Al anochecer del día de la resurrección

(Juan 20, 19-23)

El versículo asumido como epígrafe de esta reflexión del día de Pentecostés, funciona como un complemento circunstancial de tiempo complejo; por ende, con esta caracterización lingüística comprendemos que no se trata de cualquier día, sino de ese día distinguido por un evento histórico/teológico único. Esto es, el versículo contextualiza el instante preciso en que la oscuridad natural (el anochecer = la noche física) confluye con el despertar espiritual de la Iglesia (día de la resurrección).

Este “despertar espiritual de la Iglesia” tiene una explicación en la 1ª lectura (Hch 2, 1-11): Cristo resucitado a través del Espíritu Santo, no destruye los idiomas de cada pueblo ni tampoco obliga a asumir una lengua cósmica uniforme; al contrario, nos otorga la capacidad de entendernos en la diversidad. Por lo tanto, la Iglesia inspirada en su misión por “quien procede del Padre y del Hijo”, y que en ella y con ella “recibe una misma adoración y gloria”, es ella el milagro de la comunión: de la unidad en la pluralidad.

Por eso, hoy, día de Pentecostés, día de los seminarios de formación sacerdotal en Venezuela, Cristo resucitado asciende al cielo para podernos enviar el Don. Así, conocemos y creemos la revelación absoluta de la Trinidad en la historia: el Padre afirma, el Hijo confecciona y el Espíritu Santo acentúa y santifica.

Sin duda, Pentecostés esclarece que la verdad del Logos, del Evangelio de Cristo, se traduce a cualquier cultura, porque la unidad enfatizada por el Espíritu ya no requiere uniformidades.

No olvidemos que después de la frase, “al anochecer del día de la resurrección”, Jesús comunica tranquilidad cuando en dos ocasiones, especificadas en el evangelio de este domingo, subraya: “la paz esté con ustedes” (Eirēnē hymin). Es ella una realidad que robustece la confianza, impele a vencer la agorafobia, el instinto de autopreservación; nos contagia de la parresía, —término griego con el cual se indica la “audacia”—, es decir, la audacia provocada por el Espíritu para hablar con valentía y libertad. Y en base a la cual, según la locución con que inicia y concluye el Salmo 103, Bereji nafshi et-adonai, “bendice, alma mía, a YHWH”, nos arrodillamos, adoramos y reconocemos el valor supremo del “absolutamente absoluto” (X. Zubiri), es decir, de Dios.

La Trinidad a través de la Iglesia nos convoca a sanar la amnesia del bienestar (del olvido de lo bueno), pues en verdad el bien obrado por ella siempre nos evoca su compañía en la vulnerabilidad, en variadas ocasiones rudamente estremecida.

Al señorío de Jesús, del Kyrios como traducción griega del nombre sagrado de Dios YHWH, no le tributamos un éxtasis incomprensible, sino una profunda y honesta confesión de fe en una triada de unidad divina: el mismo Espíritu (Pneuma), el mismo Señor (Kyrios), el mismo Dios (Theos). Esto nos conduce a no privilegiar éxtasis individuales, ni grupales, al modo de trances y frenesí, (cf. 2ª lectura 1 Cor 12, 3-7. 12-13), porque corremos el riesgo de forjar aristocracias espirituales basadas en quién tiene el don más rimbombante.

Es muy distinto el narcisismo comunitario a la edificación de la identidad de la comunión. Al respecto, conviene clamar la manifestación del Espíritu para el bien común, la cual descentraliza el ego y mueve hacia el Nosotros. Cierto, no pedimos el Don para inflar el yo, sino para contribuir a la construcción de la comunidad. Y en ella, sin duda, recibimos terapia contra el narcisismo, y aprendemos aún más a dignificar a los marginados.

Jesús, relata Juan, se aparece al anochecer del día de la resurrección, y los suyos lo reconocen no como un fantasma, un espíritu incorpóreo, o una idea abstracta; en efecto, “les mostró las manos y el costado”, para resaltarles que tales heridas, antes signos de holocausto y ruina física, quedan transformadas en avales de identidad y germen de vida; “por sus heridas fuimos sanados” (Is 53, 5; 1 Pe 2, 24).

En conclusión, el hombre está trazado para que contenga y en él more lo divino; de este modo, con razón en el himno Vieni Creator Spiritus, encontramos y en profundidad cantamos esta expresión:

Imple superna gratia, quae tu creasti pectora

Llena con la gracia celestial los pechos que tú creaste.

24-05-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com