«La experiencia no es lo que nos sucede; es lo que hacemos con lo que nos sucede.» La frase, atribuida a Aldous Huxley, contiene una verdad que nuestra época parece empeñada en olvidar. Nunca habíamos hablado tanto de la experiencia y nunca habíamos aprendido tan poco de ella.
Hay palabras que terminan secuestradas por la moda. Se pronuncian con tanta frecuencia que dejan de exigir reflexión. Se convierten en etiquetas socialmente aceptables, en respuestas automáticas, en refugios donde nadie necesita explicar demasiado. «Resiliencia» es una de ellas.
Hoy todos parecen resilientes.
Lo es el empresario que quiebra tres veces administrando de la misma manera. Lo es el político que promete rectificar mientras reincide en los mismos errores. Lo es el ciudadano que lamenta el rumbo de su país, pero vuelve a tomar las mismas decisiones que contribuyeron a llevarlo hasta allí. Lo es quien vive atrapado en relaciones destructivas y atribuye al destino lo que nunca quiso revisar en sí mismo.
La palabra ha terminado siendo utilizada como una medalla. Casi como un reconocimiento moral por haber sufrido.
Pero la resiliencia nunca significó eso.
La naturaleza ofrece una enseñanza que rara vez contradice a la filosofía. Cuando un árbol enfrenta un viento intenso, no sobrevive porque sea el más rígido, sino porque posee la capacidad de flexionarse sin quebrarse. Sin embargo, si ese mismo árbol creciera siempre inclinado hacia el lugar donde sopla el viento, dejaría de adaptarse para comenzar a deformarse.
Con las personas ocurre algo semejante.
Existe una diferencia profunda entre adaptarse y deformarse; entre aprender y acostumbrarse; entre resistir y resignarse.
La resiliencia pertenece al primer grupo.
La resignación, al segundo.
Conviene recordar que el término nació en la física. Un material resiliente es aquel que soporta una fuerza externa y recupera sus propiedades originales. Cuando la psicología incorporó el concepto, no pretendía ensalzar la capacidad de soportar cualquier golpe, sino describir algo mucho más complejo: la facultad de reorganizar la propia vida después de la adversidad sin quedar prisionero de ella.
La palabra clave nunca fue resistencia.
Fue transformación.
Porque nadie aprende únicamente por sufrir.
Si el dolor bastara para educarnos, la humanidad sería sabia desde hace siglos.
El sufrimiento solo ofrece información. Aprender depende de la inteligencia, de la humildad y, sobre todo, de la voluntad para cambiar.
Aquí comienza la confusión.
Muchos creen que son resilientes porque sobrevivieron a una crisis. Pero sobrevivir constituye apenas el punto de partida. La verdadera pregunta es otra: ¿qué cambió después de esa crisis?
Si la respuesta es «nada», probablemente no existió resiliencia.
Solo existió resistencia.
Y la resistencia, cuando no conduce al aprendizaje, puede convertirse en una cárcel.
Quizá por eso confundimos tan fácilmente resiliencia con resignación.
La resignación acepta el dolor como un destino.
La resiliencia lo convierte en una lección.
La resignación reduce nuestras expectativas.
La resiliencia amplía nuestra comprensión.
La resignación aprende a convivir con el problema.
La resiliencia intenta impedir que el problema vuelva a repetirse.
En otras palabras, la resignación modifica nuestra capacidad de soportar; la resiliencia modifica nuestra manera de decidir.
Y toda decisión tiene consecuencias.
Observemos la política.
Pocas expresiones resultan tan frecuentes como afirmar que «los pueblos son resilientes». Se dice cuando una sociedad sobrevive a una crisis económica, soporta una inflación devastadora, enfrenta años de corrupción o resiste el deterioro de sus instituciones.
Pero conviene preguntarse si el simple hecho de soportar convierte a una sociedad en resiliente.
Una comunidad que, elección tras elección, deposita su confianza en discursos que ya demostraron su fracaso, ¿está aprendiendo o simplemente está resistiendo?
Un ciudadano que exige cambios, pero vota impulsado por el resentimiento, la propaganda o el culto a la personalidad, ¿está ejerciendo resiliencia o está reproduciendo las condiciones que harán inevitable la próxima decepción?
La democracia ofrece periódicamente una oportunidad extraordinaria: convertir la memoria en criterio.
Por eso el voto no debería ser únicamente un derecho.
También debería ser una evidencia de aprendizaje.
Las urnas revelan si una sociedad posee memoria o simplemente acumula frustraciones.
Lo mismo ocurre frente a las catástrofes naturales.
Después de un terremoto solemos admirar la rapidez con la que una ciudad se reconstruye. Después de una inundación elogiamos la fortaleza de sus habitantes. Sin embargo, la verdadera resiliencia no comienza cuando termina la emergencia.
Comienza mucho antes de la siguiente.
Una ciudad resiliente no es la que reconstruye el puente derrumbado.
Es la que se pregunta por qué colapsó y evita que vuelva a suceder.
No es la que reparte ayuda con eficiencia.
Es la que planifica para necesitar menos ayuda en el futuro.
No es la que convierte cada desastre en una demostración de heroísmo.
Es la que logra que el próximo desastre produzca menos víctimas.
La resiliencia auténtica siempre mira hacia adelante.
La resignación solo administra el pasado.
Entonces, ¿cómo reconocer a una persona verdaderamente resiliente?
No por la cantidad de golpes que ha recibido.
Tampoco por la intensidad de las dificultades que ha superado.
Una persona resiliente posee otra característica mucho más difícil: tiene el coraje de abandonar las ideas que ya demostraron ser falsas. Cambia de opinión cuando la evidencia lo exige. Reconoce sus errores sin sentirse humillada. Aprende antes de justificar. Corrige antes de insistir.
Lo mismo ocurre con las sociedades.
Las sociedades resilientes fortalecen sus instituciones después de cada crisis; invierten en educación antes que en propaganda; respetan el conocimiento científico; preservan la memoria histórica y enseñan a pensar antes que a obedecer.
Comprenden que la fortaleza colectiva no depende de la capacidad para soportar errores indefinidamente, sino de la inteligencia para impedir que vuelvan a cometerse.
Quizá el mayor daño que hemos hecho al concepto de resiliencia haya sido convertirlo en una virtud sentimental. Nos emociona quien resiste. Admiramos a quien soporta. Aplaudimos a quien nunca se rinde.
Pero pocas veces preguntamos si aprendió.
Y esa omisión cambia por completo el sentido de la palabra.
Porque existe una enorme diferencia entre quien se levanta después de caer y quien deja de tropezar con la misma piedra.
El primero demuestra fortaleza.
El segundo demuestra sabiduría.
Nuestra época necesita menos discursos sobre resiliencia y más decisiones inteligentes.
Necesita menos héroes del sufrimiento y más ciudadanos capaces de aprender.
Porque ninguna sociedad progresa gracias a su capacidad para soportar indefinidamente sus errores.
Progresa cuando desarrolla la valentía intelectual para reconocerlos, la humildad para corregirlos y la lucidez para no repetirlos.
En realidad, la resiliencia nunca fue el arte de resistir. Fue, y seguirá siendo, el arte de aprender.
Y allí donde el aprendizaje está ausente, la resiliencia deja de ser una virtud para convertirse en el nombre elegante de la repetición.
*Profesor de la Facultad de Ingeniería ULA
Representante profesoral al Consejo Universitario
14-07-2026
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