Aullidos en los Llanos centrales venezolanos

Los estudiantes de ecoturismo se disponían a disfrutar de la comida. De pronto, un leve sonido lastimero desvió la atención de todos y empezaron a buscar el origen de esos sollozos casi imperceptibles.

A punto de darse por vencidos, finalmente dieron con una cría de mono aullador rojo (Alouatta seniculus) que, con signos de desnutrición, parecía que no sobreviviría al cautiverio impuesto.

Sin pensarlo un instante, lo tomaron del lugar donde estaba y trataron de alimentarlo. Ya estaba muy afectado por el encierro y, por eso, se negó a comer y beber. ¿Qué hacer? fue la pregunta. Alguien propuso comprarlo y liberarlo en la reserva biológica a la que se dirigían en los llanos centrales cojedeños (Venezuela).

El dueño del restaurante frotó sus manos; una sonrisa se dibujó en su rostro y se sintió muy seguro de obtener dinero por la venta del sufrido animalito.

Los estudiantes juntaban el dinero; faltaba muy poco para llegar a la cifra cuando su profesor los invitó a desistir de la idea. Nadie encontró sentido a esa petición “ilógica” y preguntaron por qué debían resignarse a dejar al monito en el restaurante, donde seguro moriría. La respuesta fue contundente: “si ustedes lo compran, de inmediato saldrán a cazar otros ejemplares y eso se convertirá en un ciclo malicioso y sin fin”.

La explicación se extendió; fue más cruda de lo que los estudiantes hubieran esperado. Resulta que para obtener un bebé aullador hay que sacrificar a su madre, pues ella, bajo ninguna circunstancia, permitiría que le arrebataran a su cría. Si compran el aullador, “van a contribuir con esta denigrante práctica”; lo justo y noble es no ser cómplice pasivo.

El autobús prosiguió su camino. El silencio reinaba entre los estudiantes; estaban compungidos, pero confiados de haber actuado correctamente.

Esa primera noche estuvo amenizada por un grupo folclórico conformado por los colaboradores del hato, que, con alegría y pasión, interpretaron varias piezas de joropo. A través de sus cantos y bailes narraron situaciones cotidianas de los llanos venezolanos, convenciendo a más de un estudiante de improvisar pasos, aunque eso implicara terminar con los pies amoratados por los pisotones.

Antes del amanecer, se dirigieron a la entrada del campamento, donde aguardaban dos guías baquianos. Nadie pudo contener las carcajadas al notar que uno de ellos tenía un pie vendado y renqueaba en cada paso; sin duda, fue víctima de la noche de joropo.

La cantidad de aves que se contemplaron fue fascinante, aunque lo más valioso fue escuchar de los propios guías sobre la importancia que estas desempeñan para los ecosistemas llaneros. No son solo vistosas o ruidosas; además, contribuyen con la dispersión de semillas que, con el tiempo, forman bosques de galerías en las proximidades de los ríos.

De un bosque aledaño emergieron sonidos que, al principio, causaron temor, pero con la explicación del guía malogrado del pie, entendieron que esos aullidos son la forma de comunicarse entre las manadas de monos y, en especial, para alejar a los intrusos.

Fue inevitable imaginar que de un bosque similar los cazadores furtivos obtienen los monos bebés, que luego venden a algún desadaptado para presumirlos como si se trataran de mascotas exóticas.

Cuando se dirigían al bosque para tratar de ver a los monos aulladores, uno de los guías señaló un pequeño montículo de restos de piel animal; era lo que quedaba de alguna presa descuidada que había servido de alimento a los jaguares de la zona.

En el aire destacó un fuerte olor, similar al cajón de arena de una docena de gatos con un año sin limpiar. El guía más joven se apresuró a explicar que uno o varios jaguares andaban por los alrededores, y que ese fuerte olor de orina es para demarcar territorios. La explicación estuvo muy bien sustentada; no en vano lo conocen como el mejor rastreador de los Llanos, por eso es requerido como auxiliar de campo para las investigaciones científicas en el hato.

Los recorridos fueron fascinantes, tanto por las explicaciones de los guías como por los paisajes dignos de la mejor postal, y nada mejor para culminar la jornada que tomar un refrescante baño en el río Chirgua.

En el banco de arena formado en medio del río se asoleaban varias tortugas que parecían “tanques anfibios”. La advertencia fue clara por parte de los guías: “si quieren regresar a casa con todos los dedos de los pies, es mejor no meterse al agua”. Resulta que las tortugas Matamata (Chelus fimbriata) tienen una mordida muy fuerte y no distinguen entre un pie o un pez desprevenido.

Esa noche, la amenidad fueron unos declamadores y contadores de mitos locales. Los colaboradores del hato no quisieron arriesgarse con otro baile de joropo, pues al día siguiente recibirían a unos observadores de aves, y con ellos habría que caminar por horas.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural

10 de febrero del 2026

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