Al otro lado del puente: ¿La experiencia como beneficio?

Dr. Anderzon Medina Roa Profesor Asociado. ULA-Venezuela

Por Anderzon Medina Roa…

Sabemos que las realidades son complejas y heterogéneas, y las nuestras no son la excepción. Por ejemplo, como resultado de la propuesta y acciones sociales, políticas y económicas del socialismo del s. XXI, el venezolano de hoy es muy distinto en esos tres ámbitos a lo que éramos hace 20 años como sociedad. En tal sentido, hoy vemos con ojos y argumentos muy distintos las protestas en Ecuador, Chile y Colombia, en las que vemos discursos de reivindicación entre las masas que protestan que parecen un viaje en el tiempo, pues reconocemos los reclamos, las consignas, las voces y nos sorprendemos al darnos cuenta de que es aquello que pedíamos a gritos hace dos décadas. Justicia social, reivindicaciones laborales, igualdad de oportunidades, respeto a ser lo que somos sin que esto implique una serie de limitaciones dentro del sistema social y legal. 

Como sociedad, como nación, hicimos la apuesta; iniciamos el recorrido bajo la convicción de que había que desmontar las instituciones corroídas para poder hacer borrón y cuenta nueva, solo así podríamos alcanzar la justicia social que exigían las mayorías. Sin embargo, el camino sería complejo y, con la historia a favor, a la vista está que es un andar de nunca acabar. Esto, para algunas generaciones venezolanas, implicó el violento abandono de esa ingenuidad política de hace veinte años.

En nuestros vecinos, no obstante, la complejidad de lo que esas reivindicaciones sociales implican parece escaparse del horizonte. Tal como nosotros hace veinte años, el reclamo (o la serie de reclamos) está tan anclado en la cabeza de cada individuo (no importa si la suma de todos los reclamos sea tan variada que pueda de hecho implicar que no hay un norte en común) que no parece haber problema en promover la deconstrucción del aparato institucional de la nación, dada la convicción de que el cambio, para que se de, debe hacerse desde la raíz. Aquí me retumba en la memoria la sentencia según la que “debemos ser radicales”, que complementa en gran medida el “o inventamos, o erramos”, es decir, cualquier cosa antes que reconocer la utilidad de algún aspecto del sistema que se quiere intervenir. Una posición que obvia lecciones aprendidas a lo largo del s. XX en las que comprendimos que como proceso cada cambio implica mantener aspectos base del sistema que quiere cambiarse, para que la transición de uno a otro sistema sea provechosa. 

Es decir, no podemos obviar que es la institucionalidad la que garantiza el funcionamiento de un estado, el éxito de una nación. Cualquier cambio que se quiera llevar a cabo deberá respetar esa institucionalidad y obviar romanticismos decimonónicos de un cambio ideal, cuasi mágico en el que todos alcanzan una comprensión sublime del mismo. Las instituciones, no obstante, las conforman y dirigen hombres y mujeres de una sociedad, pretender reemplazarlas sin prestar atención a los correctivos necesarios para asegurar el buen andar de los hombres y mujeres es una ingeniudad más. La experiencia nos lo mostró y frente a los movimientos sociales en los vecinos de la región me pregunto si esa experiencia puede entenderse como un beneficio.

Dr. Anderzon Medina Roa

Profesor ASOCIADO. Universidad de Los Andes

@medina_anderzon