C.C. Líder o el Millenium, donde la gente se reúne en la feria de comida pero ignora las vitrinas de ropa. Comer es una necesidad; estrenar, un lujo negociable.

Para intentar descifrar este comportamiento dispar entre la afluencia y la facturación, se buscó la versión Cámara Venezolana de Centros Comerciales (Cavececo). Se contactó a su directora ejecutiva, Claudia Itriago, con el fin de precisar cifras al cierre de 2025. No fue posible, la única vocera autorizada por se encuentra de viaje.

22-12-2025

https://www.elnacional.com/2025/12/mucha-vitrina-y-poco-bolsillo-en-la-navidad-de-2025/