Bajo la protección de un Tarén Pemón

La logística para el trekking al Sororopan Tupü (So Tü’ Repon Tüpü, en Pemón) fue verificada tres veces; no podía haber margen de error, y por eso los excursionistas se fueron a descansar pasada la medianoche.

A las cinco en punto, el vehículo inició su marcha hacia Maikan Den (lugar del zorro, en Pemón), a solo 17 kilómetros de Kavanayen, aproximadamente una hora y quince minutos.

Los primeros destellos matutinos se asomaron tras el Sororopan Tupü. Las benignas condiciones climáticas para la época presagiaban buen tiempo. El entusiasmo de los dos jóvenes Pemón y de la pareja de excursionistas no podía contenerse para empezar la caminata por la sabana de Eunawöpö.

Con cada paso, iban quedando atrás herbazales, sabanas ralas y vegetación característica de los sistemas tepuyanos. Después de cincuenta minutos, se toparon en el borde del bosque de Manakachi con lo que parecía un “portal mágico”.

El sendero no estaba bien definido; lógico, porque en los últimos setenta años nadie había pisado ese enigmático territorio, que según la tradición solo está reservado para los Pemón.

Grandes árboles por doquier, cuyas raíces colonizaron todo el suelo, dificultaron el ascenso hasta el Salto Iwore (Iwore Merü), mientras el cantar de las aves lograba un halo de misterio, ocasionalmente interrumpido por el golpe en el suelo de alguna rama vencida por el tiempo y las termitas.

El campamento fue instalado en las adyacencias del salto, no solo para tener acceso al agua cristalina, sino también para contemplar las panorámicas del Apakara Tüpü, la sabana de Surimapatöi y parte de la sabana del Karuay; todos en el sector oriental del Parque Nacional Canaima (Venezuela).

La cima del salto muestra el inevitable paso del tiempo; durante milenios, el agua ha horadado pacientemente la dura roca, dejando su impronta en perforaciones circulares conocidas como “hoyas». Parecen hechas con los más sofisticados instrumentos de perforación creados por el hombre, pero no es así, es obra de la naturaleza.

En época de sequía o menor flujo de agua, las hoyas quedan expuestas, y en ellas surgen pequeños ecosistemas de donde emergen anfibios y especies vegetales endémicas.

Después de un nutritivo almuerzo, la jornada prosiguió por bosques húmedos, con presencia de líquenes, musgos, bromelias y enormes lianas que caían al suelo desde por lo menos treinta metros de altura. Aunque se escucharon manadas de monos, estos no se dejaron ver, dando la sensación de que, al menor descuido, se lanzarían sobre los excursionistas para adueñarse de los alimentos; afortunadamente, no pasó de ser una suposición fantástica.

Hubo varias paradas para hacer fotografías y vídeos; estos momentos también se aprovecharon para corroborar un reporte de aves de los años treinta del siglo XX. Desafortunadamente, el Carpintero Real no se dejó ver, aunque en las alturas del bosque el golpeteo en troncos huecos no cesó.

Las tiendas de campaña se armaron esta vez más alejadas del río Iwarakaru (Mono, en Pemón). Esto representaba un reto a la hora de acicalarse, ya que había que cruzar un claro del bosque que habría servido de inspiración a los hermanos Grimm para sus escritos sobre hadas y duendes.

Luego de una caminata extenuante, pero placentera, los excursionistas se refrescaron en el río por un largo rato. Al regresar al campamento, los Pemón los observaron con incredulidad y como juzgando; los visitantes estaban tan animados que prestaron poca atención.

Esa noche, el cielo se mostró en todo su esplendor, ataviado con miles de estrellas y constelaciones que manifestaron la magnificencia del universo y lo pequeño del hombre.

Después de la cena, los guías aprovecharon la lánguida luz de la fogata para enmarcar mitos y creencias de su cultura. Se expresaron con un sentido de pertenencia envidiable, tan explícito que fue sencillo interpretar el rol de la naturaleza en la cosmogonía Pemón.

A medio relato surgió un término que cautivó a los visitantes: “Tarén”, que son invocaciones, plegarias a las divinidades para obtener una gracia particular. Por ejemplo: buenas cosechas, lluvias en temporadas de sequía, protección de los pícaros espíritus del bosque, matrimoniarse, entre muchos otros.

Previo al ascenso a la cima del Sororopan Tupü, los guías pidieron unos minutos para recitar un Tarén, lo cual resultó simbólico y emotivo. Algo de curiosidad invadía a los excursionistas; no buscaron explicación y, por respeto, prefirieron ser discretos.

Antes del regreso, hubo tiempo para un refrescante baño en el río. Todo habría transcurrido sin novedad, hasta que atónitos observaron una enorme huella de jaguar en la orilla. A prisa regresaron hasta los guías y consultaron si había un Tarén para protegerse de las fieras de la selva. Los Pemón, entre risas cómplices y burlescas, solo atinaron a decir: “¿por qué creen que desde el primer día hemos dedicado tiempo a las plegarias?” La respuesta fue contundente: “porque en todo el camino nos ha acompañado una jaguar con sus dos crías.”

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

27 de enero del 2026

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