Mérida, 29 de marzo de 2023

Palabras del Rector Mario Bonucci Rossini en el 238 Aniversario de la Universidad de Los Andes

Señoras y señores: 

En primer lugar quiero saludar la presencia de nuestro orador de orden , Dr Julio Castro, reconocido médico internista e inféctologo, quien ha generado opinión sobre la evolución y consecuencias de una pandemia que ha transformado no sólo nuestro comportamiento como ciudadanos, sino que ha forzado a un proceso de transformación paradigmático a nuestras instituciones educativas. En nuestro caso, a pesar de que ya habíamos dado pasos seguros en la educación no presencial virtual, con una carrera de Derecho, la pandemia ha hecho que la educación no presencial y la multimodalidad sea una característica en todas y cada una de las carreras de nuestra institución. Dr. Julio Castro, Bienvenido a nuestra Universidad y muchas gracias por aceptar ser nuestro orador de orden.

Es un honor para mí estar un año más frente a ustedes conmemorando el nacimiento de nuestra querida Universidad de Los Andes, recordando la acción valiente y determinada de Fray Juan Ramos De Lora, quien consciente de la necesidad de construir sociedad desde los hombres y mujeres dio el primer paso para la creación del Seminario de San Buenaventura, semilla de la universidad. Hoy también está de aniversario nuestro Seminario San Buenaventura, y por primera vez, por lo menos en la historia reciente, ambas instituciones celebramos esta fecha de manera conjunta.

La creación de una casa de estudios, por parte de nuestro fraile, que, como recordamos todos los años, se hizo sin contar con los permisos y autorizaciones necesarias para la época, nos lleva a reflexionar sobre la rebeldía necesaria, esa que nos anima a hacer lo correcto, aunque no sea legal, porque no toda legalidad es justa y no toda justicia es legal, algo de lo que sabemos mucho en la Venezuela actual.

Nuestro pasado está ahí, indeleble, nada ni nadie nos puede arrebatar las páginas de nuestra historia, mientras que el futuro, que aún no está escrito, cada día se torna más oscuro e incierto, por lo que usar este espacio para mirar hacia atrás y reprimir el llamado de advertencia sería irresponsable con la historia y una traición a nuestros principios.

Por tanto, más que un discurso lleno de frases que exalten glorias pasadas, quiero aprovechar este encuentro para compartir con la universidad y el país algunos de mis temores frente al momento histórico que nos ha correspondido vivir, más aún cuando parecen resquebrajarse los pilares de esperanza más sólidos que hemos preservado hasta ahora, en medio de este proceso de destrucción y desinstitucionalización llamado Socialismo del Siglo XXI, y me refiero a nuestras instituciones de educación. Estos temores se acrecientan al apreciar que esta situación ocurre frente a la indiferencia de una parte de la sociedad.

Durante el último año hemos insistido en la idea de que la universidad está viva; una frase que ha despertado molestias en algunos compañeros pues, a su juicio, con ella negamos o desconocemos la calamitosa realidad que nos golpea en todos los aspectos, sin embargo, muy por el contrario, con esta afirmación hemos buscado animar el trabajo y el esfuerzo para mantenerla viva a pesar de todo, y ha sido, precisamente ese esfuerzo la única forma de mantener abierta una institución, que fue abandonada por quienes constitucionalmente deben velar por su funcionamiento, y con ello me refiero a quienes ocupan el poder en nuestra nación.

LA UNIVERSIDAD ESTÁ VIVA. Lo reitero con seguridad y compromiso, mientras hay vida, hay esperanza, pero ¿cuánto tiempo más resistirá?, ¿qué haremos para mantenerla viva en medio de tantas necesidades?, ¿quiénes están realmente comprometidos para resistir esta lucha?

La universidad venezolana está viva, pero gravemente herida. Su continuidad como espacio de libertad, de conciencia democrática, de búsqueda de la calidad y de la verdad, de formación de profesionales de calidad está seriamente amenazada, y frente a ello pregunto ¿quiénes son los dolientes de esta situación?

La realidad es inocultable: cada vez somos menos. Comprendemos que la sobrevivencia es un instinto humano, respetamos a quienes deciden buscar mejores oportunidades, pero las renuncias en todas las áreas de la universidad marcan el día a día.

