Al otro lado del puente: Efectos de la pandemia en la Educación

Por: Anderzon Medina Roa…

A más de cuatro meses de declarada la cuarentena por COVID-19, se hace patente el cambio inevitable del mundo y nuestra manera de ser en él. Las economías han sufrido duro golpe y no pocos gobiernos han atenuado su posición respecto al número de contagios, decesos y volatilidad del virus, cediendo ante la mayor preocupación del colapso económico y consecuente colapso social.

La pandemia no ha hecho sino profundizar las diferencias entre los que tienen más y los que tienen menos recursos para afrontarla. Sean países enteros o individuos, si no se cuenta con los recursos suficientes, sobrevivir estos meses ha sido oneroso, y ante la certeza de que nada volverá a la normalidad pre-pandemia, el futuro podría verse como desolador. Sin embargo, en nuestras manos está que la idea de tiempos mejores no se quede en la nostalgia y se apunte más en la esperanza.

De esos recursos históricamente distribuidos diferencialmente que se han hecho más evidentes este año, la educación merece constante reflexión y evaluación. La siempre incumplida promesa global de educación para todos ha quedado corta en su tarea de asegurar el único camino de escape de la pobreza (mental y material) y con la inmensa mayoría de las escuelas y demás centros educativos cerrados a nivel global, tal promesa se convierte en una vana idea que solo se pueden permitir algunos privilegiados (países y personas).

Este fin de semana leía un artículo en The Economist sobre los costos de mantener las escuelas cerradas en tiempos de esta pandemia. Allí, se apunta al hecho de que el cierre de escuelas ha generado costos desde diversas perspectivas. En este respecto, es útil considerar que el repentino salto en el cambio de modalidad no dio espacio para adaptarse al aprendizaje a distancia, una modalidad distinta, explorada y empleada por pocos, tangencialmente, y que de un día para otro se convirtió en la forma de aprender.

Un primer efecto de esto es que los estudiantes aprenden menos y pierden hábitos de aprendizaje. Por otra parte, si ese aprendizaje a distancia se hace mayormente en línea, las diferencias en posibilidades de acceso a las clases han implicado que algunos (países, estudiantes, profesores) tengan mayor acceso que otros, profundizando las diferencias entre los que tienen los recursos materiales suficientes y los que no. Además, padres con mejor educación están preparados para ayudar a sus hijos en el aprendizaje desde casa, lo que acentúa otra brecha respecto a aquellos que no, generando consecuencias negativas para el proceso de aprendizaje de los segundos, afectando cualquier posibilidad de escalaje social, lo que irá en detrimento del tejido social y de la sociedad como un todo.

También se apunta a la posición desventajosa de las madres, cuya carga se incrementa con el aprendizaje de sus hijos desde casa. Un resultado de esto es retraso en sus vidas profesionales y laborales, lo que puede estar deshaciendo avances respecto al rol de la mujer en el mundo más allá del de madre cuidadora. Esto implicaría pérdidas de espacios ganados con mucho esfuerzo y a no pocos costos a lo largo de más de un siglo de luchas y reclamos por reivindicaciones. Esto no solo afectaría a los activistas, a aquellos que ven el mundo entre mayorías y minorías, ni a los que usan a unos y otros como excusas para sus retóricas de populismos identitarios, sino a la sociedad en general. Retroceder en este particular podría amenazar con desarticular la figura de la mujer capaz más allá del hogar y la maternidad, con lo que podría peligrar logros respecto a la distribución tradicional de roles que han logrado, si bien tímidamente aún, cuestionar y desdibujar diferencias socioculturales entre lo masculino y lo femenino. Estaríamos dando un gran salto atrás.

En el artículo de The Economist, se lee que “la educación es el sendero más seguro para salir de la pobreza; negársela a los niños los condena a vidas más cortas, más pobres menos significativas”, los hace más vulnerables al abuso, a una salud mental pobre, a la malnutrición y por lo tanto a una salud física pobre. A casi cinco meses de convivir con este virus y con la expectativa de una vacuna distribuible muy lejos en el calendario, la necesidad de encontrar formas viables de hacer algo mejor de lo que hemos hecho respecto a la educación es patente. La reactivación de los centros educativos a la manera en que funcionaban a principios de este año no es viable, sin embargo, los costos personales y sociales de mantener el aprendizaje a distancia tal como lo hemos improvisado estos meses, ha mostrado que tampoco lo es. La situación reclama trabajo en conjunto para actuar para el futuro colectivo y no reaccionar para el presente individual.

Prof. ASOCIADO de la Universidad de Los Andes

@medina_anderzon