Por Anderzon Medina Roa…
En el texto anterior se esboza la idea del paternalismo estatal y caudillismo moderno como nociones existentes en la sociedad y política venezolanas previo al ascenso del socialismo del s. XXI, las que se constituyen en fallas estructurales de nuestro experimento democrático que sirvieron como nichos para esta propuesta política. Esto, argumentaré aquí, enmarcado en un sistema presidencialista y con la premisa de que somos un país rico, ambos constructos íntimamente relacionados con la figura del caudillo y con un estado paternalista.
La noción de que somos un país rico podemos relacionarla con la era petrolera de la Venezuela contemporánea, pues si bien es cierto que el nacimiento de esta industria venezolana se da a inicios del s. XX, las inhóspitas condiciones para la explotación de este recurso obligaron a gobiernos de la época a ofrecer garantías muy favorables a las industrias internacionales que contaban con los recursos para llevar a cabo la explotación. Esto generaba una renta mayor para las transnacionales de lo que podía percibir el país como resultado de las concesiones, condiciones que fueron cambiando a lo largo del s. XX hasta la nacionalización de la industria en la década de los 70s. Aun así, durante esos años, el país fue concentrándose solo en la producción de este bien que generaba rentas suficientes para mantener un gasto sostenido y por lo tanto se fue descuidando la inversión y fortalecimiento de otras industrias (la agraria incluida), convirtiéndonos de esta manera en un país monoproductor, que depende de las rentas que esta única industria pudiera generar.
Al ser el Estado el administrador de los recursos generados por el petróleo, este se fue fortaleciendo y creciendo a medida que la renta petrolera iba aumentando y sosteniéndose en el tiempo; lo que implicó un debilitamiento de la industria privada, por una parte, pero por la otra, también generó la falacia del país rico en el imaginario colectivo, donde el ciudadano común se fue convenciendo, a través de políticas populistas, de que al vivir en un país rico, sus obligaciones para con el bienestar común eran asumidas por un estado paternalista que contaba con una renta suficiente para satisfacer sus necesidades.
Como las leyes del mercado lo muestran, esta no es una situación sostenible en el tiempo y producto de dinámicas del capitalismo y la economía global, la fluctuación de los precios de ese nuestro mayor producto de exportación, aunado a políticas populistas y carentes de planificación durante los 70’s y 80’s, sumen al país en una debacle económica que primero genera una crisis social que luego vendrá a configurarse como un modus vivendi de la venezolanidad. Este nuevo modus vivendi comienza a generarse desde la abundancia en la que vivimos como país durante el último lustro de los 70’s, la que se ve dramáticamente afectada con los sucesos que llevaron al viernes negro a principios de los 80’s.
El presidencialismo, por otra parte, como sistema de organización de la normativa e institucionalidad de un país, presenta en América Latina visos particulares. La figura del presidente se ha convertido en centro de poder político, acumulando además un poder simbólico de la integración nacional, lo cual ejerce a través de lineamientos que orientan el desarrollo de políticas nacionales e internacionales desde una perspectiva que no en pocas ocasiones ha desembocado en ejercicios autoritarios que podemos fácilmente identificar con la figura de un caudillo moderno a la cabeza de un estado paternalista.
Venezuela, por supuesto, es un claro ejemplo de esto. Y es que, al dar una mirada rápida a nuestra historia republicana, podemos aventurarnos a decir que el período que va desde 1958 a 1998 constituye unapausa en una historia de líderes con origen mayormente militar, de carácter autoritario, con perfiles a quienes el sistema presidencialista se desarrolla naturalmente en la figura del paternalismo estatal. Como sistema de organización política, el presidencialismo permite en el imaginario colectivo la necesidad y búsqueda de un individuo capaz de solucionar los problemas del país. Desde mediados de los 80’s, el ciudadano venezolano de a pie, pedía ese hombre capaz de materializar el país rico en el que vivíamos, quizá alguien que pudiera regresarnos a la abundancia de mediados de los 70’s. Esa petición trata de personalizarla la gente con la elección de Carlos Andrés Pérez para un segundo período presidencial. No obstante, un estallido social, dos intentonas de golpe de estado y un juicio terminan de manera adelantada ese segundo mandato. La elección de Caldera podría verse como la búsqueda de un hombre inteligente y capaz para cumplir el anhelo de una nación que a principios de los 90’s sufría los embates de una crisis gestada a lo largo de los 80’s. Sin embargo, su elección mostró la crisis de partidos políticos y del sistema democrático que quedaría patentada en la elección de Chávez en el ‘98: el hombre fuerte que hacía años pedía el pueblo para que tomara las riendas del país. Solo 40 años después del experimento democrático, por decisión de mayorías, volvimos a un militar en la presidencia.
En esos 40 años pasamos de la abundancia a la escasez, del ‘ta barato dame dos”al “es que los políticos son así, no importa que roben si ayudan al pueblo, que al menos dejen el hueso para roer, no hay político honesto” entre muchas otras expresiones cotidianas que dan cuenta no de resiliencia, sino de resignación ante una realidad histórica que nos supera. Estas prácticas discursivas son la expresión de prácticas sociales que hemos naturalizado, corrupción, ineficiencia en la administración de la cosa pública, retardos procesales, individuos intocables por el sistema judicial, impunidad. Más aún, en veinte años, prácticas sociales de promoción de la violencia e impunidad en cada aspecto del sistema social (falta de alimentos, falta de medicinas, inoperancia de los sistemas de generación y distribución de servicios básicos, deconstrucción del trabajo como medio de sustento y dignificación, ataque y persecución a la disidencia) nos llevan a esa suerte de resignación en la que discursivamente lidiamos con esa nueva realidad, esperando a que algo ocurra.
Tanto la falacia de que somos un país rico, como nuestra versión del presidencialismo son en sí mismas parte de esa construcción de nuestra democracia que sirvieron de puntos de anclaje para que el socialismo del s XXI se afianzara y generara los cambios que ha logrado hacer en nuestra sociedad. La riqueza (falaz) y el presidencialismo a la venezolana son dos prácticas sociales más que se reflejan en el discurso diario, compendios de sentidos con los que construimos nuestra realidad.
Dr. Anderzon Medina Roa
Profesor ASOCIADO. Universidad de Los Andes
@medina_anderzon