Hemos vivido varios años inmersos en una crisis compleja, y así esta se hizo parte del paisaje. Se volvió cotidiana normalizando situaciones antes impensables. La universidad hoy funciona gracias a la voluntad de quienes día a día aportan su esfuerzo y sus propios ingresos, gracias a los docentes que usan sus propios medios para dar clases, a la organización de algunos estudiantes para conseguir recursos, y así logramos una sensación de victoria de la que nos sentimos orgullosos, pero vale preguntarse con total honestidad, ¿es esta la universidad que merecemos y necesitamos los venezolanos?

El proceso de destrucción de las universidades autónomas nacionales ha sido lento pero sostenido. El maltrato político, económico y legal ha marcado cada una de las etapas del gobierno; una actuación caracterizada por el desprecio, la imposición de leyes y reglamentos que socavan la autonomía y la negación de un presupuesto que nos permita cumplir a cabalidad con nuestra misión como institución. Y no debemos olvidar el maltrato a nivel laboral o personal, cuando devengamos salarios de miseria que nos impiden vivir con dignidad.

Las consecuencias de todo esto las hemos padecido, en principio los universitarios y las universidades, instituciones que han sido reducidas en su capacidad de impacto social: sus edificios se desmoronan, los docentes ven limitadas sus posibilidades de crecimiento y actualización profesional, lo que trae además una pérdida en la calidad de su trabajo, los estudiantes perdieron todos los beneficios como comedor, transporte, atención médica y red de residencias. Todos hemos perdido por completo nuestra calidad de vida.

Hasta el momento muchos han visto el problema de las universidades como un problema de los universitarios, pero el daño histórico y social va mucho más allá, trascenderá nuestro espacio y tiempo, y una buena parte de la población venezolana no ha advertido los graves riesgos que amenazan su futuro aun cuando no tengan ninguna relación directa con las casas de estudio.

Si las universidades venezolanas pierden por completo su calidad ¿quiénes serán los médicos y las enfermeras que nos atenderán?, ¿de qué calidad será la infraestructura nacional?, ¿quiénes recuperarán o mantendrán sistemas básicos como agua, electricidad y telecomunicaciones?, ¿quiénes mejorarán la producción de la industria nacional?, ¿quiénes enseñarán a leer y escribir a nuestros niños en educación primaria?

La universidad como institución nos sobrevivirá, de eso no tengo dudas, ¿pero a qué costo?, ¿en qué nos convertiremos?

 

 

Mientras los países democráticos procuran su desarrollo, priorizando el mejoramiento de su educación, en nuestro país se ha hecho todo lo contrario, desprestigiando y destrozando un sistema que fue motivo de orgullo y referencia internacional; que estas políticas de destrucción se hayan mantenido y profundizado son prueba irrefutable de que el objetivo es acabar la educación de calidad, un plan que nos convertirá en una sociedad incapaz desde el punto de vista profesional e intelectual, con el fin político de tener hombres y mujeres dependientes, votos que se compran fácil, mentes que cuestionan poco.

Las consecuencias de esta política irresponsable durarán años, empujándonos a un círculo vicioso que, de no romperse perpetuará la ignorancia, y cuya superación está irremediablemente supeditada a la recuperación del sistema educativo en todos sus niveles. La universidad construye, sana, estimula, educa, y sí no tenemos universidad ¿quién reconstruirá el país?

Haciendo una analogía, en el área médica existen los llamados placebos, sustancias sin impacto químico real en el cuerpo que son administradas para estimular la sensación de mejoría. De la misma forma que podemos comer mal y calmar el hambre sin alimentarnos, podemos recibir una educación para tener un título sin que haya una verdadera formación. No podemos resignarnos a una educación placebo. No basta con reunir a un grupo de jóvenes en un salón de clase para que crean que están siendo bien educados, que se están haciendo profesionales, pues cuando salgan a ejercer en el mundo real sufrirán las consecuencias de haber sido formados de una manera precaria.

