Por Ricardo R. Contreras…

El pasado 26 de abril se cumplieron 40 años del accidente de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, situada en la localidad ucraniana de Chernóbil, un evento que significó un quiebre sociocultural, pues la sociedad comenzó a cuestionarse si valen la pena los riesgos asociados a los nuevos avances tecnológicos, no solo en el campo de la energía nuclear, sino también en otros ámbitos donde se han producido avances tecnocientíficos significativos, como la biotecnología o la ingeniería genética, entre otros.

Pero, ¿qué pasó exactamente en Chernóbil? El problema comenzó como resultado de la realización de una prueba de seguridad, algo que en los reactores nucleares forma parte de protocolos estandarizados. Los reactores del modelo que estuvo operativo en Chernóbil requerían grandes cantidades de agua para su enfriamiento, y la prueba consistía en simular que el sistema que suministraba agua al reactor número cuatro perdía su alimentación eléctrica, caso en el cual debían entrar en funcionamiento generadores eléctricos de emergencia, a fin de mantener circulando el agua de enfriamiento.

Lo cierto es que, durante las pruebas de seguridad y a causa de diversas fallas operacionales, sin que puedan descartarse errores humanos ni problemas propiamente técnicos, el reactor entró en una condición inestable y la potencia comenzó a elevarse de manera súbita hasta alcanzar niveles alarmantes. Este incremento descontrolado de la potencia del reactor número cuatro condujo al sobrecalentamiento del núcleo y a explosiones sucesivas que terminaron por volar la tapa del reactor, expulsando a la atmósfera enormes cantidades de combustible nuclear y diversos materiales de la instalación, entre ellos compuestos de uranio, grafito y otras sustancias tóxicas o radiactivas.

Décadas después, luego de extensas investigaciones técnicas, así como de las realizadas en el marco del proceso judicial llevado a cabo por la justicia de la antigua Unión Soviética, hoy se reconoce que el desastre fue consecuencia de una combinación de errores operativos y problemas estructurales del reactor soviético instalado en Chernóbil.

En conjunto, se estima que la liberación de material contaminante causada por la explosión fue centenares de veces superior a la producida por la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima en 1945. Los incendios posteriores y la dispersión de partículas formaron una nube radiactiva que contaminó extensas zonas de Europa y cuyos efectos alcanzaron incluso otras regiones del hemisferio norte. El accidente causó la muerte inmediata o en las semanas siguientes de decenas de personas, obligó al gobierno de la antigua Unión Soviética a evacuar de urgencia a más de cien mil habitantes de Prípiat, de Chernóbil y de otras poblaciones cercanas, y generó alarma internacional al detectarse radiactividad en numerosos países de Europa central y oriental.

Luego del accidente se puso en marcha una vasta operación de emergencia, verdaderamente heroica en múltiples sentidos, destinada a sofocar los incendios, estabilizar el reactor destruido y contener la dispersión radiactiva. Bomberos, personal técnico y equipos militares acudieron en las primeras horas, muchas veces sin conocer plenamente la magnitud del peligro al que se enfrentaban. Numerosos trabajadores y rescatistas fueron hospitalizados por síndrome de irradiación aguda, y varios de ellos fallecieron en los días y meses posteriores. Más tarde comenzó una inmensa labor de descontaminación y mitigación en la que participaron centenares de miles de personas, conocidas históricamente como “los liquidadores”, encargadas de remover escombros, enterrar materiales contaminados, limpiar infraestructuras y reducir los riesgos inmediatos del sitio. Los testimonios sobre la tragedia son numerosos, al igual que los libros escritos sobre el tema, entre ellos “Voces de Chernóbil”, de la ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2015, Svetlana Alexievich. También existen varias películas y la miniserie “Chernobyl”, creada y escrita por Craig Mazin y dirigida por Johan Renck, hoy difundida en varias plataformas digitales, que dan cuenta de los hechos de manera elocuente. Alrededor de la central se estableció una zona de exclusión de treinta kilómetros, y para aislar el reactor siniestrado se construyó primero un sarcófago provisional de concreto armado y acero, sustituido décadas después por una gigantesca estructura de confinamiento inaugurada en 2016, concebida para contener los restos del reactor y permitir, con el tiempo, el desmantelamiento progresivo de las instalaciones dañadas.

Actualmente, Chernóbil continúa bajo vigilancia y, aunque los niveles de radiación han disminuido notablemente en muchas áreas, persisten zonas con contaminación significativa en suelos, bosques y sectores cercanos al reactor, por lo que la zona de exclusión se mantiene vigente. Paradójicamente, la ausencia humana ha favorecido la recuperación parcial de ecosistemas y el retorno de diversas especies animales, aun cuando los efectos ambientales de largo plazo siguen siendo estudiados. No obstante, existe un factor preocupante: la guerra entre Rusia y Ucrania, pues la ocupación militar temporal del área en 2022 reavivó la preocupación internacional sobre Chernóbil y su situación.

En este contexto resulta pertinente traer a colación el concepto de “sociedad del riesgo”, formulado en 1986 por el sociólogo alemán Ulrich Beck. Según Beck, las sociedades contemporáneas ya no se definen solo por la producción de riqueza y bienestar, sino también por la generación de riesgos creados por el propio desarrollo científico, tecnológico y económico. En esta perspectiva, Chernóbil simboliza un cambio de época: los peligros decisivos ya no provienen únicamente de la naturaleza, sino de sistemas técnicos diseñados por el ser humano cuyas consecuencias pueden superar fronteras, afectar a millones de personas y escapar al control inmediato de gobiernos e instituciones. La nube radiactiva que atravesó Europa mostró precisamente ese carácter invisible, transnacional y políticamente desestabilizador del riesgo moderno.

Cuarenta años después del trágico accidente de Chernóbil, el debate sobre la energía nuclear, el cambio climático, la biotecnología, la inteligencia artificial y otras tecnologías emergentes sigue abierto. Ante esta realidad, la sociedad no debe asumir un papel pasivo; por el contrario, debe informarse, formarse un criterio propio, respaldar la innovación tecnocientífica cuando resulte beneficiosa e invocar, cuando sea necesario, el principio de precaución si existen dudas razonables sobre la relación entre riesgos y beneficios.

Fotografía: Un liquidador durante los trabajos de descontaminación en Chernóbil. Igor Kostin / Sygma vía Getty Images, publicada por The Atlantic.

Lecturas recomendadas:

Svetlana Alexievich. Voces de Chernóbil. Editorial Debolsillo, 2019.

Ulrich Beck. La Sociedad del Riesgo. Editorial Paidós, 1998.

Andrew Leatherbarrow. Chernóbil 01:23:40: La verdadera historia del desastre nuclear que conmocionó al mundo. Duomo ediciones.

29-04-2026