Al otro lado del puente: Carpe diem

Por: Anderzon Medina Roa…

En un foro sobre pensamiento latinoamericano, por allá a finales del siglo pasado, el pensador José Manuel Briceño Guerrero respondía a una pregunta que abordaba la idea de vivir cada día como si fuera el último y decía que era extraño que negáramos nuestra naturaleza, nuestra capacidad de pensar, de saber de dónde veníamos y poder decidir hacia dónde iríamos. Vivir cada día como si fuera el último se ha convertido en una suerte de lema en el mundo contemporáneo, su alcance maximizado en este mundo de las redes sociales, del aferrarse a una eterna juventud, buscar nuestra versión de vivir a plenitud el día sin pensar en el mañana, sin importar las circunstancias. Algo que se ve una y otra vez en uno y otro post de redes sociales y que repetido mil veces podría haberse convertido en una verdad circunstancial para masas de personas que no han cuestionado ese modo de andar que niega parte de la esencia humana.

Podemos pensar que esta idea constituye una ilusión derivada del mal entendimiento de la locución Carpe diem, tomada fuera de contexto y adaptada a una forma de asumir el día a día bajo la ilusión de dejar a un lado las preocupaciones por las consecuencias de las acciones diarias. Me parece que Horacio (poeta griego de quien deriva la locución) no estaría de acuerdo con esa desconectada e ingenua versión contemporánea en la que la responsabilidad de nuestros actos se las dejamos al destino o a cualquier entidad que construyamos como superior en nuestras vidas. Por el contrario, en contexto, carpe diem quam mínimum crédula postero no solo dice aprovecha el día, sino que le añade confía poco en el mañana, el futuro, porque al ser desconocido demanda que hagamos todo lo que podamos hoy para asegurar un mejor futuro, un mejor mañana. Es parte de la naturaleza humana, pensar, comprender, preparar, hacer.

La pandemia a la que nos enfrentamos (llámese COVID-19 o Virus chino), como especie, nos ha alcanzado a todos y ha perturbado esa forma temeraria de vivir que hemos adoptado al menos en occidente, nos sitúa en un estado de indefensión en el que lo más que se nos pide es cuidarnos a nosotros mismos, quedarnos en casa, prestar atención a las precauciones necesarias para no exponernos y arriesgarnos a contraer el virus, uno del que se sabe muy poco, y no convertirnos en el vector que infecte a nuestros bienamados. Sin embargo, en ese ánimo (generacional, espero) de vivir cada día como si fuera el último veo no con poco asombro que es difícil para millones de personas alrededor del mundo hacer algo tan simple como quedarse en casa. Las consecuencias de no prestar atención al distanciamiento social recomendado las vemos en Italia, en España, comenzamos a verlas en zonas de Estados Unidos donde esa forma temeraria de vivir como si fuéramos inmortales se patentiza en masas de personas que no parecen estar conscientes de su propia humanidad y de lo que esto significa.

Seamos, en esta pequeña esquina del globo, al norte del sur, ejemplo de estar conscientes de nuestra propia humanidad y consciencia de nuestra finitud como individuos. Total, tenemos años de entrenamiento en crisis, y por paradójico que parezca, en este momento nos es útil para seguir un día a la vez, procurando siempre un mañana.

23-03-2020