Al otro lado del puente: Al servicio del status quo

Por: Anderson Medina…

Cada vez que me refiero a la democracia venezolana, hablo de una democracia tropical, a veces en tono jocoso, otras con la firme intención de intentar comprender esa nuestra versión de democracia y así aventurarme a entender lo que nos ha traído por los derroteros en los que andamos. Sin embargo, un amigo (politólogo) me señaló un error de enfoque en ese mi ánimo de comprensión. La democracia es una, un sistema político donde el pueblo es el que manda. Es hacia el uso que la sociedad civil y la sociedad política den a ese sistema político en su contexto (histórico, social, económico) y lo que tal contexto permita hacer, donde deberían enfocarse los intentos por comprender nuestra situación-país. Sutil diferencia en el enfoque, pero que quizá pueda rendir mejores resultados. Es decir, podemos acordar que pensar en una democracia tropical a la venezolana (contrastada con una democracia tropical a la panameña o a la ecuatoriana y así), concibiendo algo como democracia tropical, es distinto a pensar en cómo la sociedad civil y la sociedad política venezolana (panameña, ecuatoriana, etc.) han construido su institucionalidad democrática en un recorrido único como nación. Claro que como países de una misma región tendremos puntos en común respecto a historia y herencia cultural, pero cada recorrido histórico ha dado como resultado una serie de naciones (hermanas) distintas, con sus instituciones y el sello particular de cada una en su hacer y ser democrático.

Aquí pueden incluirse entonces lecturas más adecuadas de esta brisa o tormenta política por la que gran parte de Latinoamérica va pasando este año, sin caer en la tentación de simplificar nuestro entendimiento a través de discursos impuestos en torno a derechas o izquierdas que, argumento, son más bien construcciones mágico-religiosas al representar al contrincante como el mal y a sí mismo como el bien. Esa representación dicotómica en pleno siglo XXI funciona más para entretenimiento y manipulación de masas que para dejar que el pueblo pueda efectivamente ejercer el mandato supuesto en los sistemas democráticos contemporáneos. 

Un ejemplo venezolano lo vimos en 2006 ante la ONU (en un discurso recordado por su referencia al azufre), cuando Chávez acusaba al imperialismo de querer imponernos “la democracia de las élites” a través de “bombardeos y guerras”. Una vez más, presentaba al imperio como la manifestación del mal y a todo el que se le opusiera como un agente del bien, él, por supuesto, incluido entre estos últimos.

Esa retórica maniqueísta logró anclarse en la tradición judeocristiana donde el bien siempre triunfa sobre el mal y donde somos todos invitados a participar en esta, la más justa de las causas por la supervivencia. En tal sentido, ha sido una retórica muy provechosa para las élites de la sociedad política (no solo en Venezuela) en su mantener el status quo del que participan ya sea como gobiernos en funciones o como fuerzas de oposición. Cuestionar la insistencia en esa retórica puede ser un paso hacia la tarea de comprender lo que la sociedad política hace para su subsistencia en sistemas democráticos que en muchos de los casos latinoamericanos han sido acaparados por esa sociedad política, desorientando y relegando a la sociedad civil, la que lleva demasiado tiempo sirviendo como carne de cañón al servicio del status quo.

Dr. Anderzon Medina Roa

Profesor ASOCIADO. Universidad de Los Andes

@medina_anderzon