Y ahora, el agotamiento

Por: Rosalba Castillo…

En el audio, la voz de Marisol se notaba cansada. ´´Ya no puedo más´´…. Los  rostros de las personas en la calle muestran agotamiento, que se ve  en su expresión corporal. Hace más de un año, con la llegada de la pandemia, la realidad cambió para a mayoría de los habitantes del planeta. Para otros ya desde hace tiempo, la  vida había empezado a desdibujarse.

Julio,  tras la ventana, se siente agotado. Vivir se le ha hecho complicado. El cansancio  de la pandemia se  instaló en él. El distanciamiento social nos tomó por sorpresa y a pesar de que la virtualidad ha sido nuestra mejor compañera, hoy reflejamos el cansancio de esta nueva “normalidad”. Todo sucede tras las pantallas: el trabajo, las clases, los amigos, el amor y la distracción.

Primero el confinamiento y luego los límites de las normas de seguridad impuestas para frenar el virus que nos ataca. Todo ello genera una sensación de incertidumbre y desesperanza  que pareciera no tener fin. Y ahora nos llegó el cansancio, esta fatiga mental cada vez más difícil de manejar. El estado de ánimo comienza a desfallecer, la adaptación a un futuro incierto empieza a languidecer, nos falta el aire, no hay sentido ni propósito, comienza ese agotamiento, producto de la tercera etapa del  estrés que se ha acumulado en nosotros, desde hace más de un año.

Algunos presentan sentimientos de desilusión y decaimiento. Cuando teníamos la esperanza de que la vacuna, lo resolviera todo, ahora estamos sin certeza. El distanciamiento social se juntó con el miedo a la enfermedad, a la ansiedad, en ocasiones a la depresión, a la soledad, al duelo, al desempleo, a la separación de la pareja, a la ausencia de recursos para afrontar las necesidades más elementales.

Cada día se ha convertido para Martha en un desafío, que la llena de  agotamiento físico y mental causado por la situación del país  y del planeta. Este cansancio nos está llevando a incontrolables altibajos en nuestro estado de ánimo, reflejado en las relaciones personales y laborales. Estamos reactivos. Estamos tristes. El tiempo de pausa, ha sido demasiado largo.

Luego de más de 365 días de distanciamiento, es natural que estemos obstinados  o simplemente fastidiados  de esta realidad. Sin embargo, lo que estamos haciendo es crucial, para nuestras vidas y para la sociedad, la ansiedad, el stress y el cansancio  pueden ser más contagiosos que el virus. La clave está en la inteligencia emocional para sobrellevar la resaca de esta tormenta.  Crear resiliencia,  es la única manera de  tener cierto manejo de nuestra vida. Es cierto que, no tenemos control sobre las políticas públicas, pero sí de cómo responder para  evitar la propagación del virus  y saber cómo hacerle frente a la incertidumbre.

El ser humano tiene mucha capacidad de reinventarse y de seguro también saldremos de este momento oscuro. Lo importante es fijar la atención en la superación y no quedarnos anclados en la queja. Sin  permitir   que el miedo limite nuestra vida. Al igual que nos hemos tenido que avituarnos  al confinamiento, también tenemos que adaptarnos a volver a la calle. Estar alejado de los nuestros ha sido estresante. Peo hay  muchas formas de estar conectados.

Un aspecto importante de esta crisis es sumergirnos en la calma, y enfocarnos en que solo debemos fluir y no centrarnos en querer tener el control. Lo que sucede  tenía que suceder. Quien llegó, tenía que venir. Renombrar los sentimientos que se están instalando en nosotros. Compartirlos  con los más cercanos. Dejemos  salir la tristeza, la rabia  y el dolor. El duelo hay que dejarlo  aflorar. Bajemos las expectativas y  logremos   emociones más estables

Enfoquémonos  en hacer actividades  posibles. Hobbies  como jardinería,  tocar instrumentos, cocinar, leer, disfrutar de la música, ejercitarse, descansar, compartir con    la familia, sin llenarnos  de frustración por aquello que por ahora, no está al alcance. Alejarnos de las noticias negativas y las redes sociales lo más posible. Seamos  empáticos con los otros.

Patrones sistomatológicos se están repitiendo. Un grupo de personas que se han vuelto lejanos, han construido sus propias burbujas, para no hablar de la situación. Otras   que tienen un excesivo control acerca de las medidas de bioseguridad, llegando a convertirlo en algo patológico. Individuos  que viven en una falsa relajación, luego de un año  de no contagio,  mientras otros se vuelven irritables, reactivos, somatizando sus emociones,  convirtiéndolas en enfermedades.

Hemos pasado del miedo al agotamiento, de la esperanza a la frustración. Todo producto de las altas dosis de stress a las que hemos estado sometidos.

El grado de vulnerabilidad depende del perfil sicológico de las personas. Existe una sensación evidente de rabia, frustración y tristeza Para ayudarnos es vital estar monitoreándonos constantemente, para  identificar las emociones  que aparecen en nuestro interior y buscar ayuda antes de que  empeoren esos  estados disfuncionales. Aprender a preguntarnos  por la certeza de nuestros  pensamientos, saber que son solo  eso, pensamientos, y dejarlos pasar. Aprender a alimentarnos saludablemente. Ejercitarnos. Descansar y desarrollar momentos de relajación y autocuidado. Vivir y disfrutar del presente. Bajar las expectativas.  Expresar los sentimientos. Evitar el aislamiento social. Desarrollar espacios familiares positivos.

Fluir,  flui, fluir con la vida.

rosaltillo@yahoo.com

30 – 04-2021