La pregunta que, a partir del título, recomiendo hacerse a cualquier madre, padre, educador, profesional de distintas áreas o trabajador del campo es: ¿por dónde estamos guiando a nuestros estudiantes?

Ellos se dirigen, según el haz de luz de nuestra enseñanza y testimonio, no hacia un plano idéntico al de quien transmite el conocimiento, sino hacia aquel que ellos mismos van descubriendo. Es en ese trayecto —como en la transición hacia el pensamiento crítico y analítico— donde no perturban la nitidez de la imagen principal: un hombre o una mujer de carne, hueso, estómago y cerebro, cuya continuidad en el aprendizaje se refleja primero en sí mismo antes que en cualquier pantalla.

No existe una educación simétrica, y mucho menos una educación puramente virtual.

No existe una educación simétrica porque los puntos de luz esclarecidos por un maestro o educador iluminan y hacen descubrir la enseñanza en variadas direcciones. Hay niños, adolescentes y jóvenes a quienes se les dificulta el aprendizaje, con frecuencia debido a su situación social o económica; no obstante, considero que el educador, junto a los padres, se esmera pedagógicamente por brindar orientaciones claras hacia el oficio por el cual los alumnos revelan su vocación, en lugar de dejarse enredar por la idea de que son «poco brillantes».

Tampoco existe una educación puramente virtual, porque la transferencia de conocimiento no procede de un punto en el infinito ni transmite recomendaciones infinitas. Proviene de un ser humano vivo que, en la tensión cotidiana del instante, se empeña con mente y corazón en ser un intermediario justo y motivador, allí donde el discípulo encuentra el impulso de su propia vocación.

Por supuesto, tras el doblete sísmico que sacudió el suelo de nuestro país no basta con construir una imagen buena, justa y exigente. Hace falta lograr que esas cualidades hallen y continúen una prolongación humana, sana y pedagógica en quienes, aun con no pocas limitaciones, están formando a la generación que nos releva, para que en el futuro no nos consideren un estorbo.

«El discípulo no está por encima de su maestro; pero todo discípulo, cuando se haya preparado bien, será como su maestro» (Lucas 6, 40).

24-09-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com