El 13 de marzo de 1987 permanece grabado en la memoria de los merideños como un parteaguas en la historia contemporánea de Venezuela. Hace 39 años, la ciudad fue escenario de una de las jornadas más emotivas y decisivas de su devenir, un día en que las calles se llenaron del estallido de la protesta ciudadana y la exigencia de justicia en medio de una profunda crisis social y política.
En ese entonces, Mérida reflejaba fielmente las contradicciones que sacudían al país. La defensa de los derechos fundamentales, el anhelo de equidad y el hartazgo popular ante la creciente desigualdad encontraron en los estudiantes de la Universidad de Los Andes (ULA) un pilar fundamental. Aquel 13 de marzo, la juventud universitaria merideña no fue solo un actor más dentro de la movilización; asumió un rol protagónico y consciente en la primera línea de la lucha por la democracia. Con valentía y convicción, los estudiantes de la ULA se convirtieron en la voz de un pueblo que exigía ser escuchado, articulando el descontento social con un firme ideal de libertad y justicia que trascendía las aulas. Su participación activa demostró que la universidad pública no era una isla, sino el corazón pensante y combativo de la sociedad.
Este aniversario nos obliga a reflexionar sobre el peso de la memoria y la urgencia de aprender de nuestro pasado. Recordar estos sucesos es un ejercicio vital para entender el presente y construir un futuro más equitativo. Mantener viva la memoria es honrar no solo a quienes ofrendaron su lucha por los cambios, sino también reconocer que la batalla por la justicia y la dignidad es un proceso continuo.
Los acontecimientos de 1987 nos revelan, además, la fragilidad de los sistemas democráticos y la necesidad imperiosa de resguardarlos de cualquier intento autoritario. Al mirar atrás, surgen preguntas ineludibles: ¿hemos asimilado realmente las lecciones de aquella jornada? ¿Estamos dispuestos a defender, como lo hicieron aquellos estudiantes, los valores de paz, respeto y dignidad que deben sostener nuestra convivencia?
Hoy, al iniciar un nuevo ciclo de reflexión, es indispensable que las nuevas generaciones conozcan y se apropien de este legado histórico. La educación y el diálogo siguen siendo herramientas esenciales para cicatrizar heridas, tender puentes y fomentar una cultura de paz. Pero, sobre todo, es fundamental que la sociedad civil, y muy especialmente los movimientos estudiantiles y las organizaciones comunitarias, mantengan viva la memoria de aquel 13 de marzo. El ejemplo de los estudiantes de la ULA nos recuerda que la organización y la participación juvenil son motores históricos del cambio social y que su voz es imprescindible para vigilar y fortalecer la democracia.
En este 39° aniversario, mientras honramos a quienes se alzaron por sus derechos, reafirmamos el compromiso con una Venezuela más justa. Que el coraje de aquellos jóvenes universitarios nos impulse a seguir construyendo un país donde la justicia, la libertad y la dignidad sean la base de nuestra convivencia. Que su legado sea una luz que guíe a las futuras generaciones —especialmente a las que hoy ocupan las aulas de la ULA— hacia un horizonte de paz, democracia participativa y transformación social.
Redacción C.C.
13-03-2026




