Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
Ahora que Venezuela está poblando a Chile, recordamos a Rumildo, un personaje que, en los ya lejanos ’80, creó un chileno e interpretó otro, para inculcar a los venezolanos, a través de la vergüenza, actitudes de mejor convivencia ciudadana. El actor Julio Jung, y el autor Mario Arancibia, trabajaron entonces para una campaña publicitaria de Petróleos de Venezuela. Se buscaba promover el ahorro de gasolina ridiculizando la imagen de un súper infractor de la Ley de Tránsito Terrestre. La emblemática y bien lograda combinación de imbecilidad y viveza en su rostro hicieron que sirviera para generalizar a “Rumildo” como figura de incultura ciudadana.
Casi cuarenta años después sería de esperarse algún progreso cívico que alejase nuestro comportamiento de aquel estereotipo, mas, viendo aflorar ciertos procederes en plena crisis, parece que el gordito de lentes que asolaba las vidas ajenas sonriendo tras el volante ha impuesto su manera de ser. Lo vemos en los focos que obstinadamente persisten en obstaculizar y sabotear los intentos de devolver la salubridad y gracia al ambiente urbano, sacrificando, en holocausto a líneas ideológicas o simplemente por desidia y pereza, su propia salud y la de sus familias; aparece Rumildo en las filas que a las que somos forzados para obtener alimentos o los más sencillos bienes de consumo, burlando el orden necesario, y luego está sentado bachaqueandolo que compró sin importarle la dinámica perversa a que contribuye con sus tontas ganancias; se atraviesa Rumildo como mal conductor de vehículos o motocicletas, cuando no como imprudente peatón; el siglo XXI ha generado al Rumildo de las redes, deseoso de sentirse reportero amarillista, sus deditos frenéticos ocupados en escandalizaro moralizar con “fakenews” ; parece que en política ha llegado el tiempo de los Rumildo populistas, embaucadores ilusionistas, expertos en ganar votaciones que luego detentan el poder como elefante en cristalería. En esos y muchos otrosasuntos, queda claro que Rumildo es incapaz de conectar su propio bienestar con el bienestar de los demás.
No se proponen estas líneas, queridos lectores, condenar a Rumildo, ni a quienes toleran su presencia y su actuación. No, porque hay que reconocer que esta cultura del “vivián” venezolano se infiltra en ocasiones en cada uno de nosotros, no siendo entonces quiénes para señalar, y sólo una ciclópea tarea educativa podrá disminuir la influencia del ciego egocentrismo en el ánimo de tantos compatriotas. Se trata de plantear la disyuntiva que se abre ante cada iniciativa nuestra: pensar en nuestro bien en función egoísta, como aprovechamiento y lucro sobre el bien de los demás, o pensar en nuestro bien en función comunitaria, como el provecho resultante de un mejor entorno, donde veamos la sonrisa de un pueblo que comparte sus beneficios para el bien común y no la tonta mueca sarcástica de Rumildo.