No es fácil aceptar que la situación ha sobrepasado a las universidades venezolanas. Durante los últimos años hemos formado profesionales de calidad para el mundo, sin embargo, por el camino que han empujado a las universidades esto no será posible en un futuro no muy lejano, pues la mejor educación no depende exclusivamente de la vocación docente y el interés del estudiante, menos aún, en un mundo globalizado marcado por los constantes desarrollos tecnológicos, mientras nuestras instituciones se ahogan en la obsolescencia.

Como puede apreciarse, nos encontramos frente a importantes retos locales y globales, algunos nuevos, otros de vieja data. Por un lado, debemos seguir resistiendo. Debemos actuar frente a la política de destrucción de las universidades autónomas venezolanas, lo cual nos obliga a repensar las estructuras, las dinámicas de funcionamiento y las dimensiones de las instituciones. Debemos aceptar que las glorias pasadas no volverán, y en lugar de ello enfocar nuestros esfuerzos en la construcción de una institución nueva, más ágil, operativa y pertinente.

A la par, debemos cuidar que el entorno inmediato no nos impida ver más allá de nuestras fronteras, pues nuestros profesionales deben insertarse en un mercado laboral global, con todo lo que ello puede significar.

Así las cosas, resulta evidente que la transformación es la única alternativa para avanzar, pero no una transformación de sobrevivencia, por el contrario, una transformación que surja de una reflexión profunda, que vincule a todos los hombres y mujeres de su entorno para renovar y reforzar el significado de nuestra existencia en la sociedad, una transformación que recupere la dignidad de la academia y de todos los universitarios, pero ante todo, una transformación que no pierda de vista la recuperación de nuestra nación, pues sin libertad y democracia no pueden existir universidades libres, y una universidad que no es libre no puede calificarse como una verdadera universidad.

La transformación universitaria significa renovación, lo que nos conduce a la reiterada, constante e insistente exigencia de elecciones universitarias, con todas las condiciones legales y económicas necesarias para entregar la institución a personas con nuevas ideas, con nuevas energías; elecciones, en las que vale destacar no tengo ningún interés en participar como candidato.

2023 es el año del centenario del nacimiento del Dr. Pedro Rincón Gutiérrez, Perucho, el Rector de Rectores, un universitario caracterizado por haber guiado a la universidad conservadora, casi colonial, a la modernidad, es decir, por haber transformado a la universidad. Pedro Rincón Gutiérrez, materializó su misión teniendo un objetivo claro que unió a la mayoría de los universitarios por encima de sus diferencias, por lo que invito a los ulandinos a que honremos la memoria de Perucho siguiendo su ejemplo de unidad en torno a propósitos superiores; no tengo dudas de que más allá de las diferentes visiones sobre la universidad, nos une la idea de una institución vanguardista, productiva, útil, además del anhelo de recuperar la calidad de vida de todos los universitarios.

De igual manera, siguiendo la filosofía de Perucho, la transformación universitaria necesaria hoy, debe mirar su entorno y unir fortalezas con toda la sociedad como lo hizo en el pasado. Una universidad que no permea directamente a su ciudad, a su estado y a toda su gente con el conocimiento, con la asesoría y la orientación no es una universidad útil en la situación actual. La Universidad de Los Andes debe ser piedra angular en la recuperación de la economía del estado Mérida, no olvidemos el rol que tenía nuestra institución en el flujo de capital en la ciudad.

En medio de este significativo encuentro le hablo a los universitarios para que asumamos desde hoy el reto de la recuperación y la transformación de la Universidad de Los Andes, el milagro no ocurrirá solo, debemos construirlo; a la sociedad merideña le hago un llamado para sumarse activamente en este proceso, la Universidad siempre ha estado para Mérida. Esperamos lo mismo de Mérida para con nuestra institución. Convirtámonos todos en multiplicadores de este mensaje, no dejen sola a la Universidad de Los Andes, la historia los premiará.

Y como siempre he manifestado en nuestros actos de grados, nuestra institución, en estos 238 años de historia ha sorteado y superado cualquier dificultad. Hemos sido testigo de una guerra federal, de una guerra de independencia, de innumerables desastres naturales, y sin embargo, aquí estamos de pie, más vivos que nunca; y seguiremos de pie. Nos sobrevivirá nuestra universidad, pero depende de nosotros que nos sobreviva tal como la hemos mantenido hasta ahora: rebelde, contestaría, popular, autónoma y democrática.

Muchas gracias.