Entraré en tu casa y me postraré. Salmo 5, 8
La palabra de Jesucristo, elocuente y de autoridad irresistible, vibra de continuo en el ámbito de nuestra querida Venezuela.
Al principio del evangelio de este día 2 de julio de 2024, a 125 años de su Consagración al Santísimo Sacramento, 2 de julio de 1899, le leemos: «Jesús subió a una barca junto con sus discípulos» (Mt 8, 23). La barca simboliza a Venezuela, los discípulos a cada venezolano cuya pequeña o grande labor no es inútil ni molesta a quien en esta barca continuamente se nos ofrece como un Dios-con-nosotros (Cf. Is 7, 11-14 y Mt 1, 23), de quien desde la Iglesia se nos asegura, «con su trigo mejor sacia tu hambre» (Sal 147, 14), y del cual en ella hallamos refugio seguro para decir, como exclama el Salmo de esta Misa, «entraré en tu casa y me postraré» (5, 8).
Ahora, estas acciones envuelven toda nuestra vida, nuestra ciencia, nuestra civilización, nuestra cultura, nuestros proyectos, nuestras tareas particulares en esta pequeña barca a la que Jesús ha subido, y sigue haciéndolo en la hostia consagrada, y desde la que nuestros hermanos, los de ocupaciones relevantes como los de quehaceres más humildes, continúan interpelándonos en teoría, pero aún más con la fuerza del testimonio, de modo parecido como lo hizo el profeta Amós al pueblo israelita, «¿acaso podrán caminar dos juntos si no están de acuerdo?» (3, 3).
Esta pregunta, lejos de obstaculizar nuestra libertad, de desmotivarla en las tempestades encontradas en el esfuerzo por una vida más plena en este espacio del universo donde nos sentimos ser, trabajar, remar, como un prójimo con otro en una misma patria, más bien a menudo rememora esta otra, «“¿por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”» (Mt 8, 26).
De esta forma, Cristo demuestra y evidencia su amor hacia nosotros, pues este país que nos rodea y sostiene, no sólo es una suma de individuos aislados y autosuficientes, sino un orden de personas humanas ligadas entre sí por un parentesco espiritual y profundo, según el cual también percibimos en medio de las tempestades, «se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma» (v.26), puesto que, no únicamente de palabra sino también con las obras definimos ser: la República del Santísimo Sacramento.
En efecto, «si se quiere, —se nos recalcó—, que se respeten los derechos del hombre, es preciso que se hagan respetar los derechos de Dios, porque nada lleva a un pueblo al envilecimiento y a la muerte, como el desprecio de lo único que lo levanta y dignifica, Jesucristo, la religión, la Iglesia» (Castro, J.B., «EL VIAJE DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA II», en: Diario la Religión, Caracas, miércoles 5 de agosto de 1891, 85).
Así, completemos esta reflexión con estos esperanzadores pasajes de la Sagrada Escritura, «Dios es mi luz y salvación, ¿a quién temeré?» (Sal 26, 1), porque en verdad, Él «nos ha amado primero» (1 Jn 4, 10).
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com
02-07-24




