Recién salido del horno, el esponjoso pan reposaba sobre las bandejas del supermercado Yerevan City, listo para llevar. El desayuno de ese último día en el Cáucaso sería muy emotivo; por eso, el viajero tomó dos matnakash y se dispuso a elegir zumo de albaricoque, mantequilla, huevos, salami y mermelada de cereza. La selección fue difícil porque todas las etiquetas estaban en ruso y armenio; al final, optó en función de los precios.
Pagar fue sencillo: solo tuvo que hacer coincidir la cifra de la máquina registradora con la de los billetes en su monedero; para eso no necesitaba intérpretes.
La distancia hasta el hostal era de seis cuadras, cerca de la iglesia de Santa María, sobre la calle Armenak Armenakyan. El irresistible aroma del matnakash invitaba a pellizcarlo y comerlo; finalmente sobrevivieron uno completo y una cuarta parte del segundo.
La mañana estaba muy fresca, el cielo despejado y azul, dejando entrever el Monte Ararat en el horizonte. Se erguía desafiante, como deseando alcanzar el techo del firmamento con su cima nevada. Una estampa imponente de la naturaleza que se lograba captar desde el jardín del hostal.
El recorrido hasta el centro histórico fue muy ameno, pues permitió sentir y disfrutar parte de las vivencias cotidianas que definen la identidad armenia, su arraigo por una milenaria cultura que, en las primeras décadas del siglo XX, padeció el acoso y persecución de enemigos vecinos que actuaron con violencia desmedida para arrasarla.
Entre las calles Aram y Buzand está el mercado de Vernissage, un espacio abierto que reúne hábiles artesanos no solo en el oficio de elaborar elementos utilitarios y decorativos, sino también en convencer a los visitantes de adquirir, por precios solidarios, un recuerdo genuino de la cultura armenia.
Restaurantes tradicionales, amplias caminerías, áreas verdes y esculturas al aire libre le otorgan un aire solemne. Es lugar de encuentro de familias, artistas y visitantes que buscan la autenticidad de un pueblo milenario entre avenidas y modernas edificaciones que pretenden situar a Yerevan entre las ciudades más cosmopolitas de la región.
Faltaba poco para las siete de la noche; la gente se dirigía presurosa a la Plaza de la República para contemplar las fuentes de agua y su movimiento sincronizado al compás de vistosas luces y melodías que incluyen música tradicional armenia, pasando por lo clásico, el jazz y hasta el pop moderno.
El agua salta al aire acompasadamente, dibujando sinuosas formas y transformándose en rocío antes de tocar el suelo. Los niños corren por doquier, buscando capturar las esporádicas figuras y atesorarlas en sus memorias.
Los más afectados por el calor del verano armenio sacian su sed en unas hermosas y bien decoradas fuentes públicas conocidas como pulpulaks, haciendo referencia a la onomatopeya del agua al brotar.
Estos pequeños monumentos, erigidos con piedra volcánica, tienen un origen mucho más profundo y emotivo que el simple hecho de ofrecer agua fresca de manantial.
Su sentido surge como consecuencia de las caravanas de exterminio a las cuales sometieron a miles de armenios en la segunda década del siglo XX. La mayoría sucumbió por inanición y sed en desiertos como el de Deir ez-Zor, al norte de Siria.
Muchos años después de estos trágicos acontecimientos, los armenios homenajean a sus antepasados estableciendo cientos de pulpulaks a lo largo del país, con la convicción de que, hasta el fin de los tiempos, no falte el agua a quien desee calmar su sed. Una forma de solidaridad que trasciende los valores del hombre y que merece ser emulado por doquier.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
04 de agosto del 2026



