Colinas Altos Mirandinos

¡Bienvenido a su hogar! fueron las primeras palabras que resonaron al llegar a la Posada de Catalina. La expresión cálida y genuina provino de una venerable dama cuyo cabello plateado revelaba el paso del tiempo.

Acomodado en la habitación, el viajero empezó a percibir un ambiente hogareño y sereno, que era justo lo que deseaba tras una agotadora semana de trabajo y de un trayecto que, aunque breve, se tornó pesado por lo serpenteante de la carretera para llegar a los Altos Mirandinos, cerca de Caracas.

Una ducha caliente lo relajó, para luego dirigirse al salón donde disfrutaría del café y las galletas de avena recién horneadas por Catalina. La neblina empezó a cruzar los grandes ventanales del balcón y en los árboles del huerto se escuchaba el jolgorio de las aves, que a medida que avanzaba el ocaso buscaban refugio entre las ramas.

Aprovechando la disposición del visitante, Cata empezó a relatar su vida. Entre suspiros, sonrisas y una que otra lágrima, no hacía más que evocar los momentos vividos con su amado esposo Rafael para levantar la soberbia casona.

Cada palabra dejaba en evidencia que los sueños se hacen realidad por la combinación justa entre amor y dedicación. Enfatizó que las dificultades a lo largo de los procesos personales han de ser consideradas enseñanzas que forjan valores, y el ímpetu de seguir adelante sin detenerse nunca.

El viajero estaba fascinado con las fotografías familiares que amenizaban la estancia y Cata, sin dudarlo, relató la historia de cada una. El orgullo por los suyos no cabía en su pecho; se proyectaba con candidez en la sonrisa y en los ojos castaños.

La noche de ese viernes fue fría; sin embargo, fácil de apaciguar con las esponjosas mantas multicolores que Cata había elaborado con retazos de tela obsequiados por su amiga Mireya. Si había algo que la hacía sentir viva y útil, era decorar la posada con manualidades, que además de ser utilitarias, reflejaban destellos de inspiración y estados de felicidad que le permitían revivir su infancia y adolescencia, cuando mamá Celia le entregó una vieja máquina de coser, que con el transcurrir de los años sirvió para cultivar el arte de la costura en su pequeña hija Beatriz.

Los gallos colmaron el amanecer con sus cantos, al tiempo que de los bosques vecinos surgían unos sonidos onomatopéyicos que claramente dejaban escuchar: «guá-chará-ca», “guá-chará-ca”; por eso el nombre con el que la gente identifica a las aves que lo emiten.

Catalina tenía dispuesto el desayuno en una mesa engalanada  con flores del jardín. Los platos elaborados con las recetas de Celia e ingredientes cultivados en el huerto que tantas veces labró su adorado Rafael. Él ya no estaba físicamente, pero su espíritu sigue palpitando en cada árbol frutal, en las flores que alimentan a los colibríes que aparecen muy temprano en la mañana y en el ocaso del día.

El amor de familia resiste al tiempo y siempre va a tocar a las generaciones recientes. Prueba de esta afirmación es Sebas, el nieto de Cata, pues sus fotos están presentes en varios rincones de la posada que con tesón y convicción sus abuelos edificaron hace cincuenta años.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

28 de julio del 2026

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