Por: Anderzon Medina Roa…
Hace días escribí que soy parte de los millones de migrantes venezolanos, de esa extraña clase de migrante que sale con un plan de retorno, esperando a que algo pase y que entonces se active el plan de regreso a nuestra tierra prometida. Como un todo, andamos por los caminos del mundo sin la intención de desconectarnos de la actualidad política y social de nuestro país, mantenemos el vínculo vivo (¿cómo no?) y nos aventuramos a opinar y andar en redes sociales o incluso en espacios públicos de los países que nos reciben expresando nuestra opinión sobre lo que ocurre en Venezuela, lo que consideramos es necesario para dar el gran paso hacia adelante, pedimos ayuda a los países amigos y hasta nos atrevemos a exigir tal ayuda en aras de un bien mayor, para Venezuela (por ende para todos los venezolanos) y para la región.
La masiva migración venezolana representa un reto de magnitudes colosales para comprenderlo y para abordarlo. Hace días también escribí que el venezolano fue bueno para recibir migrantes y que ahora le correspondía aprender a ser migrante, también dije que, en mi opinión, el colombiano (el latinoamericano en general, diría hoy) no sabe cómo recibir a ese tipo de migrante que somos, y recibirlo en los números que les ha correspondido hacerlo es siempre un reto, sino que también y en no pocas ocasiones se presenta como un problema.
Aunque muchos aún mantienen su pie de lucha y su frente en alto de aquel lado del puente, somos muchos los que decidimos iniciar un viaje hacia este figurativo lado del puente. Y en tal sentido, somos una masa de personas desplazada por la violencia institucionalizada y sistematizada: economía, represión, falta de alimentos, medicinas, servicios básicos y un largo etcétera forman un sistema hecho para purgar al país de los inconformes. En este sentido, generalizo (y lo hago para apoyar un argumento) y me aventuro a decir que esa masa que camina por Latinoamérica tiene entre sus deseos regresar a Venezuela una vez se dé el quiebre político esperado; de allí su fuerza para alzar la voz desde cualquier espacio que tenga a mano (virtual o no) y pedir (exigir) la ayuda internacional necesaria para salir del foso al que llegamos. Hay elementos en este desplazamiento que podría llevarnos a hablar de una diáspora venezolana, algo que me gustaría abordar en otra entrada.
No obstante, ese deseo puede también nublar la mirada frente al aquí y al ahora. Abierta o tímidamente, muchos de los coterráneos desplazados al sur de la América con quienes converso guardan ese deseo de volver y se incomodan cuando surge el tema de la adaptación. Por otro lado, aunque son menos, hay también quienes no se plantean un retorno inmediato: una gran minoría que ha logrado regularizar su condición migratoria, que ha logrado insertarse en el aparato laboral del país que les recibe y, por lo tanto, ha comenzado, conscientemente o no, su proceso de integración a esa otra cultura.
Me ocupa, sin embargo, la mayoría: si no quieres estar donde estás y aguardas regresar a donde sí quieres estar, la adaptación a la nueva cultura y la consecuente integración no parecen estar dentro de las prioridades. Sumemos a esto las dificultades propias de los países que les reciben: desigualdad social, desempleo, economías en eternas vías de desarrollo, transporte, vialidad, producción y suministro de alimentos, sistemas públicos de salud, entre otros. Es una mezcla peligrosa.
Tomemos el ejemplo de Colombia, donde se va construyendo la idea de que la migración venezolana afecta negativamente el mercado laboral en las ciudades que han recibido más migrantes, y donde se habla ya desde vocerías gubernamentales del sistema de salud público afectado por la decisión (solidaria) del país de atender el nacimiento de cada niño venezolano en territorio colombiano e inscribirlo dentro del sistema de salud pública, lo que, no obstante, representa costos milmillonarios al Estado colombiano.
Pero el panorama general que se alcanza a ver es que, más allá de los esfuerzos hechos por los gobiernos sudamericanos y por los organismos multilaterales a nivel regional para atender el mar de desplazados por un sistema caótico y nocivo, ese sistema sigue instaurado en Venezuela y aunque el mundo está seguro de que “llegará pronto a su fin”, ya nos hemos desplazado, instalado y cambiado con nuestra presencia las sociedades que nos han recibido. Mientras ese esperado fin llega, el camino que corresponde es el de la adaptación e integración de los migrantes. Más allá de los claros actos de solidaridad, porque no solo pareciera que la mayoría de los venezolanos guarda ese deseo de volver, sino que los nacionales de cada uno de estos países que nos recibe parecen estar convencidos también de que una vez se dé el cambio esperado en Venezuela, todos regresaremos. La verdad, nada apunta a que esto sea así, ni que sea un proceso rápido. La más grande migración que ha visto la región se ha dado por espacio de al menos 5 años, será ingenuo pensar que se deshará en unos meses, una vez se dé el cambio institucional, el cual aún no se da. Adaptación e integración a las ciudades, a los países, a las culturas, esto no es algo que pueda hacer la masa migrada sola, el que recibe ha de reconocer que aquí estamos y que estaremos un tiempo más.
Prof. Asociado de la Universidad de Los Andes
@medina_anderzon



