Por: Anderzon Medina Roa…
Hace años conversaba con un colega y me decía que la capacidad de afiliación del venezolano no trascendía la familia y allegados más cercanos, que la noción de colectivos más grandes que eso, de sociedad como un todo era algo que no teníamos; y de allí partía para explicar el porqué del carácter más bien tribal de algunos fenómenos políticos y sociales. Esta conversación ocurrió bastante antes de 1999, y, en vista de la desarticulación de ciudadanía y promoción de grupos de adeptos (más bien desde el ámbito mágico religioso) durante los últimos cuatro lustros, a veces pienso que algo de razón tenía.
En algún momento leí algo sobre “ser a través del otro”, y la verdad, no entendí mucho, porque de psicología no sé nada y de psicoanálisis sé menos. Sin embargo, como científico social y desde el nicho que ha sido para mí el análisis del discurso desde y más allá de la lingüística, lo entendí más bien como algo dialógico, a lo Bajtín, de intertextualidades, de polifonías, de que con cada cosa que decimos nos decimos a nosotros mismos y decimos a los demás, construyéndolos y construyéndonos como actores en nuestras realidades. Así, esa intertextualidad dialógica podría servir para entendernos como colectivo, para construirnos como sociedad y trabajar en conjunto por el cumplimiento de objetivos comunes.
Reconocernos y reconocer al otro no es un acto excepcional, sino un acto cotidiano. Reconocemos a aquellos con quienes vivimos, no solo como iguales sino como seres queridos, a quienes respetamos y cuyas necesidades y visiones de mundo consideramos, aunque no las compartamos totalmente. Reconocemos a nuestros vecinos y las normas mínimas para convivencia en paz, y así el círculo va creciendo e incluye todos los ámbitos en los que participamos a diario (trabajo, estudio, actividades de distracción), con lo que fomentamos un andar más o menos afable en el que sabemos que para estar bien, también necesitamos que esos otros con los que interactuamos a diario estén bien.
Nada nuevo bajo el sol, podemos decir. Pero el reconocimiento y consideración del otro no se detiene en nuestros conocidos, allegados, compañeros, familia. Aquello que cuando era niño oía que llamaban “las normas del buen ciudadano” buscaba establecer ese bien andar entre desconocidos que compartimos una comunidad imaginada (llámese ciudad o, con Benedict Anderson, la nación), en la que el hábito de la convivencia es natural; ha de serlo al menos. Durante mucho, la percepción de nosotros mismos imbricada en la viveza criolla ha conseguido que nuestra imagen propia como individuos y sociedad no sea positiva; la noción de procurar solo beneficios para sí mismo o los más allegados a costa de los demás nos recuerda ese comportamiento tribal referido más arriba, que nos ataca desde todas partes y nos ha llevado a un hastío, también colectivo, en el que comenzamos a reconocernos como partes de un todo, donde estar bien implica que ese otro, a quienes no conocemos y en cuyas palabras también resonamos, esté bien. Pareciera que estamos, a fuerza de golpes, dejando la eterna adolescencia de creernos el centro del universo, que vamos reconociendo que Venezuela es un país como cualquier otro, que las riquezas no se miden por los recursos, renovables o no, que paisajes espectaculares de playas y montañas se encuentran en todas partes del mundo. Con esto me refiero a sutiles, quizá tímidas, manifestaciones de solidaridad, de reconocimiento del otro, que surgen en la nueva normalidad instaurada, donde sabemos que estamos mal y que siempre podemos estar peor; pero no queremos estar peor. Y entonces parecieran ir fluyendo espacios para, desde esa solidaridad básica que podría convertirse en conciencia social, hacer el trabajo constante de construcción de ciudadanía.
Dr. Anderzon Medina Roa
Prof. ASOCIADO de la Universidad de Los Andes
@medina_anderzon




