Al otro lado del puente

Por: Germán Rodríguez Bustamante…

Existen películas, novelas e historias cortas que recrean las vivencias de personajes que, por circunstancias particulares utilizan un puente para transitar su vida, para aislarse de ella o para construir un mundo de fantasía. Para otros el puente es el obstáculo que debe superarse para conseguir una vida mejor. Los padecimientos vividos por los venezolanos en estos años infortunados de revolución bolivariana, los obligan a pensar en cruzar el puente para buscar la libertad que se les niega en su país. La figura del puente es una metáfora que engloba las adversidades, peligros y restricciones que deben asumir para buscar condiciones de vida tolerables.

La conjetura de futuro en la Venezuela actual es difícil de especular, cuantificar, modelar, teorizar y anticipar por variables que eliminan cualquier esperanza. A pesar de que nunca podrá ser pronosticada con exactitud, las expectativas son tan negativas que los ciudadanos prefieren asumir los riesgos del puente, por más elevados que puedan ser. Para Camron Wright el Golden Gate es el puente que recrea su novela, para los venezolanos son Tienditas, el Simón Bolívar, el Darién, el Rio Bravo y cualquier obstáculo que limite su tránsito hacia su liberación. La otrora nación de esperanza y futuro fue convertida en un campo de concentración para distribuir miseria colectiva. Los ciudadanos han soportado un colapso económico y social, que sin duda alguna seguirá empeorando. Si alguien se hubiese propuesto destruir al país, no podría haberlo hecho de manera más eficiente que como lo hizo Chávez y el heredero de su elección, Maduro, quien ha seguido las mismas políticas amargas, llevando al país al colapso total.

No se trata de buscar un elegido que pueda ver el futuro, es esencial contar con un gobernante que tenga idea clara del camino que los venezolanos desean como nación y establecer los consensos necesarios, para construir una visión compartida. La metáfora del puente debe desaparecer para convertirse en un elemento de conexión entre países, que tiene un intercambio fluido en ambas vías con retornos programados derivados de las propias actividades. De acuerdo a cifras de ACNUR para octubre de 2.022, hay más de 7,1 millones de personas refugiadas y migrantes de Venezuela en todo el mundo. Cifras oficiales reportadas por los países de acogida y recopiladas por la Plataforma R4V.

Muchas de las personas venezolanas que no cuentan con documentación, medios de vida o perspectivas de integración local, recurren a movimientos secundarios hacia nuevos países de acogida, con la esperanza de un futuro seguro y sostenible. Para alcanzarlo, a menudo ponen sus vidas en riesgo a través de rutas irregulares extremadamente peligrosas. Como la metáfora, los puentes en muchas oportunidades son insalvables y se convierten en tumbas de tránsito.  El sueño del otro lado del puente se transforma en pesadilla. Por ejemplo, los salarios extremadamente bajos dificultan aún más su capacidad para mantenerse a sí mismos y a sus familias, en los países en los cuales se encuentran. En Ecuador, el 86% de las personas venezolanas indican no tener ingresos suficientes para satisfacer sus necesidades básicas, mientras que, en Chile, el 13% de los venezolanos vive por debajo del umbral de pobreza.

El espejismo de comodidad y progreso del otro lado del puente es una realidad dura, cruel y en algunos casos peor a la vivida en Venezuela. No todos tienen padecimientos y sufrimientos tan rudos, pero los que logran superarse y conseguir condiciones laborales y sociales mejores, tienen su fundamento en su capacidad intelectual y profesional. Lamentablemente la última ola de migrantes venezolanos, llegaron sin capacidades profesionales, lo que afecto su incorporación inmediata a la fuerza laboral de los países receptores. Adicional el acelerado aumento del costo de la vida, el impacto prolongado de la emergencia por la COVID-19, y las altas tasas de desempleo han exacerbado la vulnerabilidad de las personas refugiadas y migrantes de Venezuela, lo cual ha dificultado para muchas de ellas el proceso de integración y reconstrucción de sus vidas en las comunidades de acogida a lo largo de América Latina y el Caribe.

A pesar del gran esfuerzo y de la solidaridad demostrada por las sociedades receptoras, el apoyo logrado ha sido insuficiente para atender en toda su dimensión la crisis migratoria venezolana en la región. Es necesario el aumento de los apoyos para garantizar que sigan llegando a las personas más vulnerables con apoyo humanitario, de protección y de integración. Los refugiados venezolanos y sus comunidades de acogida necesitan financiación, no simpatía. La esperanza y futuro al otro lado es una dolorosa y brutal realidad que, golpea con fuerza la comunidad internacional, sin embargo, falta mucho por hacer.

No existe duda alguna sobre los culpables de la tragedia que padecen los venezolanos, es el régimen imperante en el país quien con sus políticas obliga a los ciudadanos a huir. Nadie emigra por paseo y turismo, son las condiciones internas que mandan para que la gente decida salir y asumir riesgos tan extremos. La condena a los responsables es un camino que debe mantenerse, con las investigaciones en curso en la CPI y otras instancias internacionales. Mientras, la integración debe ser ágil y exitosa, para que los migrantes puedan desplegar todas sus capacidades y más rápido podrán las sociedades de acogida cosechar los beneficios potenciales que los fenómenos de migración traen consigo, tal y como ha sido demostrado en múltiples estudios. Si no se realizan inversiones para que ello ocurra, por el contrario, muchos migrantes continuarán requiriendo la asistencia y ayuda de esas sociedades. Los venezolanos deben luchar para lograr un cambio político, que genere una noción de futuro para todos.       

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