El mediodía marcaba las 12 en punto cuando el autobús, abarrotado de pasajeros que regresaban a sus hogares, se abría paso por las calles de nuestra ciudad. Era la hora del almuerzo, y un aroma a comida casera flotaba en el aire. En una de las paradas, una joven madre, sostenía con firmeza las manos de sus dos pequeños: una niña de rizos negros que saltaba con alegría y un niño de ojos grandes y mirada curiosa, ambos vestidos con sus uniformes preescolares de franelitas amarillas.

Al llegar la unidad, la madre tomó las loncheras y morralitos y, con una agilidad sorprendente, guió a sus hijos hacia el interior del autobús. La suerte la acompañó, y un amable señor le cedió su asiento. Acto seguido acomodó, a los pequeños en su regazo y se convirtió en una isla de calma en medio del mar de pasajeros cansados y ruidosos. Como es característico en estas latitudes, una música salsosa, y a un alto volumen acompañaba la travesía.

Con una paciencia infinita, la mamá respondía las preguntas incesantes de sus hijos, calmaba sus llantos repentinos y soportaba con una sonrisa los reclamos ocasionales. «No grites, mi amor, molestas a las demás personas», le decía con dulzura a la niña. «Sí, claro, si vamos a comprar un carro azul como a ti te gusta». Los ojitos del niño se iluminaron con la ilusión de un auto de ese color, pero la madre, con una sonrisa comprensiva, le recordó que ya hablarían de eso en casa.

El viaje continuaba, la señora intentaba mantener una conversación con sus hijitos. ¡Qué bien!, ¿Te comiste toda la merienda?», preguntó con fingida sorpresa al descubrir que la lonchera del niño estaba vacía. «Ya vamos a llegar», «¿Qué tal si cantamos una canción para pasar el rato?». A veces, sus propuestas eran recibidas con entusiasmo, pero en ocasiones, la situación se tornaba un poco más tensa y la mamá se enfrentaba al cansancio natural de los niños y tal vez a un poquito de malcriadez transitoria.

Finalmente, el autobús llegó a su destino, y la madre, con una sonrisa cansada, pero llena de amor, descendió junto a sus hijos. Sabía que en casa la esperaba la continuación de su labor titánica: educar, alimentar, entretener, enseñar y jugar. En definitiva, ser madre a tiempo completo, sin descanso, pero con una devoción que la convertía en una verdadera heroína.

A esa muchacha, solamente le faltaba una capa con la inscripción «Súper Mamá» para completar el atuendo. Porque ella, al igual que todas las abnegadas madres que conocemos, son eso, y mucho más: guerreras incansables en la batalla diaria por la felicidad de sus pequeños, un faro de amor y paciencia indescriptible en un mundo, a veces caótico.

Con todo cariño ¡Feliz día!, hoy y siempre, porque las madres, al igual que las superheroínas de cómic, son figuras extraordinarias que merecen ser reconocidas y celebradas por su valentía, su fuerza interior y su capacidad de amar incondicionalmente.

Arinda Engelke. Comunicación Continua.

12-05-2024