El día inició particularmente radiante, con cielo azul, mullidas nubes, montañas con un verdor difícil de describir y blanca nieve en las cimas.
La vista desde el balcón era privilegiada porque, además de las “postales” naturales, ofrecía la algarabía de una decena de niños que disputaban en el estacionamiento un partido de fútbol, corriendo sin descanso tras un balón a medio inflar. Verlos felices y sentir su energía e inocencia ratificó que el “sentido” de la vida está en los actos sencillos y espontáneos.
Luego de desayunar con lavash, mermelada, queso y zumo de albaricoque, todo estaba listo para recorrer las calles de Dilijan y experimentar la particular atmósfera postsoviética.
Justo al salir del viejo edificio, un cuervo se posó sobre la azotea y, con sus incesantes graznidos, parecía agradecer al sol los rayos con los que se acicalaba.
En la puerta de la carnicería contigua al edificio, un robusto perro esperaba por el desayuno. El dueño no se demoró en salir e inmediatamente premió la espera con un trozo de carne; sonrió cuando el perro se apresuró a cruzar la calle, donde aguardaban cinco cachorritos meneando las colas.
A la distancia ondeaba una gigantesca bandera tricolor; el camino más corto para llegar a ella sería cruzando el parque de la ciudad, bordeando el río Aghstev.
El canto de los pájaros en lo alto de los árboles invitaba a sentarse en un banco y deleitarse con sus trinos. La tentadora oferta no podía ser pasada por alto; total, la bandera podía esperar un poco.
Fueron muchas las fotografías y vídeos hechos con el teléfono: niños yendo a la escuela tomados de la mano de sus padres, uno que otro deportista tratando de ponerse en forma dando varias vueltas al parque y un paciente jardinero podando las flores que quedaban de la primavera armenia.
A medida que el viajero se acercaba al astabandera, se percibían los aromas del Khorovats (barbacoa o kebab de carne asada con verduras), plato que no puede pasarse por alto en estos rincones de la Transcaucasia.
El sol calentaba un poco y, aunque corría una brisa muy fría, qué mejor manera para calmar la sed que en un pulpulak (պուլպուլակ) muy cerca del monumento al film soviético Mimino (1977). De repente, varios pst pst resonaron en el aire; cuatro hombres disfrutaban de una merienda en la parte trasera de su camioneta Lada.
El viajero se percató de que el llamado era para él y se acercó con curiosidad. De inmediato empezaron a hablar en armenio sin conseguir respuesta; fue entonces cuando pronunciaron algunas frases en inglés y, poco a poco, surgió la comunicación.
Hubo una palabra que no requirió diccionario: vodka. Al tiempo que sacaron un pequeño vaso de vidrio, se apresuraron a convidar al recién llegado.
Por lo fuerte de la bebida, el primer sorbo fue difícil de digerir; pero el segundo, el tercero y el cuarto fueron disfrutados al máximo. No fue solo el sabor; además, la situación estuvo matizada por unos golpecitos en la espalda a modo de bienvenida y también por la natural y genuina atención mientras trataban de pronunciar correctamente el nombre de Venezuela.
Esa pintoresca caminata por las calles de Dilijan demostró que, para fraternizar, los idiomas no son obstáculos, especialmente cuando vienen acompañados de un buen vodka armenio.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
23 de junio del 2026



