Por la calle real: Un ataque dirigido al corazón de Mérida

Fortunato González

Por: Fortunato González Cruz…

La ciudad es un sistema complejo de relaciones, instituciones e infraestructuras que sus habitantes tejen con el tiempo y Mérida es el producto de más de 400 años de trabajo familiar. Aquí no han tenido mayor influencia las grandes trasnacionales, ni los bancos, ni capitales internacionales. Por el contrario, han sido las familias merideñas las que con esfuerzo sostenido han logrado una sociedad armónica, de las mejores del país. Desde los que limpian ajos y embolsan para el menudeo hasta la pequeña élite local son ejemplos de familias trabajadoras que montan sus pequeños negocios o sus medianas empresas y así, con el apoyo de las instituciones públicas que para eso están, se ha modelado esta ciudad.

El ataque ha sido dirigido al corazón de Mérida. Son muchos años de esfuerzo familiar, de abuelos, padres, hijos y nietos para establecer cinco empresas que le servían a todos los merideños desde las altas montañas del Páramo hasta las calenturientas planicies del Sur del Lago. No se trataba de compañías de accionistas extraños, anónimos, trasnacionales ajenos al lugar sino por el contrario familias de aquí con mucho, mucho tiempo construyendo lo que se ha dado en llamar “merideñidad”, medianas organizaciones para el servicio de la gente. Eran un buen ejemplo de ese tipo de empresas que cualquier socialista apoyaría por tratarse no de capitalistas mundiales sino de familias dedicadas al trabajo honrado. Pero en este proceso de desmantelamiento de lo bueno del país no cabían. Había que eliminarlas por eso, por ser un buen ejemplo de la sociedad civil organizada no aptas para la corrupción. Y vino el zarpazo. Ya estaban condenadas desde hace tiempo.

El acoso comenzó hace unos años mediante el ahogo económico, los controles absurdos, la tramitación burocrática inútil, las malas carreteras, las dificultades para conseguir vehículos y repuestos y muchas otras formas de hostigamiento. La gente reclamaba las fallas, las demoras en las entregas, el deterioro del servicio sin conocer que tras cada camión había un calvario. Así, en medio del caos revolucionario trataban de cumplir y todas ellas: Arsugas, Busgas, Matera Gas, Mérida Gas y Tovar Gas, hacían esfuerzos humanos, técnicos y financieros para llegar a todos los hogares sin ningún tipo de discriminación. Ahora están tomadas por Gas Comunal, la empresa del gobierno encargada de la distribución del combustible que se requiere en todos los hogares, como si las empresas tomadas u organizadas por el gobierno fuesen un ejemplo de sana administración. Familias como Rodríguez, Buso, Matera, Suescún y García constitutivas del gentilicio merideño despojadas, luego de servirle honradamente al país y a Mérida.

Desde que vivo en Mérida he sino atendido por la gente de Busgas cuyo servicio ha sido impecable. En más de 40 años ni una falla, ni una queja. Basta una llamada por teléfono para ser atendido en segundos y la bombona llegue en uno o dos días. Solo tengo para los propietarios y los trabajadores de Busgas gratitud y admiración por su buen trato y excelente servicio. Estoy seguro que las demás empresas hacían también su trabajo con la mayor dedicación, como me consta de Matera Gas por los servicios que le prestaba a mi madre en la urbanización Humboldt y aún le presta a mi anciana tía. A los vecinos de mi cuadra los atiende Arsugas y el comentario es semejante: por casi 50 años el servicio ha sido excelente.

No sé qué pasará con estas empresas. Ojalá respeten la propiedad y salgan de este percance fortalecidas por el bien de Mérida y por un eficiente servicio de gas doméstico. Pero insisto en que este atropello ha sido dirigido a unas empresas y a unas familias que se merecen el reconocimiento del colectivo merideño, a quien le han servido por muchos años, que son el modelo a seguir en una economía solidaria y que antes que este zarpazo han debido recibir reconocimiento y apoyo oficial. Un recuerdo sentido a Augusto Rodríguez Aranguren, a DinoBuso, a Arturo Matera y a las familias Suescún y García y les transmito a sus respectivas familias y a sus trabajadores la gratitud de un colectivo que le ha abierto las puertas de sus casas durante tantos años, con la esperanza de que la rectificación nos devuelva sus servicios.