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lunes, enero 17, 2022
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¿Puro embrollo?

PIDO LA PALABRA

 La actual clase de funcionarios, no sólo acusa una grosera capacidad para repetir lo que malamente expresan otros dirigentes.

 Es uno de los problemas que con mayor incidencia repercuten sobre el resto del andamiaje semántico y dialéctico, 

de cara al hecho posible de estar apostando a un futuro desarreglado en todo sus aspectos.

Por: Antonio José Monagas

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¿PURO EMBROLLO?

Lo que en arte inspira la vehemencia, en política termina convertida en falacia. Situación ésta que compromete decisiones de algún tenor e importancia. Sus consecuencias incitan distintos problemas. No tanto causados éstos por la inconsistencia del discurso que ayuda a desvirtuar todo propósito reivindicativo, como por la inadvertencia o imprevisión que acompaña cada palabra expuesta durante la declaratoria pronunciada. Pero sí, porque aluden consideraciones teoréticas que complementan la forma banal de hacer y ejercer la política. Mejor dicho, la politiquería. Aunque luce peor cuando este verbo violento y violentado en su empleo, difama la inteligencia y arrolla la ecuanimidad entendida como el escenario en el cual se aprovisionan los valores morales, básicos para la praxis ética de la política.

El discurso de los jerarcas del presente régimen, funcionarios apócrifos de un gobierno de facto que por perverso confiscó con alevosía y predeterminación la democracia venezolana, ha encadenado al país a condiciones retrógradas, extenuadas y al mismo tiempo, sectariamente politizadas. Cada una de las palabras que asoma el discurso de estos gobernantes posicionados en medio del devaneo populista actual apodado con el remoquete de “socialismo del siglo XXI”, revela el descaro de quienes se atreven a hablar sin sentido ni razón de conceptos que, epistemológica y politológicamente, son profundamente complicados y serios. Conceptos vinculados con la teoría económica, la teoría administrativa de gobierno, la teoría política o con la filosofía marxista. Pero de ahí a manejarlos con propiedad intelectual, la brecha es infinita para estos personajes que sólo buscan derrumbar el sistema político constitucional para justificar la implantación de otro con menos potencial institucional, pero práctico a sus mezquindades.

La actual clase de funcionarios, no sólo acusa una grosera capacidad para repetir lo que malamente expresan otros dirigentes. Sobre todo, cuando hablan con la incongruencia de quien desconoce lo que dice. Presumen de lo que carecen cuando aducen conceptos sin el más mínimo conocimiento que arrojan sus reales implicaciones. Es uno de los problemas que con mayor incidencia repercuten sobre el resto del andamiaje semántico y dialéctico, de cara al hecho posible de estar apostando a un futuro desarreglado en todo sus aspectos.

Así que ante tan mayúsculo vacío o inmensa confusión, cada discurso es matizado de banalidades y consideraciones efímeras valiéndose no sólo del estruendo que logran a punta de gañote y de emociones disfrazadas de principios. Igualmente, porque para ello se aferran necesariamente a medios de comunicación aduladores que, al radiar el impugnado mensaje, encubren esperanzas manipulando sentimientos y desfigurando verdades. Así que todo discurso del oficialismo, se fundamenta en exuberancias y en contenidos de exagerada demagogia. Peroratas éstas que además lucen presuntuosas por cuanto en el fondo están montadas sobre engañifas cuya intención es exhortar situaciones de puro embrollo.

 

 

VENTANA DE PAPEL

 

CON LA RAZÓN POR DELANTE

El país está próximo a nuevas elecciones presidenciales. Nuevas elecciones cuyas condiciones legales, institucionales y logísticas lucen profundamente desiguales. La palestra política luce profundamente polarizada a consecuencia de una gestión gubernamental construida con base en el resentimiento que durante catorce años han respirado advenedizos convertidos hoy en conspicuos dirigentes del proceso revolucionario.

Por una parte, el candidato Nicolás Maduro Moros, ha afincado sus expectativas en la imagen que sembró el extinto Presidente Chávez lo que ha sido visto como una carencia de personalidad política y que, de alguna manera, contribuye a debilitarlo no sólo ante el electorado nacional. Peor aún, ante sus propios seguidores. Más, cuando su figura se ve en medio de un serio cuestionamiento frente a la legalidad jurídica y la legitimidad política que puede favorecer sus aspiraciones. Por otro lado, está la presencia del candidato Enrique Carriles Radonsky quien viene de haberse medido el pasado 7 de Octubre con Hugo Chávez alcanzando una importante y sólida votación.

Sin embargo, de cara a las contradicciones que surgen de estos nuevos comicios se hace necesario considerar algunas posibilidades que podrían entenderse como factores de incidencia política por los cuales se haría un tanto más inmediato elaborar algunas conclusiones que tiendan a determinar la naturaleza de tan enrevesadas elecciones. En principio, pudiera examinarse la franqueza de los respectivos discursos. Asimismo, el efecto de las correspondientes maquinarias delante de las cuales habría que sopesar la confianza y el entusiasmo que las mismas puedan despertar ante aquellas parte de la población política que sigue sin comprometerse ante la decisión que significará elegir entre dos opciones liando con el futuro.

Los problemas que habrá que enfrentar como nación, son innumerables. Solamente queda por comprender hasta dónde el electorado será capaz de concienciar las capacidades de uno y del otro para reconocer que Venezuela no podrá salir del marasmo en que se encuentra si acaso sigue desconociéndose que la solución está en manos de quien este 14 de Abril razone su voto a consciencia ante un porvenir que sólo podría construirse en democracia. Así que no hay de otra, a votar con la razón por delante.

POR UN NUEVO CAMINO

A pesar de decirse que el hombre es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra y busca nuevamente repetir la caída, algunas veces logra escapar del hecho. Sobre todo, cuando reconoce que no tiene sentido alguno caer dos veces en el mismo hueco pues el golpe puede resultar en una contusión sin acomodo. Y es que en política, las cosas no son diferentes. Quizás hasta con más intensidad suceden.

Sin embargo, cabe preguntarse, ¿por qué el hombre político está condenado resistirse a evitarlo por mucho esfuerzo que haga? Más aún, cualquier intención de resarcir las consecuencias no satisface la pretensión asumida. La experiencia venezolana es perfectamente representativa de dicha situación. ¿O es que tiene otra explicación el bochorno que ha significado haberle dado el apoyo necesario al régimen para que conservara en el poder político a lo largo de estos últimos catorce años? Pareciera que no. Aunque también, pareciera que no hay razones que convaliden una situación repetida por la cual vuelva el país a ser golpeado por el desastre provocado por una gestión gubernamental maula.

¿Acaso resulta tan difícil reflexionar como individuo o colectivo frente la posibilidad calculada de seguir sosteniendo un régimen que cada día sigue manteniendo su empeño de desmontar la institucionalidad democrática para sustituirla por un régimen oprobioso en virtud del modelado marcado por esquemas políticos comulgantes con la vetusta y autoritaria ideología comunista? No hay más espacios ni oportunidad para pensar alejado del marco derrotista que pretende imponerse en el país a través del controvertido Estado comunal y que no es distinto de un proyecto social encarnado por el odio, el abuso, la autoridad, la amenaza, la expoliaciones, la intolerancia y la chabacanería, particularmente. Así que para lograr el susodicho objetivo, habrá que asumir la disposición de evitar seguir resbalándose para no volver a caer, al menos, en las mismas depresiones o rudas concavidades. Habrá que decidir transitar por un nuevo camino.