Recorrer las calles adoquinadas del Casco Antiguo de Ciudad de Panamá es todo un deleite, tanto por los olores que brotan de restaurantes y fondas como por la serenidad que transmiten los tonos pastel de las edificaciones, que simbolizan un pasado próspero y glorioso.
Las plazoletas brotan por doquier, con áreas verdes que invitan a propios y extraños a detenerse durante algunos instantes bajo las frondosas copas de los árboles y así huir del intenso sol que proporciona vida a cada rincón del istmo.
Las palomas vuelan con gran habilidad antes de posarse en el suelo y comenzar a picotear las semillas que los niños de las escuelas cercanas les llevan a diario para alimentarlas. Por esta razón, no resulta extraño que las estatuas erigidas a los héroes patrios muestren las «marcas» de la digestión de las plumíferas.
Caminar por el malecón es una invitación a vivir de cerca y genuinamente la identidad panameña, de la mano de artesanos y cultores populares que, día a día, desarrollan sus habilidades en la pintura, el labrado de madera y cuero, así como en el bordado de tejidos alegóricos de la cultura indígena.
Es muy fácil observar desde el malecón el contraste entre la parte antigua de la ciudad y los edificios vanguardistas que se levantan en la periferia, aunque hay ocasiones en las que el azul del firmamento se entremezcla con el *skyline* formado por torres residenciales y empresariales que parecieran competir entre sí para ver quién «conquista» primero las alturas.
Este lugar muestra, a toda hora, un ritmo incesante: durante el día, con los empleados de las entidades públicas que tienen su sede en este privilegiado rincón y con los pobladores que, durante siglos, han permanecido en lo que otrora se conoció como los arrabales de la ciudad; y, durante las tardes y noches, el Casco es «invadido» por visitantes que buscan un lugar placentero para disfrutar de un café panameño, de las delicias culinarias y, por qué no, de un buen trago para calmar el calor.
Las entidades gubernamentales y los empresarios han sabido gestionar los espacios históricos del Casco, remozándolos y otorgándoles un mejor uso para las instituciones que promueven la cultura istmeña y que permiten a todos conocer la génesis y el desarrollo de un territorio que empezó a adquirir presencia e importancia mundial a partir de la inauguración del paso transoceánico en 1914.
Si, además de experimentar la historia panameña, se quiere «nutrir» el alma con los mágicos colores del amanecer y del atardecer, así como con los verdes de los frondosos árboles y el azul del cielo y del mar, el Casco es el lugar apropiado.
El valor de la vida está en las cosas y acciones sencillas; eso sí, en aquellas que reflejen la genuinidad de una población que, durante siglos, ha mantenido su esencia y no ha permitido que el «modernismo» del momento la avasalle.
Recorrer el Casco Antiguo siempre será una invitación a volver, porque en una o dos visitas, incluso en cinco, es imposible «vivir» un territorio que cuenta con un elemento irrepetible en cualquier otra latitud: el panameño.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
20 de octubre del 2026


