(Juan 1, 1-18).

Este es uno de los versículos constitutivos del prólogo del evangelio de Juan, el cual lo abre solemnemente con lenguaje poético y teológico.

¿Por qué lo leemos en la Misa con la cual concluimos el año?

Por un tema central: El Logos eterno —la Palabra— se hace carne en Cristo, el cual revela a Dios, y contemporáneamente nos trae vida y luz.

Por ende, procuremos repasar, no solo en la celebración litúrgica de esta noche del 31 de diciembre de 2025, sino cada vez que queramos encontrar al Señor como verdad, vida y luz, la estructura literaria por la que podemos orientar nuestra lectura; esto es:

  1. Preexistencia del Logos (vv. 1-5).
  2. Testimonio de Juan (vv. 6-8).
  3. Rechazo y acogida del Logos (vv. 9-13).
  4. Encarnación y revelación (vv. 14-18).

Estos componentes, sin duda, nos llevan al encuentro con Cristo, no únicamente con ideas.

Esto, desde luego, no exige un esmero abstracto, sino concreto: concentrar la encarnación en la pastoral que efectuamos, pues de este modo Dios en ella se nos hace cercano, humano, convivencial.

La 1ª lectura al igual que el Evangelio, en atención a lo dicho, nos colocan frente a estos contrastes, a los que no solamente denominamos, sino juzgamos con el objeto de reconocer el que más prevalece, o sea: luz/tinieblas, ley/gracia, verdad/mentira.

Al evaluarnos en relación a tal contraste, algunas veces trabados por un poco de tontería, otras destrabados por un realístico ingenio, hemos de recalcarnos la necesidad de evitar reconocernos virtuosos en un determinado lugar y rústicos moralmente en otros; desde luego, sintamos en profundidad que el Logos encarnado da sentido a la vida humana, incluso en la oscuridad.

Si por ese contraste en nuestra vida experimentamos una transformación, que por ella nos veamos rodeados de claridad, entonces, por tal motivo derivamos que son muchos y muchas los que por prolongado tiempo pasan absortos y absortas en oración, porque en tal contemplación prueban y certifican que la luz de Cristo ilumina la vida, evitándole el sinsentido; en efecto, en la 1ª lectura silabeamos:

“Por lo que a ustedes toca, han recibido la unción del Espíritu Santo y tienen así el verdadero conocimiento”.

La “unción del Espíritu Santo” y el “verdadero conocimiento” no aluden a “grupos privilegiados” ni dentro ni fuera de la Iglesia —en estos días escribí, “al que menos podemos sobornar es a Cristo”—; más bien, observemos cómo esas dos realidades producen en nosotros fuertes estremecimientos, no para hacernos salvajes pecadores al servicio del progreso, sino para nutrirnos espiritualmente, y así seguir percibiendo que la encarnación muestra que nuestra vida humana, con sus límites, tiene valor y dignidad.

En conclusión, la frase joánica “a Dios nadie lo ha visto jamás”, manifiesta la inaccesibilidad de la mirada humana “a lo que Dios es”; pero, ella dirigida al Hijo, con la asistencia del Espíritu Santo, con una fe, esperanza y caridad, que se fortalecen cada año más, lo apreciamos Logos encarnado, y de esta forma, en quien se hace visible y comprensible el Padre.

31-12-25

Pbro. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com