Por: Anderzon Medina Roa…
El papel que cada uno de nosotros desempeña a diario en su entorno inmediato tiene alcances más allá de lo que pensamos. La manera en la que en conjunto hacemos sociedad se alimenta de nuestras actitudes cotidianas, de las formas en las que interactuamos, en la que nos relacionamos con familia, vecinos, amigos. De manera que es bueno recordar que nuestra historia diaria influye y es influida por nuestro entorno, por aquellos con los que lo compartimos y por lo que hagamos con este. Cada cual podrá pensar en un ejemplo cotidiano para esto. Desde el buenos días, buenas tardes o buenas noches, que contrasta diametralmente con una discusión estridente entre vecinos en un pasillo o en una acera, podemos acordar que lo primero da cuenta de una visión de mundo más dada a la convivencia que lo segundo.
La convivencia social, ese vivir en compañía de otros, es una necesidad humana. Para convivir necesitamos establecer una relación con otros y con el entorno, y de tal relación surgirá el mundo en el que vivimos. Estas relaciones se alimentan de los valores que internalizamos, la adquisición de conocimientos, el reconocimiento de reglas y, en general, el desarrollo de habilidades que nos permitan llevar relaciones con los otros y con el entorno respetuosas y de mutuo beneficio.
En este entramado para la convivencia, la solidaridad (con base en la empatía) cumple un rol clave. Desde la solidaridad y a través de una sana convivencia podemos procurarnos bienestar cotidiano incluso en condiciones adversas. Generar redes de apoyo social en las que los conocimientos adquiridos a través de la educación (formal o informal) se conjuguen con valores positivos y el respeto como principio frente a las reglas para la convivencia logra una representación positiva de nosotros mismos como miembros de un grupo y del grupo como un todo. Esto que además sumará a la construcción positiva de nuestra identidad (personal y social), desde la que se supera el “no se puede” como reacción automática ante los retos y se abren las puertas al “veamos cómo solucionamos”.
Tal nivel de conciencia de nosotros mismos y la manera en la que nos relacionamos con nuestros compañeros de vida (familia, vecinos, amigos), además de redefinir la percepción propia, aporta al momento de tener que enfrentar situaciones onerosas, difíciles, que puedan generar estrés y desesperanza, sentimientos que restan en cualquier construcción positiva de nosotros mismos y el entorno. Es decir, comprender nuestro rol en la convivencia social y la importancia de esta en nuestra vida individual es también una forma de prepararse, a través de las redes de apoyo con los otros, para situaciones adversas. Es así como podemos acordar que fortalecer la solidaridad, en pro de la convivencia, a través del respeto hace que nos concibamos como una mejor versión de lo que somos y por lo tanto suma al bienestar psicosocial, tan necesario estos días de retos titánicos en la cotidianidad.
Prof. ASOCIADO de la Universidad de Los Andes
@medina_anderzon



