Monasterio del Órbigo

Queridos hermanos, autoridades, querida Junta Vecinal y queridos vecinos de Carrizo de la Ribera.

Hoy no es un domingo cualquiera. Nos reúne aquí un eco que tiene ochocientos cincuenta años de historia. Aquel lejano final de verano de 1176, cuando la condesa Estefanía Ramírez puso las primeras piedras de este monasterio de Santa María, sembró algo mucho más grande que unos muros de piedra románica; sembró el alma y la identidad de todo un pueblo.

Viendo la alegría de las hermanas en estos días, y el inmenso esfuerzo de todo el pueblo, es de justicia felicitar de corazón a la Junta Vecinal y a todos los vecinos por la belleza de las celebraciones, los actos culturales y el cariño con el que se ha volcado Carrizo para honrar su historia. Al igual que en su día nos reunimos para bendecir la tierra con San Isidro o para rescatar la memoria de nuestras tradiciones en el Antruejo, hoy nos convoca la raíz más profunda de nuestra comarca; este bendito cenobio cisterciense.

La liturgia de este Domingo XV del Tiempo Ordinario parece escrita a medida para nuestra Ribera en el hoy. El profeta Isaías nos habla del agua que baja del cielo, fecunda la tierra y la hace germinar. Y el Evangelio de Mateo nos regala la bellísima Parábola del Sembrador.

Nosotros, que vivimos al amparo del río Órbigo, sabemos perfectamente lo que significa esto. Sabemos que, sin el agua del río, nuestros campos serían un desierto; sabemos que la semilla necesita una tierra trabajada, mullida y limpia para dar fruto al ciento por uno.

Pues bien, durante ocho siglos y medio, este Monasterio de Santa María de Carrizo ha sido la «tierra buena» de nuestra comarca. Frente a un mundo que a menudo vive en el terreno pedregoso de la prisa, de la superficialidad o ahogado por los espinos del consumo y el egoísmo, este monasterio se ha mantenido como un arroyo abierto a Dios. La Palabra del Señor cayó aquí en 1176 y, gracias a la fidelidad de tantas generaciones de monjas, no ha vuelto vacía. Ha empapado espiritual y humanamente a Carrizo de la Ribera.

Sin embargo, en medio del ambiente festivo de este centenario, es necesario que nos hagamos una pregunta de pastores y de creyentes ¿Qué es lo fundamental en este lugar? ¿Qué es lo que verdaderamente estamos celebrando?

Lo fundamental en este monasterio es la oración y las ganas de invocar al Señor. No podemos engañarnos. Toda la magnífica programación que con tanto acierto se ha organizado —los conciertos que hacen vibrar las piedras, las conferencias históricas, el hermoso gesto de sacar los pendones en procesión al viento o la bendición de un escapulario—, absolutamente nada de esto tendría sentido si como pueblo no nos unimos a la Eucaristía y a la oración.

El monasterio no es un museo arqueológico, ni una atracción turística para la Ribera. Es un pararrayos espiritual. Si vaciamos el monasterio de la presencia viva de Cristo en el Sagrario, si el pueblo viene a contemplar las piedras, pero olvida el altar, estaríamos celebrando un cascarón vacío. Este claustro tiene sentido porque en él, desde las cinco de la mañana hasta el final del día, se ofrece el sacrificio de la alabanza. Sin descanso, estas hermanas han orado por el mundo entero, pero, de una manera entrañable y constante, han orado por este pueblo de Carrizo. La Eucaristía dominical y diaria es la fuente; sin ella, la semilla se seca.

Por eso, celebrar 850 años no es solo mirar al pasado con nostalgia; es mirar al futuro con fe y con responsabilidad. Las piedras resisten el paso de los siglos, pero la vida de la Iglesia necesita «piedras vivas». Hoy vemos con inmensa alegría el testimonio de nuestras monjas, desde la fidelidad de las hermanas mayores que han gastado su vida entre estos muros, hasta la savia nueva de las vocaciones jóvenes que el Señor envía desde tierras lejanas para rejuvenecer el carisma trapense.

Desde este altar, hago hoy un llamado apremiante a todo el pueblo a orar sin cesar por las vocaciones. Oremos por las vocaciones sacerdotales y religiosas, y de manera muy especial, por las vocaciones monásticas y contemplativas. Necesitamos que las jóvenes de hoy sigan escuchando la voz del Sembrador. Necesitamos que este monasterio de Santa María de Carrizo nunca se apague, que sus lámparas sigan encendidas y que su comunidad esté siempre guiada, custodiada y bendecida por Cristo y por su Madre Santísima.

Queridos fieles, al salir hoy de este templo, miremos al monasterio con ojos nuevos. Miremos a las hermanas con inmensa gratitud. Que cada vez que escuchemos las campanas que marcan las horas del oficio divino, nos acordemos de que hay alguien allí dentro rezando por nosotros, por nuestras familias, por nuestros enfermos y por nuestros difuntos.

Hagamos de nuestra propia vida la «tierra buena» que el Evangelio nos pide. Que la Virgen del Villar, protectora de esta Ribera, nos enseñe a guardar la Palabra en el corazón y a hacer de nuestra vida una constante acción de gracias.

Que Dios bendiga a la Junta Vecinal, que bendiga a todo el pueblo de Carrizo y que conserve por muchos siglos más la fe y la oración de este Santo Monasterio.

¡Feliz aniversario a todos! Amén.

Pbro. Danny Xavier Peña Dávila

12-07-2026