(Mateo 9, 36—10, 8)
El versículo-título de la presente meditación nos traza el vínculo de la 1ª lectura (Ex 19, 2-6a) y el Salmo 99, 2.3.5, en base al interrogante, ¿qué es lo santo?, e inmediatamente tal vínculo y la pregunta nos obsequian esta solución: lo que es radicalmente “Otro”.
La santidad absoluta es la de Dios, —gadol YHWH, expresión del Salmo que traduce “Dios es grande”—, porque cuando evaluamos nuestra contingencia reconocemos que existimos, pero podríamos no haber existido; ÉL, gadol YHWH, en cambio, ES.
Dios, además de todopoderoso, es misericordioso: crea al hombre por amor, e impregnada de este afecto divino su creatura racional lo considera como quien le ha obsequiado suficiente sabiduría, para reconocerlo legislador de los constructos de la física, del tejido espacio-temporal y de la matriz cósmica; desde luego, este todo dinamizado con el acto creador instituye para el Gadol YHWH el “estrado de sus pies”, que por eso ya no es un templo de piedra, sino la estructura misma del orden universal; en efecto, el salmista subraya:
“Él fue quien nos hizo y somos suyos, […] somos su pueblo y ovejas de su rebaño”.
Cierto, la belleza de la santidad de Dios ejerce una atracción irresistible, y al postrarnos ante ella reducimos los narcicismos, incluso religiosos, los autoritarismos ácidos, el clericalismo, y la inflación del ego.
Al profesar, ¡“ÉL es santo”! indiscutiblemente sentimos orden interno, humildad y una profunda orientación de paz y conexión a la vida.
He rememorado, “Dios nos ha creado por amor”, y esta frase conduce al centro de la 2ª lectura, en el cual constatamos que Pablo no afirma que Cristo murió por buenos aspirantes, sino por aquellos que acérrimamente se hallaban en rebelión contra Dios. De hecho, el Apóstol de los Gentiles recuerda que el amor de Dios no es un sentimiento lírico; es un hecho profundo y crucialmente constatable en la crucifixión.
Sin duda, si Dios hizo lo más difícil, —reconciliarnos mediante el sacrificio cruento de su Hijo—, con mucha más razón efectuará en nuestra existencia lo menor, —mantenernos a salvo y santificarnos mediante la vida resucitada de su Cristo—. Dios no nos ama porque somos valiosos; somos valiosos porque ÉL nos ama con ágape incondicional. “Él nos amó primero” (1 Jn 4, 19).
Este ágape lo revela Jesús en el evangelio de este XI domingo del tiempo ordinario: su misión se expande y se institucionaliza a través de los doce apóstoles.
Ellos reciben la autoridad para hacer exactamente lo mismo que su Maestro: predicar el Reino, sanar y expulsar demonios. Esta es la base sustancial de la misión, y, por supuesto, la compasión de Jesús ante la muchedumbre como ovejas sin pastor, también tiene una precisa motivación: los lideres políticos y religiosos, escribas, fariseos, el linaje herodiano, explotan al pueblo en lugar de cuidarlo (cf. Ez 34).
Ahora bien, Jesús asimismo alecciona que, con el fin de mejorar esa realidad religiosa, política, social, son necesarios los obreros para la mies, pues ésta es abundante, y, con todo, es esencial entender que la vocación y la misión no emergen del voluntarismo humano, sino de la oración y la soberanía del Padre.
Esto implica toda una formación humana, bíblica, pastoral, social, jurídica, económica, política, que reitere el sentido del milagro no cual mero espectáculo, sino como la significación intensa de que el Reinado de Dios está arrancando el dominio del mal en la historia.
El mensaje de la Iglesia sustentado en el Evangelio de Jesucristo va destinado no a una masa anónima, en la que la multitud de hombres y mujeres es vista como un recurso político y económico; sino a ellos en ella cuales seres humanos “fatigados y abatidos” que carecen de dirección.
Es ahí donde el Padre, por la oración de los fieles, elige obreros, hombres, mujeres, según su corazón, y no depredadores emocionales o ideológicos.
La vocación es la respuesta de gratitud al Dios que ama, salva, y le otorga a todo ser humano un valor que no depende de su utilidad mercantil o geopolítica.
Por consiguiente,
“Al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas”.
14-06-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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