Caminamos por las avenidas y calles de nuestra bella ciudad de Mérida, entre el murmullo del tráfico urbano, el paso apresurado por los pasajes y el laberinto de la cotidianidad, con la mirada fija en las pantallas. Estamos conectados al pulso instantáneo del mundo, pero profundamente desconectados del latido de nuestro propio ser, ese santuario íntimo donde habita nuestra verdad más profunda, y de la hermosa montaña que nos abraza y cobija. Bajo el brillo del progreso técnico y el consumo masivo, la humanidad enfrenta hoy una epidemia silenciosa de soledad, ansiedad crónica y fatiga existencial.
En medio de este panorama, la naturaleza nos regala una lección de pura compasión a través de la Selaginella lepidophylla, conocida popularmente como la planta de la resurrección. Este humilde organismo, capaz de renacer tras años de sequía extrema, se convierte en un espejo sagrado que nos interroga desde su aparente inercia: en un mundo que nos exige ser de hierro, ¿cuándo olvidamos el derecho humano a quebrarnos, replegarnos y volver a empezar?
El científico Albert Einstein nos invitó a mirar profundamente en la naturaleza para comprenderlo todo mejor. Al atender su invitación, descubrimos que la enseñanza de esta humilde especie no radica en la fuerza bruta, sino en su absoluta humildad ante el entorno. Mediante la anhidrobiosis, la planta detecta la escasez de agua y, en lugar de luchar con terquedad contra la aridez, se repliega concéntricamente, entra en un estado de quietud absoluta y torna su color hacia el pardo. Así protege su núcleo y resguarda su esencia mientras espera. No simula estar verde cuando la tierra está seca; acepta su vulnerabilidad como la única vía para salvaguardar la vida.
La gran tragedia humanitaria de nuestra era es que el sistema global hiperproductivo nos ha prohibido tener desiertos emocionales. Sin embargo, en este desierto artificial del asfalto y el consumo, el propio ser se descubre justamente allí: en la quietud del despojo, donde el ruido del mundo calla y solo queda la verdad desnuda de nuestra existencia. Dejamos de ser simples transeúntes para reconocernos como una comunidad invisible hecha de memoria, asombro y cicatrices; un cauce que se esculpe a sí mismo con el paso del tiempo. No habitamos el mundo para encajar en moldes ajenos, sino para aprender a sostener nuestra propia mirada con absoluta honestidad, abrazando tanto la luz que nos guía como la sombra que nos enseña. Existir, en su sentido más puramente humano, es el milagro de ser la pregunta, la respuesta y el testigo silencioso de nuestro propio viaje hacia el centro de nosotros mismos.
Al final, este humilde vegetal nos regala un recordatorio urgente. Aunque en nuestra geografía merideña no habita esta especie, sí nos atraviesa ese desierto de emociones que, desde la inmensidad de nuestras cumbres andinas, nos exige detener la marcha, recordar el sagrado derecho a la pausa y comprender que cualquier regeneración exterior nace, inevitablemente, de la valentía de reconectarnos con el latido de nuestra propia humanidad.
Es hora de aceptar, con humilde lucidez, la verdad que tanto nos empeñamos en ocultar bajo el ruido cotidiano: estamos habitados por desiertos. Somos, también, esa tierra seca que clama por un respiro; islas de arena en busca de su propia lluvia. Reconocer nuestros propios inviernos y sequías no es un acto de rendición, sino la mayor declaración de nuestra dignidad humana, porque solo quien se sabe desierto es capaz de albergar el milagro de volver a florecer.
*MSc Ana Zenaida Marquina Rodríguez
10-09-2026



