La palabra “maestro (a) es una de las más admirables con las cuales se puede nombrar a un ser humano. Las definiciones, en nuestra opinión, se quedan cortas al tratar de abarcar el significado que solamente el que detenta este sustantivo puede expresar realmente. Veamos, según Wikipedia “Maestro (del lat. Magister) o maestra hacen referencia a la persona que ha estudiado magisterioy se encarga de enseñar a los alumnos y alumnas, ya sean de infantil, primaria o secundaria, entre otros, en escuelas, colegios o universidades. Algunos maestros pueden estar destinados en institutos de educación secundaria en programas de garantía social, educación compensatoria o apoyo a alumnos con nece4sidades educativas especiales así como en centros de educación de personas adultas. Sin embargo, esta académica ilustración no alcanza a describir el verdadero y sublime significado de la profesión.
En el amplio sentido de la palabra, y en su más honorable condición un maestro es y debe ser alguien con cualidades especiales. Su tarea no se circunscribe a enseñar las primeras letras, o la tabla de multiplicar, al contrario, su labor va más allá de lo tangible, se proyecta hacia la formación integral del ser humano. Debe tener en su interior un crisol de dones que le permitan ejercer según cada circunstancia, quehaceres tan diversas como: psicología, para comprender los caracteres de sus alumnos, medicina de primero auxilios, para curar al niño que se cayó en el recreo y que viene llorando con su rodillita raspada, artesano para enseñarle manualidades, ecologista para inculcarles respeto y afición la naturaleza, religioso, para que practiquen la oración, poeta para que asimilen que en la vida también hay poesía, que las estrellas refulgen en las noches y que los amaneceres se pintan de colores, pero sobre todo ser un buen sustituto, sí, para poder suplir durante los horas de clase, la ternura y el amor que ofrendan a los hijos, sus padres. Como vemos, ser maestro no es una misión fácil, y se necesita vocación y un corazón muy grande para ejercer, sobre todo teniendo en cuenta que los maestros (a) tienen su propia vida, sus problemas, sus tristezas y sus alegrías; que también cargan sobre sus hombros los avatares de la cotidianidad, pero que, al llegar a su salón de clase, tienen que poner su mejor cara, sonreír y estar bien dispuesto a abrazar a sus alumnos con todo el amor que atesoran.
Ejercer la docencia en Venezuela
El ejercicio de esta loable profesión, en el país que ahora sufrimos, no escapa de un trato injusto y violatorio de los derechos que por su importancia en la sociedad les corresponden. Con tristeza, mas no con resignación, los hemos visto en las calles, bajo el sol y la lluvia, luchando por sus reivindicaciones. Marchando a donde puedan ser escuchadas sus voces y que sean aceptadas sus peticiones. Exigen, y con sobrada razón: mejores condiciones laborales, sueldos que les permitan cubrir sus necesidades. La más reciente marcha llegó hasta la Defensoría del Pueblo, entregaron un documento con peticiones, y esperan respuestas porque “ya no aguantan más”.
Los maestros, son servidores públicos de primer orden. Se les debe respeto, admiración y cariño. Es reprobable que ellos, hombres y mujeres a quienes les entregamos la educación de nuestros hijos, a quienes acudimos buscando un consejo oportuno ante una situación escolar de nuestro representado, sean mal tratados. Ellos, que soportan las mismas situaciones penosas por la falta de transporte, escasez de alimentos, y el largo etcétera que padecemos los venezolanos, tengan que aguantar estoicamente “hasta que algún día esta terrible situación en la que estamos, se resuelva”, dice Gladys, una maestra jubilada cuyo efímero sueldo no le alcanza sino para mal comer.
Recordando a los maestros
Cuántos de nosotros llevamos un recuerdo imborrable de esa maestra o maestro especial que nos enseñó mil cosas importantes. Recordamos a la señorita Emilia que hablaba suavecito y olía a Jazmín. No se nos olvida el profe Pedro, que se esmeraba tanto en sus clases de Educación Física que un día casi se desmaya porque no había podido desayunar, pero aun así fue a cumplir con su deber. Y cómo no rememorar al maestro gruñón de matemáticas, que de pasar horas dando clases y soportar a sus alumnos, se quedaba dormido y hasta echaba sus ronquidos, provocando el jolgorio y las risas de sus pupilos. Para muchos, su maestra representó el primer gran amor platónico por el que suspiraba y había que llamarle la atención.
Ahora bien, debemos reconocer a todos esos maestros que nos marcaron para bien, por eso hoy agradecemos a esos maestros que siempre apuestan y defienden a sus estudiantes. Esos profesionales de la enseñanza que con mucho amor te esperan para animarte y decirte que a pesar de que todo está mal con mucha fe y esperanza el paisaje siempre tendrá un espacio para ver salir el sol.
Hoy aplaudimos a los maestros que están al lado de los estudiantes defendiéndoles de quienes con ignorancia y celos han querido opacarlos, no podemos olvidarlos, cuando con lágrimas en los ojos temblaron de furia y miedo porque un malagradecido los golpeó en el alma.
Queremos reconocer a esos maestros que en medio de libros, letras, poemas y café nos han llenado de amor, y con un abrazo y un “cuenta conmigo” nos aliviaron el corazón; esos hábiles profesores que la vida no has puesto, han reconocido lo grande que podríamos ser.
Sí existe la profesora Miel, y no es esa la que sacamos de la película de Matilda, es una, que otro maestro nos puso en el camino, y ahora nos espera en la librería con una gran sonrisa, siempre viendo lo mejor de su estudiante.
Arinda Engelke. Violeta Santiago. CC-


