(Mateo 28, 16-20)
El versículo-título de la reflexión de este domingo de la solemnidad de la Ascensión, morfosintácticamente considerado una oración de estructura compleja o un enunciado complejo, muestra, a pesar de la actitud dudosa por parte de algunos, la reverencia ante lo que Jesús empezó a hacer, Evangelio, y lo que continúa haciendo a través del Espíritu, Hechos.
Una “actitud dudosa”, porque tal vez aguardaban un “mesías político” luchador y libertador del pueblo; sin embargo, Jesús es rey no de un reino con su determinada geografía política, sino rey de una realidad espiritual y universal, el Reino de los Cielos, que supera las fronteras de cualquier nación, incluso la judía. En efecto, asegura:
“Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”.
Este poder, rompe con la obsesión por los “cuándo”, por los determinismos, y fortalece la adhesión al “qué hacer” en el presente, con la cultura del cuidado, con el proceder recto y caritativo.
Estas obras de misericordia nos ayudan a diferenciar el estruendo del mundo y la paz de Dios. Nos aprovecha, social, política, cultural, económicamente, liberarnos del activismo frenético, esto es, dejar de intentar el control del entorno movidos casi robóticamente por la fuerza y la zozobra. De hecho, Jesús recalca en la 1ª lectura, (Hch 1, 1-11):
“A ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora que el Padre ha determinado con su autoridad”.
Todo tiempo de Dios, Kairós, es siempre el tiempo de la confianza en la rectitud de su autoridad; desde luego, la eficacia de tal tiempo, como indica Pablo en la 2ª lectura, (Ef 1, 17-23), la percibimos más con los “ojos del corazón”, (la expresión escrita por el Apóstol en griego es aphthalmous tēs kardias), que con la lógica pasmada solamente en lo empírico.
Por eso, en el evangelio Jesús resalta este imperativo, mathēteusate, pues, las otras tres estructuras verbales, yendo, bautizando, enseñando, son gerundios que puntualizan la forma en que se logra tal objetivo: “hagan discípulos”.
Ese inmarcesible mandato lo apoya el mismo Jesús en la triada “Padre, Hijo y Espíritu Santo”, lo cual refleja uno de los pocos lugares señalada en el Nuevo Testamento, que, definida con un solo nombre en singular, eis to onoma, lingüísticamente refiere la unidad de sustancia en la diversidad de personas.
Por supuesto, esa “unidad de sustancia” la creemos en profundidad, y, cuando leemos esta pregunta, ¿por qué se quedan mirando el cielo? (1ª lectura), recapacitamos el epígrafe, al ver a Jesús se postraron, aunque algunos titubeaban, y a la vez confesamos que el cielo ya no es un lugar al que miramos con nostalgia, sino el principio del poder para actuar en la tierra.
17-05-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



