Por: Anderzon Medina…
A través del deterioro de los derechos políticos y civiles, la desarticulación del “yo ciudadano” ha sido sistemática en los últimos cuatro lustros, en una república que, a través de dos siglos de esfuerzos, aún estaba en la búsqueda de ciudadanos más allá de las leyes escritas e históricamente adaptadas, desde ese marco moderno y progresista en el que fueron concebidas, a las realidades pre-modernas de la sociedad e individuos que no habían logrado apropiarse de ellas, entenderlas y aplicarlas igual para sí y para sus “conciudadanos”. Así, la construcción de ciudadanía es una tarea pendiente que al pensarla hoy como “re-construcción” quizá olvidemos precisamente eso: que ya era una tarea en proceso, una que no se detiene.
Esta es una aclaratoria que pueda resultar útil en aquello de no repetir errores cometidos. Puesto que, tanto como individuos y como sociedad, desarrollamos cotidianidades a las que nos habituamos y en las que naturalizamos formas de andar y de concebir el mundo. Pensemos por un momento en nuestra personal concepción de corrupción. Ahora consideremos esa concepción respecto a la historia contemporánea venezolana. Allí podremos ver, me aventuro a decir, una primera reacción de rechazo seguida de una sutil o desesperanzada justificación de que “los políticos son así”, la comparación del ahora con el antes, estableciendo (según se vea el mundo) mejores y peores. Luego podríamos comenzar a recriminar, justificar, buscar entender y hasta encontrar algún culpable histórico o genético del porqué de la corrupción en nuestro país, incluso extendiéndola a países vecinos, que pueden padecer de males similares.
La naturalización de conductas y fenómenos que van en detrimento de los derechos y deberes políticos y civiles a todo nivel en el día a día es una de las cosas por desaprender como nación y como individuos. Estas han sido un obstáculo histórico que hace que reaccionemos de una manera en particular (aprendida y fomentada) frente a dichos fenómenos y conductas, insisto, a todo nivel. Ejemplo cotidiano hoy es hacer “la cola de la gasolina”, en la que, si solo tardamos medio día, agradecemos no haber tenido que pasar todo el día en eso; si pasamos el día, agradecemos no haber tenido que dedicar uno, dos, tres, cinco días para repostar. En menos de un año, vamos camino a naturalizar esa nueva normalidad. En términos sociales, podemos compararnos a nosotros mismos hace quince años cuando en Mérida repostar tomaba 5 minutos y si veíamos tres carros en cola íbamos a la estación de servicio siguiente, aún cuando en Táchira (aquí al lado), el mismo proceso se parecía mucho a lo que tenemos hoy aquí. Algo que comprendíamos por aquello del contrabando de extracción, que era natural en la zona, que siempre había sido así. Naturalizábamos entonces, como ahora, una conducta y un fenómeno que va en detrimento de nuestro proceso de reconstrucción de una ciudadanía que ha sido sistemáticamente desarticulada. Podemos pensar en más ejemplos cotidianos que pueden leerse de manera similar y que de la misma nos afectan la vida, transformándola y transformándonos. Es por ello que se habla de desaprender, de buscar maneras de reconstruirnos como sociedad, de rescatar y promover valores ciudadanos (los democráticos dentro de estos), de dar pasos en dirección a este cambio necesario, desde abajo, ya que desde arriba ha quedado claro que no ha sido posible.
Dr. Anderzon Medina Roa
Prof. ASOCIADO de la Universidad de Los Andes
@medina_anderzon




