Vino y Hostias

Por: Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

La crónica menor

La religión judeo-cristiana es una religión histórica. Tiene lugar en medio de la vida de pueblos concretos, con cultura y usos determinados. Esta singular característica hace que tenga condicionamientos que vienen precisamente de su temporalidad y espacio en el que nació dicha expresión religiosa. Se celebra la eucaristía con pan de trigo y vino de uva por ser parte de la mesa mediterránea. No se puede cambiar por arepa y chicha, o por casabe y aguardiente de caña. Es una limitación que hace más humana su expresión, precisamente porque experimenta la finitud de lo humano en contraposición con la eternidad de lo trascendente.

En países tropicales como el nuestro, ambos productos son escasos, pues su cultivo exige determinadas condiciones, propias de otras latitudes. Hay que importar estas “materias primas”. Escasamente el trigo se cultiva en pequeña escala en las laderas altas de la cordillera andina y su consumo se reduce a la permanencia de viejas tradiciones culinarias. El cultivo de la vid y su fruto la uva presenta también peculiaridades. Como fruta de mesa tiene menores exigencias que para producir vino. Todo licor tiene una relación directa con la cantidad de azúcar que contiene la planta. Un buen vino exige un mínimo de 10-12 grados alcohólicos. El vino de consagrar para su uso en climas tropicales es más exigente, pues requiere que se pueda conservar sin corromperse, sin avinagrarse, a temperatura ambiente por tiempo prolongado.

El vino en el trópico, a diferencia de otros licores, una vez que se destapa la botella debe ser consumido en tiempo perentorio. Por ello el vino de misa es más dulzón, moscatel, tiene más azúcar y por tanto también mayor grado alcohólico, 14°. Por ello, la normativa de la Iglesia es cuidadosa en que el vino para la celebración litúrgica esté certificado por la casa productora. Desde comienzos de los años 80 del siglo pasado la Conferencia Episcopal le solicitó su producción a la empresa Pomar de Carora para no tener que importarlo.

Lógicamente, la producción de este vino tiene un costo, pues requiere de unas cepas particulares para una producción limitada pues no tiene valor comercial como los demás, por su uso exclusivo para la misa. Favorecer esta industria nacional debería ser política del Estado. No sucede así. Si se obtiene en el mercado un producto similar a menor precio, el consumidor tiende a comprar el más barato. Para buen entendedor, pocas palabras. El quid de la cuestión está en que la escasez generalizada de lo más elemental de la dieta del venezolano, por lo que no extraña que toque otros rubros. La solución es fácil, pero exige voluntad política más allá de ideologías trasnochadas.