Por: Anderson Medina Roa…
Mucho se habla de que la pandemia por COVID-19 ha puesto al mundo en jaque y que implicará cambios en la manera en que vivimos, cambios que iniciaron con el aislamiento, rompiendo la frenética rutina impulsada por el tren del progreso que nos llevó a vivir en una ilusión. Una en la que corremos por el mundo (el inmediato o el global, da igual) sin saber mucho a dónde nos dirigimos o el porqué. Todo apunta a que este distanciamiento social se mantendrá, los países que fueron afectados primero por el virus van dando pasos, muy inseguros, hacia una nueva normalidad, empujados en gran medida por la necesidad de reactivar la máquina económica (el tren del progreso) sin la que, en esta nuestra contemporaneidad es imposible existir. Una normalidad que busca la vuelta a la vida laboral, más no a la vida social, como apuntó un presidente latinoamericano.
Pero, si esa normalidad nos devuelve al trabajo, pero no a los tan idealizados espacios de ocio (reuniones con amigos, comidas fuera de casa, tertulias improvisadas, ir a un café, salir de vacaciones, y así), ya no será tan normal. Esto, se me ocurre, será terrible para la industria de la hospitalidad, la primera que tendrá que reinventarse para no morir. Ya se ven noticias de iniciativas de restaurantes y cafés que dedican mayores esfuerzos a las entregas a domicilio (no solo comidas rápidas), y seguramente en lugar de las muchas imágenes de playas paradisíacas o misteriosas montañas alrededor del mundo, las publicidades de turismo nos ayuden a encontrar destinos en nuestra región, en nuestro país.
Todos los sectores son afectados, de hecho, porque es que somos humanos y, aunque haya algunos a los que les guste más que otros, somos seres gregarios, andar en grupos es parte de nuestra genética, tanto, que hasta nos inventamos lenguas para mediar esa interacción; tanto, que aprendemos las lenguas de otros grupos para interactuar con ellos. Al enfrentarnos con ese otro distinto, nos reconocemos en las diferencias, diferencias que también son culturales y que nos enseñan a entender que hay muchas formas de ver, comprender y representar el mundo. Así, esa nueva normalidad tendrá muchas versiones, de acuerdo a la realidad de cada país, de cada ciudad.
No obstante, hay también un campo de acción de esa nueva normalidad que no muestra nuestra mejor versión (como especie, digo). El aislamiento ha exacerbado sentimientos nacionalistas de parte de cierta clase de líderes políticos y de sus seguidores. En principio, tales actitudes estuvieron justificadas por el temor a la pandemia, luego podemos decir que se encuentran apoyadas en ese temor, y así se cierran filas para lo que podría ser un enmascarar sentimientos de rechazo a lo distinto. Consideremos que desde hace años sentimientos de este estilo han retomado impulso en la agenda política y electoral alrededor del mundo (pensemos por ejemplo en el resurgimiento de movimientos supremacistas, manifestaciones antinmigrantes cuyos sentimientos de base van ganando fuerza en espacios electorales incluso). También podrían estar enmascarando añejos intentos por mayores controles sobre poblaciones enteras, como puede inferirse de lo que describe el pensador surcoreano Byung-Chul Han. Así, la nueva normalidad podría ser una de control constante más eficiente, más expedito.
Así, nos dicen constantemente que la normalidad cambiará, así a futuro, cuando la verdad es que ya cambió. Seguimos en casa la mayor parte del tiempo, al salir, nos embarcamos en una rutina de protección y luego de desinfección al regresar a casa, los ingresos de las grandes mayorías se han visto afectados. Todo esto afecta los hábitos de consumo, el tipo de cosas que se compran, el ritmo con el que se compran, lo que a su vez afecta a los negocios que los producen, afectando a sus trabajadores quienes terminan despedidos, de vacaciones forzadas o con reducción en su salario porque el esfuerzo ha de ser de todos. Sin ese ritmo frenético de producción y consumo, esta versión de contemporaneidad no es viable, esta visión del tren del progreso se queda sin impulso. Y parece que la nueva normalidad que se apuran a anunciarnos, esa que busca el retorno a la labor (modificándola) más no a la distracción, exige de cada uno de nosotros la capacidad de repensar para mejorar, y para tener que continuar en una contingencia constante.
Dr. Anderzon Medina Roa
Prof. ASOCIADO de la Universidad de Los Andes
@medina_anderzon
(Día 58 de cuarentena)



