El tren arribó puntual a la hora señalada en la pantalla de información de la estación Pedregal: diez y catorce minutos. Desde allí hasta San Miguelito, trece minutos; y luego, tras cambiar a la línea uno, quince minutos más para llegar a Albrook.
En las alturas del paso peatonal que va desde la estación del metro hasta la terminal de Albrook, se podía contemplar parte del Parque Natural Metropolitano y la avenida Omar Torrijos, que conduce a las esclusas de Miraflores y al Mercado de Abastos (Merca Panamá).
El metrobús estaba estacionado en la plataforma número 10 y para tomarlo hubo que correr entre transeúntes y vendedores de billetes de lotería; el esfuerzo dio frutos y, por fin, ya en un asiento, se pudo disfrutar del recorrido.
La vía se hizo angosta en unos tramos, mientras las enormes ramas de los árboles fungían de techo y servían para refrescar los treinta y siete grados centígrados que hacía afuera del autobús.
Paralelo a la carretera, una vía ferroviaria sirve día y noche a las locomotoras que trasladan contenedores del extremo atlántico al extremo pacífico del Canal.
El conductor del metrobús redujo la velocidad a medida que se acercaba al cruce del ferrocarril y, justo a pocos metros de distancia, la barrera de seguridad descendió para dar paso a la ruidosa locomotora aurinegra que arrastraba no menos de cien vagones.
Del otro lado de las vías, los prácticos del Canal, con singular destreza, remolcaban en dirección al Pacífico una gigantesca embarcación de bandera caboverdiana. Estos son los instantes donde las tripulaciones aprovechan para posar ante los turistas que se agolpan en los miradores de la carretera y para fotografiar las selvas tropicales que rodean el paso interoceánico.
Apenas se levantó la barrera de seguridad, el metrobús prosiguió su marcha y la parada final fue Merca Panamá.
Ese día, el mercado estaba particularmente abarrotado de compradores y de vendedores que traen sus frescos productos desde todos los rincones de la geografía panameña.
Las amas de casa y los restaurantes aprovechan los precios solidarios, aunque esto no les impide regatear cuando se trata de compras en grandes volúmenes. Los puestos que se muestran más coloridos, surtidos y ordenados son los primeros en despachar toda la mercancía, aunque también sacan ventaja de sus habilidades matemáticas para dar precios y “conquistar” a los compradores sin usar calculadoras.
La atmósfera provinciana del mercado permite experimentar de primera mano la idiosincrasia istmeña, que se caracteriza por la espontaneidad, la peculiaridad de sus expresiones coloquiales y el deseo de servir sin condición a otros.
No se puede dejar el mercado sin deleitarse con la gastronomía de sus fondas o de vendedores ambulantes que ofrecen patacones (tostones de plátano verde), carne de cerdo frita, tamales de maíz rellenos de carne, chicheme (atole o crema fermentada de maíz pilado) y crujientes hojaldras.
De nuevo en el metro rumbo a Pedregal, las bolsas no solo contenían productos del campo; también había un poco del orgullo panameño por sus raíces y el arraigo que les caracteriza.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
07 de julio del 2026



