Para los que nacimos rodeados de pantallas, el 2025 no ha sido solo un cambio de calendario, ha sido un montón de ruido, cambios rápidos y aprender a navegar en un mundo que parece acelerarse cada vez más.
Si algo define este 2025 para nosotros, los adolescentes, es la hibridación total. El aula física y la digital dejaron de pelearse para fusionarse de verdad, el «¿me prestas los apuntes?» se convirtió en «¿me pasas la foto de la tarea?». Fue el año en que dejar el cargador en casa fue una tragedia mayor que olvidarse el libro de texto.
Los algoritmos de las redes sociales y las plataformas educativas no paraban de sugerirnos caminos: «¿Has pensado en estudiar inteligencia artificial aplicada a la biotecnología?». A veces, solo queríamos respirar y no pensar en el futuro.
La Navidad de este año, precisamente, la veo así: una pausa obligatoria y necesaria para esos abrazos de verdad, las risas en la cocina mientras se preparan las hallacas, y las conversaciones incómodas pero auténticas con el primo que no ves desde hace meses. La música, nuestro refugio por excelencia, reflejó este estado. Los géneros se mezclaron sin complejos.
La Navidad del 2025 llega, por tanto, con un sabor agridulce. Miramos atrás y vemos un año de adaptación constante, de aprender a filtrar el ruido infinito de información, de defender nuestra salud mental y de encontrar nuestro lugar entre el mundo virtual y el tangible.
Esta Navidad, deseo pasar tiempo de calidad con mi familia y amigos, tiempo sin notificaciones, tiempo para ser simplemente nosotros, sin filtros y sin expectativas.
Por un 2025 que nos hizo más resilientes, más conscientes y, curiosamente, más humanos en un mundo digital. Y por un 2026 en el que podamos seguir construyendo, planificando proyectos, y desde nuestra perspectiva única, un futuro donde la tecnología nos una y no nos aísle.
Feliz navidad y próspero 2026.
Marco Antonio Sosa Villamizar
Estudiante de 3er año de bachillerato
Colegio Micaeliano-Mérida
21-12-2025 (132)



